Oops! It appears that you have disabled your Javascript. In order for you to see this page as it is meant to appear, we ask that you please re-enable your Javascript!

El debate de las objeciones a la JEP y la puesta en escena de la Salud Mental de sus implicados

Por: Marcos Velásquez


Opinión. Imagínese un recinto lleno de personas. 108, por ejemplo. De estos, dos nunca asumieron sus curules y 14 que tienen impedimentos, es decir, que no pueden votar.

Quedan 94 personas planteadas en el quórum, de las cuales 13, que estando  dentro de este, no hicieron uso de su voto o se ausentaron antes de la votación o cualquier otra circunstancia que nunca sobra, pero no falta.

Pasan los debates, aumentan las tensiones y en el registro de las 9:55 de la noche, del 30 de  abril de 2019, al cerrarse la votación, quedan 47 votos a favor de aprobar la ponencia minoritaria que niega las objeciones que el presidente Ivan Duque hace a la ley estatutaria de la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) y 34 en contra.

Advirtiendo el presidente del Senado, Ernesto Macías Tovar, que para que  se tome en esta ocasión, esta decisión, se necesitan 48 votos, por lo que plantea que se debe repetir la votación. 

Ello hace que desesperadamente, dentro de otros alegatos y la construcción o defensa argumental sobre lo que allí está en juego, se plantee que la Corte Constitucional sea la encargada de tomar la decisión, sobre si se cumplió o no con las mayorías que exige la ley, para lo que allí se está sazonando.

He de resaltar, que la JEP “tiene la función de administrar justicia transicional y conocer los delitos cometidos en el marco del conflicto armado que se hubieran cometido antes del 1 de diciembre de 2016”.

Por ello, no es una votación más en el Senado lo que la coyuntura empuja a defender “en esta ocasión, esta decisión”.  Es, a ciencia cierta, el futuro del pasado de quienes han hecho parte directa o intelectual del conflicto armado en Colombia.

Plantéese usted el grado de ansiedad, la impotencia frente a la imposibilidad de dominar la votación, a favor o en contra, de cada uno de los interesados de que se conozca la verdad, o se pase por alto, todos los hechos que allí ocurrieron y cómo se han sostenido algunos senadores en el poder.

No es solo una votación, es la representación del estrés frente a una decisión  que cambia la condición de las víctimas al saber la verdad y de todos los victimarios al estar expuestos en la tarima de la verdad.

Los colombianos nos hemos acostumbrado a vivir de mentira piadosa en mentira piadosa, porque así nos lo inculcó la formación religiosa.  De pedacitos que no son pecados, siempre y cuando se sepan hacer bien las cosas, porque desde la década del 50 ya en los púlpitos se adoctrinaba a la población sobre los peligros liberales y las buenas costumbres conservadoras.

El rezago de dicha división es, al parecer, la continuidad de una guerra que persiste en el debate de que se puede justificar lo injustificable, antes que razonar y asumir que frente a la falta de una presencia de estado que permita orientar a los ciudadanos con sus actos, hoy es mejor echarle tierra a los muertos, para que los vivos puedan dormir tranquilos, sin temor a que estos reaparezcan en los estrados judiciales recordándoles que sus camas arden, más que en pecado, en injusticias y en crímenes de lesa humanidad, por no tratar a tiempo su desenfrenado odio, o por no prestarle atención a su narcisismo, el cual ha construido egos ciegos que rayan con lo delirante.

Lo patético de esta verdad, es que a lo sumo, a quienes les interesa el futuro de la JEP, es a los implicados en ella. 

A las víctimas, para poder comprender qué fue lo que pasó con sus deudos muertos o desaparecidos, y poder empezar a hacer el duelo que les restituya el equilibrio al reconocer la verdad que pone fin a la angustia, dado que al tener conocimiento de causa, ello hace que el sujeto descanse y se permita resignificar lo sucedido.

A los victimarios, quienes pretenden pasar agachados a partir de una posición bravucona para ocultar su responsabilidad en hechos concretos y en privado, socarronamente, con sus pares, alardear de lo avispados que son.

O por el contrario, no faltará el victimario que desea descansar, retomar su equilibrio y poner en paz su historia, buscando rehacer su vida en una nueva oportunidad, después de asumir que como humanos, nos podemos equivocar.

Pero no basta con el interés de los implicados o las críticas que se le hacen a un presidente obediente, que trata de hacer bien su trabajo para complacer a sus amigos y no defraudar a sus electores, aunque ante Colombia él solo se enuncia. 

Se necesita comprender que la Salud Mental de los colombianos es una salud de la incertidumbre, de los intereses amañados y de la dispendiosa tarea de formar a un ciudadano con el ejemplo y no con los ideales, dado que estos construyen nuevas divisiones, al erigir como válido la exclusión de quienes no caben en un solo estilo de pensar.

Mientras en Colombia no asumamos una posición clara y honesta ante la verdad, nuestras guerras se repetirán a perpetuidad, porque los bandos vienen divididos de tiempo atrás y se reinventan con nuevos argumentos para disputarse el poder, los votos y los lugares en un recinto cerrado lleno de estrés y de ansiedad, con tal de objetar su verdad.



¿Qué opinas de esto?