Cambio, adaptación y sostenibilidad

Por: Ana Joaquina Pérez López


Opinión. Este tercer artículo de mi especial, tiene como objetivo integrar las palabras: cambio, adaptación y sostenibilidad; haciendo una observación casi que artística y reflexiva sobre la vida en la pandemia y la migración a otras formas de ser y pensar en el mundo.

Cuando escuchamos las palabras “cambio” y “adaptación”, especulamos en todas las ideas existentes sobre ellas: teorías de evolución, películas, filósofos y letrados exponiendo puntos de vista; música, poemas, arte y literatura para soñadores como yo. Sin embargo, con la repentina puesta en escena del COVID-19, cosas que veíamos lejanas pasaron, e incluso a las que más tememos: muerte masiva y un posible sistema de autorregulación que tiene como intensión demostrar, que sobrevive el que se adapta.

De igual forma, con una explicación sencilla, quiero proponer que la palabra “cambio” traduzca para nosotros que, desde las personas hasta los ecosistemas, modifiquen su forma de ser, su condición biológica, rutinas, conductas y hasta el funcionamiento de sistemas sociales complejos como los mercados. Incluso, si quisiéramos un concepto científico, citaríamos a Darwin planteando su Teoría de la evolución, donde indica que “las especies cambian a lo largo del tiempo, dan origen a nuevas especies y comparten un ancestro común, etc.”.

A la vez, ¡qué lance la primera piedra la persona que afirme que el “cambio” no existe!, pues éste, sucede incluso desde el momento en que nos engendran: nacemos, crecemos y demás. El cambio, por tanto, es tan común, natural, innegable que termina siendo imposible de evitar; y la forma en qué se evalúa o valora, depende de los contextos en los que adquiere sentidos diversos.

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Asimismo, pensando en los “cambios” repentinos que estamos viviendo a raíz del surgimiento de la crisis mundial ocasionada por la pandemia del COVID-19, decidí compartirles algunas reflexiones producto de un poema que leí, y cuyo título es “La Esperanza de Valdés”, cito:

“Cuando la tormenta pase y se amansen los caminos, y seamos sobrevivientes de un naufragio colectivo. Con el corazón lloroso y el destino bendecido nos sentiremos dichosos tan sólo por estar vivos.

Y le daremos un abrazo al primer desconocido, y alabaremos la suerte de conservar un amigo. Y entonces recordaremos todo aquello que perdimos, y de una vez aprenderemos todo lo que no aprendimos…

…Y todo será un milagro, y todo será un legado, se respetará la vida, la vida que hemos ganado. Cuando la tormenta pase, te pido Dios, apenado, que nos devuelvas mejores, como nos habías soñado.”

¡Trátenme de romántica, porque lo soy!, pero lo cierto es que, en medio de mi optimismo y la escena de leer el poema de Alexis, en lo único que podía pensar, era en los sentimientos de las personas alrededor del mundo. Sentí lo que millones de personas estaban experimentando en medio del escenario del virus, que, en cuestión de meses, produjo múltiples efectos, los cuales recorrí en cámara lenta, así:

1.Estado de pánico. No es que otras enfermedades o situaciones no acaben con la vida, pero si hay algo en lo que tenemos que detenernos y analizar, son las cifras de mortalidad y la forma en cómo se produjeron las muertes. Yo no sé ustedes, pero a mis 28 años, esto sólo lo había visto en películas de ciencia ficción o de terror y, no hay Macondo, ni Stranger Things que supere lo que estamos viviendo.

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2.Sensibilidad. Un mundo unido contra un enemigo: el virus COVID-19. Una unión entre personas y sectores, de esta manera, no lo había logrado ningún acuerdo internacional o agendas como: Pacto Global, Agenda 2030, Protocolo de Kioto, entre otros; pero lo cierto, es que el mundo de hoy, está trabajado junto para sobrevivir y evitar que la curva que refleja las muertes siga en aumento.

3.Estado de incertidumbre. Un sistema de relaciones sociales y económicas colapsado. Los cuestionamientos: ¿será que en la lejanía sentimos amor por los nuestros?, ¿en el confinamiento amo a los que tengo cerca?, ¿ahora qué hacemos, cómo asumimos estos cambios?, ¿qué cosas buenas hay en la situación?, ¿cómo me ayudo, y si me nace, cómo ayudo a los otros?, ¿y mi trabajo?, ¿mi familia, mi soledad?, ¿dónde consigo la comida, la plata?, ¿las deudas?, ¿sobreviviré?

4.La adaptación como principio de Sostenibilidad. El Coronavirus, aparte de darnos un golpe en la existencia misma, trajo consigo la oportunidad de cambiar por completo lo que somos y la forma en que vivimos. Hoy, aprendemos a adaptarnos desde lo esencial y vemos el mundo de otra forma y haciendo cosas diferentes.

En últimas, el poema de Valdés me hizo pensar en cómo en estos tiempos de “cambios” repentinos, increíblemente conviven la incertidumbre y la certeza:

•Lo frágiles que somos y el valor que le estamos dando a lo que significa estar vivos.

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•Adaptarnos en un mundo globalizado y atestado de problemas, requiere de otro tipo de personas y organizaciones, unas más aliadas para hacer lo bueno. Ahora somos un mundo distinto, uno en donde la mayoría acata regulaciones, prioriza su consumo, ayuda al prójimo y es más sensible al medio que lo rodea.

•En otra instancia, en un mundo principalmente afectado por “cambios” liderados por el hombre, el COVID-19 nos ha mostrado que tener tecnología y conocimientos, no es garantía de supervivencia.

Además, propuestas como la Sostenibilidad, permiten asumir los cambios y la adaptación de manera consciente. Nos trasladan a que los esfuerzos se encaminen al desarrollo de habilidades y competencia para la vida y no para estar al servicio del consumo.

El COVID-19, que nos tomó por sorpresa, nos llevó a pensar que las ciencias, la medicina, la tecnología y el dinero deben orientarse con mayor fuerza a la protección del ser humano y los recursos naturales; porque por fin sabemos que la economía y el mercado no son un objeto autónomo en sí, sino que dependen de las personas y de las comunidades.

Hoy, no se siente que seguir trabajando exclusivamente para producir dinero sea lo ideal, porque, hipotéticamente si surgiera otro virus que puede exterminarnos, no nos salvaríamos con ello. Por tanto, resignificamos el valor de la vida, aprendemos a proteger el mundo que tenemos, porque no hay otro; nos adaptamos poniendo los talentos y producción a favor de la preservación y no de la explotación y reconocemos que los problemas del mundo también son los nuestros.



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