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Decisión de la Corte, cuestiona su sentido común

Por Marcos Velásquez.


En un país permeado por la cultura que instauró a finales de la década del 70 Pablo Escobar Gaviria, en la cual planteó las prácticas mafiosas a nuestra sociedad como opción de vida, es más complejo disertar sobre “el libre desarrollo de la personalidad”, en relación a la convivencia ciudadana y el espacio público.

Las prácticas de Escobar evidenciaron que, en relación al desarrollo de la personalidad, no hay ley que contenga o admita límite posible, cuando se trata de una obsesión por obtener algo.

Su estilo de pensar evidenció que, más allá de Nicolás Maquiavelo y su “Príncipe”, los actos a través de los cuales él se dio a conocer para conseguir lo que se propuso, no tomaban en cuenta en ninguna circunstancia a los otros ciudadanos, porque su sociopatía, es decir, “su grado de manipulación, explotación o violación de los derechos de otras personas”, que implica no contar con arrepentimiento por sus acciones, y por el contrario, sí encontrar justificaciones para defender sus actos, lo hacían ante los suyos, un rey.

Ello tapaba por admiración o por temor cualquier tipo de cuestionamiento o de atisbo de un sentimiento de culpa que llamara a la sensatez, que, en el caso social, debe ser tomado como el límite a no trasgredir, dado que allí culmina la “libre” persona, para dar inicio a los derechos de los otros.

Cuando este mecanismo está activado en quien se autoriza para justificar sus actos, en función de su libertad en el ejercicio del libre desarrollo de su personalidad, estamos frente a un sujeto que dimensiona lo social de modo perverso, a saber: él es, él tiene qué y sin remordimiento, él consigue lo que se propone.

Para alguien así, todo es justificable, al punto que si las cosas se salen de sus manos o es descubierto en los medios que utiliza para lograr sus fines, responde ubicándose en el lugar de la víctima incomprendida que lo da todo por los demás o, por el contrario, planteando que los demás están contra él.

De este modo, un sujeto con estas características se erige, según su complacencia y grado de poder, planteando sus propias leyes, con tal de defender sus intereses particulares, desconociendo los de la colectividad que está ubicada, más allá de su logia de mutuo elogio.

De igual modo, las leyes que se lleguen a formular por personas con esta estructura psíquica, o que, por descuido o ligereza jurídica, den cabida a quienes tienen este estilo de pensar, para ampararse en ellas, operarán solo para la conveniencia, maniobrabilidad y defensa, de los que están para ellos, en lo que vulgarmente se conoce como “la rosca” de estos.

Apostarle a tratar de comprender por qué dentro de una sociedad hay sujetos que tienen como estructura una realidad psíquica que les hace pensar, obrar y decir de este modo, es pretender auscultar los pensamientos de todo aquel que en el momento en que ha de asumir un lugar frente a la ley, ante los límites, no lo hace y por el contrario, activa el mecanismo de la renegación.

Lo que se logra con ello es que, según lo expone la psicoanalista Edit Beatriz Tendlarz, el sujeto haga del límite un desafío que lo empuja a su trasgresión.

Por ello, en una sociedad en la que el microtráfico ha logrado consolidarse en el mercado del consumo de sustancias psicoactivas, a través de una estrategia de comercialización de las drogas ilícitas a bajo costo, permitiendo ello que cualquier ciudadano o menor de edad pueda acceder a su dosis personal de modo exprés, sin costo adicional por el servicio a domicilio y a cualquier hora del día, según el grupo que domina la zona de comercialización de dichas sustancias, plantear el consumo en el espacio público del país, produce dos efectos ya vividos.

El primero, que cualquier ciudadano o menor de edad se sienta seguro de consumir su dosis personal, porque no está atentando contra nadie sino contra su propia persona.

Si alguien le llama la atención, o la autoridad competente lo inquiere, podrá ampararse en su drama personal, el cual tendrá para él todo el peso que lo hace consciente de que consume como un modo de escape o de artilugio paliativo para soportar sus desgracias, su infelicidad, o solo porque está en un paréntesis de placer, en pro de “tomar aire” para continuar con lo suyo.

En segunda instancia, y no menos sobrecogedora que la anterior, es que, según el desarrollo de la zonificación del crimen organizado en Colombia, los grupos al margen de la ley se encargarían de tomar el control de sus zonas de microtráfico, haciendo del espacio público de los territorios donde tienen concentrado su poder, una práctica tácita de privatización de los sectores en los que ellos hacen presencia y controlan el mercado del consumo de drogas ilícitas.

Esto, sin dejar pasar por alto que, en Colombia, el consumo de alcohol a nivel cultural es algo aceptable, al punto que en algunas familias avalan que sus menores de edad inicien en sus fiestas familiares el consumo de este al lado de sus adultos, tomándolo la más de las veces como una práctica de iniciación a la vida adulta, “para que, desde ya, sean berracos y empiecen a aguantar y no vayan a dar espectáculos por fuera”.

Con ello, se autoriza desde el seno familiar la práctica del consumo de alcohol que incomoda y causa perjuicio en el ambiente urbano de los barrios que dentro de sus vecindades colindan con parques, o en los que se puede hacer poco control sobre sus calles, gracias a lo planteado anteriormente sobre el dominio de las zonas en manos de los grupos al margen de la ley en Colombia.

Adicional a esto, está presente la moda del Car Audio, donde el propietario o conductor de un vehículo que ha invertido dinero en la adecuación de su carro para que este sea el más potente emisor de sonido de una música casi siempre estridente para quien desea conciliar el sueño, esté dispuesto en su grado de borrachera o en el “viaje” al que lo sumó el consumo de la sustancia psicoactiva que injirió, cuando no alcohol y drogas revueltos, esté presto a subirle el volumen porque su estado le hace sentir que suena muy bajo lo que él está escuchando, o porque definitivamente es su carro y él invirtió dinero en su equipo para que precisamente sonara duro.

Este tipo de realidades que acogen la cotidianidad del espacio público de nuestro país, hacen que la decisión de la Corte Constitucional sobre el consumo de sustancias psicoactivas y la ingesta de alcohol en el espacio público sea ingenua, en cuanto a sus argumentos en defensa del libre desarrollo de la personalidad.

En una sociedad donde el lazo social siempre ha estado al borde de su desanudamiento, gracias a que aquí reza la costumbre del irrespeto a la ley, la justificación de los actos y la renegación de todo aquello que implique una responsabilidad frente al daño que se le cauce al otro, abrir el espacio público al favorecimiento del libre desarrollo de la personalidad en cuanto a los consumos de sustancias psicoactivas y de alcohol, es tan espinoso como dejar al cuidado de un niño el tarro de golosinas que más le gustan a él.

No se trata entonces de negar el libre desarrollo de la personalidad, sino de ser conscientes, de tener sentido común, frente al país en el que estamos y la forma como se comportan los ciudadanos en el espacio público, dado que, si con ley no hay respeto, con autorización imagínese qué no se podrá argumentar.



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