Armar al mundo con música y poesía

Por: Robinson Nájera


Opinión. El libro “Fredy en el país de los chimilas” o “En el país de los chimilas” o “El acordeón de los dioses”, títulos con los que se ha publicado en sus tres ediciones esta novela de nuestra autoría, relata cómo los indios chimilas que habitaban en los departamentos de Magdalena, Cesar y Guajira derrotaron a los españoles con su única arma: la música. Lógicamente esto sucedió en la ficción porque en la realidad “los invasores” maltrataron, violaron, expropiaron y hasta exterminaron a los nativos pues, según el DANE, en 2005 de esta etnia sólo quedaban 910 sobrevivientes y de ellos apenas el 23.5% hablaba su lengua (los más viejos).

De acuerdo con la escritora argentina María Teresa Andruetto: “la ficción es el paso de lo crudo a lo cocido”, piensa que “hay una materia cruda que es la vida, que no está toda junta, que esta dispersa y que la escritura cuece, amasa, fusiona a través de la ficción”. Creo que la ficción sirve para construir un mundo ideal que marca una distancia considerable con lo real, pero que tal vez invita al lector a soñar con el intento de acercarse cada vez más a la esencia del ser humano. De pronto algún día seremos muchos más los que soñemos que es mejor ganar las guerras con música y poesía que con fusiles y explosivos.

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La música, ese conjunto armónico de sonidos, combinada con la poesía que es belleza y sentimiento, podría dar resultados extraordinarios en bien de la sociedad. La Biblia describe a un personaje como Saúl, que tenía un mal espíritu que lo atormentaba y fue David, músico y poeta, quien tocando su lira lo ayudó a sosegarlo y contener el mal. La música además fue el vínculo principal que unió a toda la nación de Israel en los momentos que juntos se reunían para adorar a Dios o a celebrar las fiestas representativas de su pueblo. También se utilizaba para preparar la mente y hacer a los profetas más receptivos a los asuntos espirituales.

La música y la poesía que necesitamos para evitar que el mundo se vaya al despeñadero, no se encuentra en el otro mundo. Rosendo Romero, homenajeado recientemente en el Festival Vallenato, dice que es un campesino que nutre su lírica del contexto, de lo que observa en Villanueva, su pueblo natal, y los alrededores: la Sierra Montaña, una fruta madura, el pájaro que canta, una paloma que vuela, el agua cristalina en sus manos. Es un poeta natural, por eso, aunque le paguen lo que sea, jamás admitirá cantar barbaridades como estas: “Soy perra callejera…quedémono’ engancha’o en medio de la carretera ‘Toy buscando un perro pa’ quedarno’ pega’o.

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Muchos argumentarán que esas vulgaridades son las que les gustan a jóvenes. Les gusta porque es lo que oyen en las emisoras, en la calle, en la casa y hasta en el colegio. Si las emisoras conservaran canciones poéticas, si en las clases de Castellano, Sociales, Naturales y hasta Matemáticas se compartiera a través de la poesía, todo sería diferente. Entonces no falta quien diga: “pero si no hay justicia social de qué vale la música y la poesía”. Si, pero si quienes nos dirigen e influencian en la sociedad hubiesen pasado por colegios y universidades colmadas de notas y lírica, tal vez otro gallo cantaría. Por eso, sigo creyendo que al mundo hay que llenarlo hasta el tope con música y poesía.

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