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En busca de alguien capaz de sostener la sonrisa, después de haberla dibujado en su rostro

Opinión / Por: Marcos Velásquez.


Opinión/ Por Marcos Velásquez.

COTIDIANIDADES

Parada detrás de una caja registradora, resalta su tes blanca y sus labios pintados con hypnotized.  Procura ser gentil, pero la hora del filo de la tarde y el número de clientes a la espera, le desdibuja la formalidad y la empuja a manipular los objetos de consumo que el cliente va a llevar.

Sin embargo, la necesidad de hablar, de entrar en sintonía con otra alma que le permita sentir que está ahí por algo más que por cobrar un mínimo con prestaciones de ley, la hace preguntar por: “¿Cómo ha estado su día?”.

Al escuchar la respuesta y ser cuestionada por el cliente, si ella está estudiando, casi que la obviedad del relato podía sonar grosero para la realidad que ella vive, más no para la conversación de siete minutos.

¡No!  Ella no estaba estudiando.  Con qué tiempo, con qué ganas.  Ya había hecho mucho estudiando una técnica.  La cual hizo después de que se fue para Medellín a olvidar los -según ella-, errores de la juventud, cuando terminó el bachillerato y se puso a vivir en la vereda de ella, esa que queda de Sahagún para adentro, con un hombre mayor.

En esa época ella tenía 17 años, era una niña, era bonita -dice ella con nostalgia-, y estaba cansada de hacer oficios en su casa y ese hombre le regalaba cosas y la hacía sentir bien, hasta que él empezó a beber y a emborracharse y a celarla y a no dejarla salir y a hacerla a sentir mal, muy mal.

Se fue para Medellín, para donde una tía.  Estudió y trabajó y se volvió a enamorar y quedó en embarazo.  Su felicidad la mató el miedo del hombre que remplazó la herida del anterior.  Este solo huyó.  La dejó sola, con su barriga, con los huesos que se formaban dentro de ella y con el corazón que más nunca dejaría de latir para su alma.

Ahora trabaja en una caja registradora.  Ve cómo pasan los clientes, las familias, las horas y los días.  Llega fresca a su turno y se va abatida de él.  Agradeciendo que su terapia, la que le permite sobre-vivir, es la misma que le da de comer a ella y a su hijo: su trabajo.

De repente, el cliente que espera pone de mala gana sus cosas en la banda de goma y tose sin necesidad.  Lo hace con fuerza y tapándose la boca con su puño cerrado.  Un gesto que no tiene discusión, como tampoco guarda compasión por la intimidad y la soledad de quien habla.

Frente al llamado de atención, pregunta acelerada si va a llevar bolsa, terminando su plática resaltando que sí, que ella quisiera continuar estudiando, pero por ahora no tiene tiempo, piensa en su hijo y no le apetece involucrar su corazón en otra relación que le vuelva a malograr las ilusiones de sentirse respetada y en compañía de alguien, que sea capaz de sostenerle su sonrisa, después de habérsela dibujado en su rostro.

Twitter: @MARCOS_V_M

 



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