Blindaje en madera

Por: Guillermo Montiel Payares


Opinión. La madera ha formado parte, total o parcial, de las edificaciones construidas por el hombre desde el mismo neolítico; antes de que los primeros caminantes contaran con herramientas dotadas de suficiente capacidad de corte como para trabajarla (una hacha de piedra, por ejemplo) es muy probable que ya la empleara como material de construcción de sus primeros refugios. (Borras Xavier, 2010).

Lo que precede, por supuesto, es fruto de la deducción y la conjetura. Nunca se ha encontrado ningún resto fósil de ninguna construcción en madera hecha por el hombre primitivo; éste material, a diferencia de los que fueron hechos con piedras, no suelen fosilizarse. De hecho, solo existe constancia explícita de su uso, por la actividad actual de los (ya muy escasos) pueblos que siguen viviendo en la edad de piedra, como es el caso de las diferentes etnias aborígenes del Amazonas, o de los papúes de Nueva Guinea.

En todo caso, la alta combustibilidad de la madera, según el autor en mención, hizo que, poco a poco, se fuera relegando su uso como material de construcción, pasando a un primer plano, el adobe, los ladrillos de arcilla cocida y, en construcciones de mayor entidad, la piedra y el mármol, convertidos en los materiales más apreciados por su solidez y belleza.

Por otro lado, y si de conceptos arquitectónicos se trata, la fachada (del latín facies y del italiano facciata, “cara exterior”), es un término de relevante importancia, que para algunos conocedores como Lajo Pérez, (2010), se concibe majestuosamente como la única parte de la estructura percibida desde el exterior y prácticamente el único recurso disponible para expresar o caracterizar la construcción. En ese sentido, la arquitectura colombiana goza de amplio reconocimiento internacional, máxime cuando algunas ciudades, principalmente, de nuestro caribe colombiano, han sido catalogadas por la UNESCO, como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Las cajas herméticas de protección

Ver convertidas en “trincheras” o “talanqueras de protección” las fachas de entidades bancarias, cadenas de supermercados, locales comerciales, notarias y todo aquello cuya cara exterior esté diseñada con materiales de vidrio o frágiles al contacto con objetos contundentes, como “piedras y palos”, no es otra cosa, que el reflejo del miedo recurrente a perderlo todo en una revuelta o por culpa de una manada de delincuentes que son utilizados como idiotas útiles y que pretenden, sin ningún tipo de ideología, incendiar, dañar y robar lo que otros, con esfuerzo y honestidad han construido.

Tanto es así, que en la zona histórica de ciudades como Cartagena y Santa Marta, ya no se percibe a simple vista la belleza de su arquitectura, y aquellos que por estos días la visitan, solo vislumbran “locales comerciales” blindados láminas de madera, como si fueran zonas de guerra y los pequeños comerciantes, esos que fuertemente han sido azotados por los coletazos económicos del Covid; parecen soldados a la espera de sus atacantes. La zozobra es enorme, al punto que cadenas de hipermercados (por ejemplo Almacenes Éxito) han cambiado sorpresivamente, sus vitrinas mostradoras para convertirlas en “herméticas cajas de protección personal y anti hurtos”.

Entendible, desde toda perspectiva, el derecho a la protesta social, a la libre expresión, a la libertad de género; es más, sería anticonstitucional no hacerlo, pero confundir lo anterior, con “creer tener el aval para destruir todo lo que se atraviese en el camino por la lucha a las igualdades”, no solo tipifica como delito, sino que se constituye en una afrenta a todas las personas de bien, a los trabajadores del común, a las instituciones del estado, a las fuerzas militares y de policía. A ningún colombiano en particular le asiste el derecho de hacerle daño a otro; suficiente con los estragos y el dolor que ha dejado la pandemia, para tener que soportar un puñado de delincuentes que mal orientados por un pseudodictador, están convencidos que los logros sociales se consiguen a punta de violencia.

La legítima defensa
Cabe resaltar, que en medio de lo que supuestamente se avecina (palabras expresadas por líderes de algunos sindicatos), son muchos los colombianos que han optado por diseñar sus propias estrategias de protección, no solo cubriendo sus casas y comercios con madera, cartón, drywall o lo que se le asemeje, sino previendo los eventos que pongan en riesgo la integridad y la vida misma; y no lo digo porque esté incitando a ser partícipes de más violencia, sino porque, gran parte de la población “cuerda” del territorio nacional aprendió a diferenciar a los verdaderos líderes y guardianes de los derechos colectivos, de aquellos encapuchados que solo buscan hacer daño a todo lo material que se les traviese o a las personas que no comulguen con sus supuestos ideales.

En ese orden de ideas, todo aquel que se sienta realmente amenazado o sienta en peligro su vida, está en el genuino derecho de defenderse. Obviamente, que para escuchar, dar trámite a las posibles amenazas y protegernos existen instituciones estatales, pero en calor de las marchas, los bandidos ignoran esos preceptos universales de respeto por la vida y terminan perjudicando a quienes nada tienen que ver con sus infructuosas luchas. Es en esos casos, donde prima el principio, por no decir el instinto de autoprotección y si a estos personajes los cubre la armadura de la “tal primera línea”, a los ciudadanos de a píe nos protege la ley de la legítima defensa.

De ñapa: la legítima defensa está consagrada en el Código Colombiano, y significa la ausencia de responsabilidad para quien desarrolla el comportamiento prohibido por la ley, cuando obra en determinadas circunstancias que lo eximen de ser penado. (Ley 599 de 2.000, artículo 32)



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