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El arte y la pregunta como estrategias para la erradicación de violencia contra las mujeres

Por: Jadison Gallego


Opinión. Un día decidimos salir con un par de guitarras, una percusión menor y un sonido sencillo hasta uno de los sitios donde había ocurrido un feminicidio. Llegamos y allí tratamos de ubicar cada cosa lo más exactamente posible de acuerdo al relato del líder de la Junta de Acción Comunal.

En tanto íbamos instalando cables, instrumento y demás, empezaba poco a poco a entrar en los detalles, expresando lo increíble y lo aterrador de cada momento.

Otra persona también cercana al hecho hacía mención de las costumbres, de la historia, señalando con total seguridad que han sido prácticas permitidas históricamente por autoridades ancestrales, y que ese hecho marcaba fuertemente nuestras prácticas, como si cargáramos formas de violencia en nuestros genes o lo mismo los estereotipos aprendidos culturalmente; que por otro lado hasta ahora parecía que empezábamos a salir del letargo, a dar el paso de comprender en la mujer el propósito de narrar la vida y no la muerte.

La acción entonces que empezábamos a realizar allí, se convertía en una especie de descontento, una forma de desacuerdo, una manera muy sutil de tratar de decir a esa pequeña comunidad que el maltrato a la mujer no es normal, que era necesario reinventarnos, re-entendernos, reelaborar conceptos pero sobre todo revisar nuestra concepción de las cosas. Es decir, poder escudriñar en lo que parece normal debería ser un ejercicio sobre lo cotidiano.

Lo normal en su mayoría y en este tipo de situaciones se encuentra cargado de un lenguaje que compromete la vida. Por ejemplo, poder pensarse el genitivo que expresa pertenencia, que también hace referencia a posesión y por lo general la relación de posesión corresponde a una cosa, a algo material, a un objeto.

En este sentido, desde un análisis rápido y conversable, parece ser que se asume  la expresión “La mujer De” o “El hombre De”, como una especie de contrato que no especifica, que no aclara y que da por sentado que se tiene “dominio” más exactamente sobre la mujer.

¿Cómo entonces poder determinar desde el lenguaje estas relaciones, cómo definirlas mejor sin negar los vínculos pero también sin dar por hecho que cargue un compromiso absoluto a tal punto de comprometer la propia vida?

La respuesta a mi modo de ver está más relacionada con el aprendizaje de lo que significa el amor, este ya sería de algún modo otro tema, pero ciertamente cabe decir que hemos mal interpretado el concepto del amor en tanto no estamos incluyendo ideas como el desprendimiento, el aprender a soltar.

El que ama no necesariamente tiene que dar la vida en el sentido literal, son estas ideas mal aprendidas, mal interpretadas. Otra frase por ejemplo dentro de los ritos que también creo cuestionable es: “hasta que la muerte los separe” el tema no recae sobre la frase en sí misma sino sobre la interpretación que damos desde conveniencias egoístas. El vínculo no tiene por qué implicar prácticas de muerte.  Lo que se quiere indicar es el modo en el que el lenguaje ha ido engranando una serie de acontecimientos, acciones que van determinando el comportamiento y se hace necesario analizar.

Luego de la realización del acto simbólico artístico, un poco salido de lo normal, el objetivo del mismo parecía que invitaba a seguir un recorrido y en ello reconocer los relatos de este tipo de casos, pero a la vez aparecía la pregunta ¿Qué tipo de historias queremos narrar? los actos simbólicos desde el arte, un arte desde adentro que jamás se pensó como espectáculo, ni siquiera como escándalo, sino muy íntimo y muy respetuoso, muy sutil para poder perturbar allí en el imaginario que sigue justificando actos de barbarie, pero que sobre todo no perdiera su sentido y que tampoco nos llevara a revivir tragedias, ¿cómo construirlo?

Al performance se le dio un sentido desde lo inesperado, queriendo similar un poco lo que ocurre con la tragedia, algo que aparece de repente, pero en este caso en torno al arte, en torno a la vida.

Realizarlo públicamente, como suele ocurrir con la mayoría de los casos de feminicidios y analizar la manera como cada comunidad lo interpreta además de poder recoger los aprendizajes, como por ejemplo dos preguntas que aparecieron y se compartieron con la comunidad: ¿Qué queremos heredar de la generación anterior? Y ¿Qué no queremos heredar de la generación anterior?

Estas preguntas quedaron para la reflexión como una manera de perturbar “el orden establecido” orden que construimos socialmente.

Luego de todo el ejercicio, uno de los aprendizajes que considero más significativos es poder narrar historias diferentes, historias de vida y no de muerte por medio de la prevención y la aplicación de pedagogías que no tengan otro interés sino dignificar.   

Todo este ejercicio se fundamentó concretamente en dos aspectos que fueron el arte y la pregunta. El arte como una expresión que aparece desde lo sensible con una lectura y un mensaje que pretende reiniciar nuestros modos de asumir la vida.

Y la pregunta porque se convierte en una herramienta que abre caminos, que crea posibilidades, que no señala, pero que sobre todo  invita al diálogo para construir. Dialogar sobre nuestros modos de construir la vida es un ejercicio urgente y hacerlo desde el arte nos recuerda lo más sensato que es nuestra humanidad.



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