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El menú de los corruptos

Por: Mario Ruiz Soto


La receta de un corrupto es relativamente fácil. La entrada es: votemos por aquellos que no han traído nada. Botemos el voto, qué más da, apoyemos más de lo mismo. O mejor, no votemos. Agreguemos una ensalada: un toque de jamás hacer petición pública de cuentas. ¿Qué nos rindan cuentas? Para que, no sirve de nada. Nuestro jugo es nunca denunciemos al corrupto. Así pasamos mejor la comida.

El plato fuerte es un no habrá cárcel ni sanciones económicas para quienes se roben la plata de lo público. Más bien, premiémoslos por su contribución al país, y no le pidamos la declaración de bienes y renta, ni tampoco que nos digan cuando hay conflictos de intereses. No hace falta.

Por supuesto, el acompañante es un modificar los pliegos de contratación para beneficiar a mi amigo. Nada más placentero que mi pedazo sea más grande porque somos pocos. Lo más importante es ser lo más indiferentes que podamos. Dejemos todas las decisiones en manos de los corruptos porque de ellos depende el futuro de nuestro país. Son los expertos de lo público.

El postre es mi favorito: no participemos en las decisiones del presupuesto público. Solo nos están quitando 50 billones al año. No se preocupen el proyecto de presupuesto de Colombia para 2019 es de 258,9 billones. Tranquilos, tan solo lo que se llevan los corruptos al año equivale a la deuda interna de Colombia del próximo año; casi la mitad de las transferencias que la Nación destina a las Gobernaciones y Alcaldías del país o las vías de Cuarta Generación de toda Colombia. No nos alarmemos, esos 50 billoncitos son sólo siete reformas tributarias de 2017.

Si leen este menú con detenimiento se darán cuenta que la otra cara de la moneda son los proyectos de ley presentados por el Gobierno y la Mesa Técnica para la lucha contra la corrupción conformada por todos los partidos y movimientos políticos. Esta Mesa fue creada luego de la consulta anticorrupción en donde 11,6 millones de colombianos acudimos a las urnas enviando un mensaje de hastío contra este cáncer.

En total son 12 iniciativas presentadas al Congreso de la República que buscan cerrarle el paso a los corruptos. Destaco al menos diez medidas de este paquete legislativo: i) fomentar la denuncia ciudadana; ii) fortalecer las funciones de la Procuraduría General de la República; iii) establecer pliegos tipo para que no se amañen las contrataciones públicas; iv) que los servidores públicos presenten sus declaraciones de renta y bienes; v) reelección de hasta tres períodos para integrantes del congreso, concejos, asambleas y Juntas Administradoras Locales; vi) rendición de cuentas de congresistas -hoy en día son los únicos que no están obligados por ley- concejales, diputados y ediles; vii) publicaciones de registros de conflictos de intereses de servidores públicos; viii) inhabilidades para los condenados por corrupción y delitos contra la administración pública para que no regresen al ejercicio de lo público; ix) eliminar la casa por cárcel para corruptos y x) herramientas que fortalezcan las reglas para la persecución contra corruptos.

Esto no será la pócima que acabe con la corrupción. Necesitamos más que esto. Pero es un paso en la dirección correcta del camino que debe llevar el país. El asunto ahora es que se respete el deseo popular de 11,6 millones de colombianos y, además, el consenso político que llevó a la elaboración de esos proyectos de ley. Lo menciono porque en el trámite del Congreso de la República, ya se han visto cambios que van en contra de algunas de estas 12 iniciativas mencionadas. O también, maniobras que pretenden hundir estas medidas contra la corrupción.

Es un buen momento para reflexionar sobre dos aspectos. El primero es que no olvidemos que hay corruptos que pescan en río revuelto y, por arte de magia, usan la bandera anticorrupción, simplemente por querer estar en sintonía con la ciudadanía. En esto aplica la frase: “aunque el diablo se vista de seda, diablo se queda”.

En segundo lugar, no bajemos la guardia ante el cáncer de la corrupción. De nuestra firmeza como personas depende la altura de la sociedad. Eso me lleva a una expresión Thomas de Jefferson, adecuada para este momento: “en cuestiones de estilo, nada con la corriente; en cuestiones de principios de pie como una roca”. Tiene razón, nuestros principios deben ser inquebrantables. La pregunta es, en este menú: ¿queremos disfrutar del postre o preferimos quedarnos sin este?

Mario Ruiz Soto
Profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales
Universidad Externado de Colombia
Twitter @marioruizsoto



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