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Darle de comer al barbero

Opinión / Por Marcos Velásquez.


WHISKY

Sostener una barba no es un asunto de: ahora no me tengo qué afeitar más nunca y me libero de ese renglón de la atildada diaria cada mañana. Por el contrario, es descubrir una parte de la vanidad del hombre que, sin rayar con lo femenino, le exige a uno tomar unos cuidados que no estaban contemplados en la presentación personal. Incluso, se puede llegar a tornar en algo complicado para quien pensaba que con dejar de afeitarse iba a librarse de las minucias del día a día del atavío de los pelos de la cara.

Asumir una barba implica compromiso con el aderezo de la presentación personal de la cara de uno. Por ello uno descubre que para que la barba se vea reluciente, hay que tratarla diariamente con aceites especiales, los cuales no son los más económicos según la marca, por la producción y el proceso que cada una tenga para llevarlo a buen término. Sin embargo, los frutos se sienten, dado que los pelos de la barba son rígidos y su volumen es quien permite dar la sensación óptica de organización, cuando no es así.

Es el cuidado diario de la doma de dicha rigidez, la que permite que la barba vaya tomando el sentido que uno le quiere dar. Por esta razón, probando y probando, he descubierto hasta la fecha que el mejor aceite para ayudarle a uno con la doma de la rebeldía de los pelos, es el aceite de coco. Lo mágico de dicho aceite, es el olor que le brinda a uno sentirse bien acompañado en una playa.

De igual modo, con el aceite no basta. Hay que tener una disciplina de peinado, el cual se tiene que hacer con una peinilla de madera, no de plástico, porque esta última se encarga de electrizar los pelos, haciendo que estos se paren en vez de conseguir el efecto que uno busca, que todos caigan de modo uniforme en el sentido en que uno desea darle horma a la barba.

Quizá el trick del asunto está en la poda y la delineación de la barba. Uno allí asume riesgos, en ocasiones por falta de tiempo para ir donde el barbero, o porque uno estima que lo puede hacer uno mismo sin afectar el conjunto de lo que uno preserva. Sin embargo, organizarse uno los límites de la barba, por la torpeza natural del hombre de no tener control absoluto de la percepción de la imagen en el reflejo del espejo, hace que uno termine “comiéndose” un lado de la barba más que otro, tornando disparejo el trazado que uno ha construido con empeño. Lo que deviene en tener que dejarse de afeitar un tiempo, para que los pelos crezcan y poder delinear nuevamente por la parte indicada, el trazo que la barba de uno produce, dado que cada barba es única, como todo rostro, que es irrepetible, aunque sea muy parecido a otro.

Lo cierto es que optar por dejarse la barba es un nuevo trabajo. No es dejarse de afeitar y ya. Es descubrir la vanidad del varón, la cual hay que saberla llevar con la paciencia que hemos de aprender para lograr el efecto visual de lo que con mi imagen deseo proyectar. Porque tener barba, es mostrar que uno se sabe cuidar.

Por otra parte, dejarse la barba es comprender humildemente que no solo de pan vive el hombre, que uno depende de otro para poder lograr lo que quiere. Dejarse la barba es reconocer que hay que darle de comer al barbero, reconociéndole su paciente y arduo trabajo de artista del pelo reacio, el que uno le desbarata cuando preside de sus servicios.



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