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Aunque me estuviera viendo a mí mismo

Opinión / Por: Marcos Velásquez.


WHISKY

Suele pasar que por compromisos laborales y deberes familiares a uno se le va el tiempo y no alcanza a ir a la barbería a acicalar la imagen. Lo propio de este cuidado estético es que se debería ir al menos cada quince días, con tal de uno seguir pareciéndose a lo que uno estima que es en sí mismo.

Porque si hay algo crudo en un sujeto, es sostener la imagen en el espejo que uno conserva de sí mismo, dado que la imagen es la misma, pero uno no siempre se ve igual. Más del lado de lo femenino que de lo masculino se presenta este síntoma particular. Sin embargo, por el desborde narcisista en algunos hombres vigorexicos, ambas posiciones subjetivas se comportan idéntico.

Usualmente, uno como hombre va a buscar en el espejo de la barbería, la preservación de la imagen de sí, dado que uno no se cansa de reconocerse en sí mismo como buen neurótico, pero sí se preocupa de no parecerse a lo que uno conserva en su imaginario de uno mismo, por estar desordenado en el exterior.

En pocas palabras, uno se va a centrar en la imagen de uno. Uno se va a recordar. Lo que produce el efecto de sentirse renovado, es decir, joven, independiente de la edad que uno tenga, pero entre más avanzada sea esta, el espejo le hace el buen guiño a uno de hacerlo sentir igual que siempre. Más cuando uno se encuentra con un parcero que no veía hace muchos años y este en la sorpresa tiene la gentileza de decirle a uno: “¡Viejo! Estás igualito”.

Eso produce el regocijo narcisista de la eterna juventud, que permite seguir enamorando como si se tuvieran veinte años, pero con experiencia (palabras estas que escasamente algunos hombres decentes pueden comprender, dado que con las minorías y las alarmas puestas en los totalitarismos del feminismo, pueden ser, salidas de contexto, utilizadas como formas de acoso, abuso y todo lo que también pasa, pero no siempre se da en todos los hombres que aún nos gusta admirar la belleza de una mujer).

Pero, más allá de la imagen, sentarse frente a un espejo en la barbería, es tener la posibilidad de mirarse a uno mismo con serenidad, mientras el barbero lo atusa. Es, si el barbero no le pone conversación y si uno no la busca, poder pensar sobre uno mismo mirándose a sí mismo. Cosa que no solemos hacer los hombres, dado que algo hay en el espejo, que le huimos a nuestra imagen.

En esa mirada sosegada que se da de modo intimo entre nuestra imagen y la presencia de nuestro cuerpo, aflora la más de las veces, el momento presente, el que para estos tiempos nos confronta por las exigencias de la economía de mercado y los costos de la vida que nos ha traído la tecnología y su inconmesurado desarrollo, la situación económica y la realidad política que atravesamos. Y digo “atravesamos”, porque ningún mal es eterno.

A mi modo de ver, el narcotráfico gano. No tanto por la ilegal y rentable práctica de su comercio de coca y todos los demás derivados de esa base que permite que muchos sujetos evadan su realidad a partir de un “chute” de placer, sino por su estilo de pensar Mafioso. Que por lo demás, dicho estilo de pensar no es nuevo, ni de Pablo Escobar, el artífice de la imposición de dicho estilo de pensar en absolutamente todas las esferas de la sociedad colombiana, donde es más evidente en unas que en otras y en las que no, se llega a concebir que si por no obrar así, es que se está actuando mal.

A lo sumo, la mafia data de 1862 o 1863, cuando el dramaturgo Giuseppe Rizzotto, con el apoyo de Gaspare Mosca, pusieron a cielo abierto el comportamiento de una parte de los ciudadanos de la sociedad de Palermo, una provincia de Italia, en la obra de teatro “El mafioso de la Vicaría”.

Estimo que no hace falta exponer cómo proceden los mafiosos, pero sí resalto que nuestra economía carece de creatividad y de emprendimiento, no por falta de talento en nuestros ciudadanos, sino por los amarres económicos que asfixian el mercado a través del lavado de activos y las innumerables trabas, que el gobierno denomina requisitos, para emprender una empresa. Ni qué decir de los bancos y mucho menos de los prestamistas, quienes gentilmente exponen su dinero, sabiendo que es más rentable que otro tipo de inversión que paga impuestos.

Este estilo de pensar, donde el facilísimo anula todo acto creativo y de esfuerzo decente que permite reconocer la recompensa del trabajo, más en la complacencia del deber cumplido, que en el dinero en efectivo, sumado a la incapacidad del ciudadano de pensar, no sin justa causa, que por sus propios medios no puede salir adelante, evocando con ello todas las propuestas populistas en el plano político, creyendo con fe ciega que, a partir de su nuevo mesías todo va a cambiar de la noche a la mañana, hacen que el discurso mafioso sostenga la corrupción como el dispositivo que sostiene todo el engranaje económico de nuestro lazo social.

Al punto que, la degradación llegó a lo que debería ser lo más diáfano en relación con el comportamiento decente y el deseo sincero de ser en sí mismo. Hoy es normal ver cómo los estudiantes estudian por la obtención de un título para conseguir trabajo que les brinde un buen salario y no por lo que van a aprender para aportarle a una sociedad a partir de las transformaciones que van a lograr con el desarrollo de sus habilidades o talentos. No. Es mejor un empleo, una paga y un “déjame estar”.

O el comportamiento mafioso de algunos docentes que, hasta mandan a hacer sus tesis, con tal de sostener la plaza que ocupan en un plantel o una universidad, y ponen a los subalternos a realizar las investigaciones para ser nombrados en estas como investigadores o coinvestigadores, con tal de sostener que ellos también investigan e incrementar su número de publicaciones en publindex, sin saber en ocasiones, de qué se trata el tema o la causa a investigar.

Es algo tan degradante como seguir insistiendo en darle oportunidad a los que firmaron la paz, cuando se sabía de entrada con quien se estaba negociando, pero se les dio el principio de oportunidad y ni así, no se pudo frenar la lógica del discurso, del estilo de pensar que ni por la izquierda o la derecha deja de cavilar.

Yo le digo a mi Papá que cuando él tuvo mi edad, vivió una calma y un atisbo de bonanza, hoy, los de mi generación, por más que indago a ver cómo estamos, me encuentro con que vivimos una tensión que nos lleva a la dinámica de pensar en un día a la vez, y con una situación que nos empuja a la fe de que pronto el temporal pasará y podremos disfrutar de lo que nos gusta hacer, sin contar con la zozobra de que no nos va a alcanzar.

Hoy mi barbero no me habló. Asumo que al igual que yo, también medita en la situación. Lo digo porque cuando entré, estaba colgando una llamada en la que alguien le recordaba algo de un cobro de un paga diario.

Lo particular del acicalamiento de hoy fue que al final, cuando él terminó, me encontré con mi imagen pero advertí que todo el tiempo que estuve allí frente al espejo, no me miré sino que me escuché, aunque me estuviera viendo a mí mismo.

Eso es algo particular en la imagen en el espejo en uno en tanto neurótico, es más lo que uno se habla a sí mismo, que lo que uno se mira, por eso quien lo ve a uno, solo ve la proyección de la imagen que esa persona tiene de sí misma, según su estado de ánimo.

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@MARCOS_V_M



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