Convulsionados

Por: Boris Zapata Romero


Opinión. Una semana después del inicio de la “nueva normalidad”, volvemos a una tan convulsionada y mal politizada como antes, pero con tapabocas (en caras y calles pues son ahora también parte del panorama).

El abuso de la fuerza y el poder policial del que fue objeto el ciudadano Ordóñez, no fue el origen de lo que ha ocurrido. Eso es como reducir el grito de independencia al feo florero de Llorente.

El modelo económico es el responsable. Un modelo que nos ha permitido generar más riqueza, pero que sigue siendo distribuida con total inequidad. Uno en el que los que nacen en pobreza, están casi destinados a morir en ella, y ver vivir y morir a los suyos de igual manera.

Un modelo en el que ya la esperanza del esfuerzo y el estudio, que hasta mi generación sirvió de algo, se perdió entre los bolsillos sin fondo de la corrupción y el fraude público y privado (la cosa no es solo de políticos, para que quede claro), y no encuentra el camino de regreso entre las dificultades que le son atravesadas a los menos favorecidos por el sistema en pleno.

Esta situación quedó develada, ya no por la argumentación a veces complicada de entender de grandes economistas como Joseph Stiglitz, Thomas Piketty, Jayati Ghosh, u otros más latinos como José Luis Coraggio y José Antonio Ocampo, si no por la sencillez que rodea la verdad de los acontecimientos: la pandemia y la cuarentena.

Estos meses de aislamiento obligatorio, fueron más reveladores que mil escritos de economía y cien de los siempre atinados dichos populares, de una realidad que se le restriega en a cara a la mayoría de los compatriotas, cuando se habla de recursos mal invertidos, de prebendas para los banqueros, de favores a multinacionales, de los viajes y lujos en medio de tanta necesidad de unos pocos que pueden y tienen. Y eso sí que es un detonante poderoso para el malestar social.

Ahora, lo que si no tiene explicaciones por fuera del mundo de lo delincuencial, es que se salga a protestar por una muerte, y al final de la jornada terminen ocho personas más fallecidas y ciudades destrozadas. Eso bajo todo punto de vista es inaceptable.

¿Y saben que es también inaceptable? Que la lente por la que se mire la realidad de Colombia siempre los extremos ideológicos intenten darle un tinte político-electoral, lo que a su vez es más leña para fuego.

Ninguno es serio con el país; en una misma semana lo vimos, al saber cómo se evita que quien encarno la extrema derecha armada cuente le verdad, al mismo tiempo que con el más descarado (es que ni adjetivo hay para eso) cinismo quien encarno la extrema izquierda armada dice que no hubo reclutamiento de menores de su parte. Váyanse a la ver si la puerca parió y dejen de joder, le diría con gusto a todos los que se sientan cabeza de cada extremo político.

Esa situación también hace que la gente del común sienta que hay desconexión con su día a día; en especial lo más jóvenes que ya están en otra cosa distinta, en otra sintonía, a la de que quienes los precedimos, pues nosotros si tuvimos que vivir, o mal vivir, al quedar de sanduches de uno y otro bando, pero ellos no, llegaron cuando entre la masacre y el desplazamiento se desgastaron las bondades de una y otra postura. ¡Ellos quieren es oportunidades, no carreta política!

Hay mucho que construir, partir de la realidad sin tapujos es clave, pero sin ese calculo de quien se lleva el premio mayor en las elecciones, sino con el cálculo de que al final de una o dos décadas, realmente los avances en materia de creación de riqueza sean iguales a los de creación de oportunidades. Nos lo debemos como nación, y se lo debemos a esta y a las próximas generaciones.



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