El hombre, más cerca de la hecatombe

Por: Róbinson Nájera Galvis


Opinión. La Biblia, el libro mejor escrito de todos según algunos eruditos, dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Qué tal que no hubiera sido así, porque un tiempecito después de su aparición Adán ya la estaba embarrando con Eva, esa linda muchacha que solo se cubría con una hojita. Y luego, Caín que le tenía bronca a su hermano, aprovechó lo mínimo para pasarlo a la otra vida de un quijotazo. Y más adelante, el Rey David mandó a Urías a la batalla para que lo mataran y así poder quedarse con la hermosa Betsabé, esposa del soldado.

El hombre definitivamente no aprende y no por falta de castigo porque nuestros antepasados lo tuvieron. Adán, por ejemplo, fue condenado a “ganarse el pan con el sudor de su frente” y de carambola nos pasó la condena a nosotros. A Caín le tocó vagar por la tierra, y así a los demás. Pero como la idea es que todos nos vayamos por el despeñadero, ahora prohibieron los chancletazos para corregir; solo Paloma Valencia que está cercana a los “dioses”, tiene derecho a cascar a su pequeña hija para que no la siga haciendo quedar mal en público.

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La cosa es seria. Ni siquiera el Diluvio Universal pudo cambiar este mal comportamiento del hombre. Dicen que en esa época el desorden y la guachafita era enorme, tanto que prácticamente ni el mismo Dios podía contener tanta violencia y la inminente ruina moral del ser humano, entonces “decidió destruir esa generación e hizo llover durante 40 días y 40 noches”, pero dejó a Noé y de él salió otra generación igual o peor. Ahora entienden por qué esa cantidad de gente ama a los gobernantes que gastan poco en educación y billones en armas.

La indisciplina social del hombre en la actualidad sigue como el primer día, hasta parece que ya no tiene límites. Quién quita que esto del Covid-19 no sea otro castigo parecido al diluvio, pero la mano que dirige, en vez de agua, hoy nos está llenando los pulmones de virus. Sea lo que sea, igual que en aquellos tiempos, ahora con medios de comunicación modernos, a la gente se les está advirtiendo en todas las formas posibles del peligro en que nos encontramos, no obstante, insisten en seguir jugando con candela.

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Qué puede uno pensar de esa cantidad de personas que andan por ahí pregonando que lo del virus es un cuento para vender tapabocas. De religiosos afirmando que la oración los vuelve inmunes. De borrachines gritando que el ron mata el virus. Mientras tanto el proceso de vacunación camina como un somnoliento, las medidas de bioseguridad disminuyen, el baile, el licor, la parranda y las aglomeraciones avanzan y, por supuesto, las cifras de muertos aumentan ante la mirada indolente de un hombre que cada día se parece menos a Dios.



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