Ahora una de indios… sin vaqueros

Por: Róbinson Nájera Galvis


Opinión. Hace unos años un líder indígena de Tuchín, el cual asistía a mis tutorías en la Universidad Nacional Abierta y a Distancia- UNAD, me confesó que sus pretensiones estaban lejos de luchar por la defensa de costumbres como vivir en chozas de palma y bahareque, usar prendas zenúes o pintarse los cachetes de colores, entre otras cosas. Eso se llama aculturación y yo no podría decir hasta dónde es esto válido, porque todos tenemos derecho a aspirar a una vida con muchas más comodidades.

Mientras andábamos por Tuchín rastreando la existencia de algunos vocablos de la lengua zenú, el líder se detuvo frente al monumento del sombrero vueltiao: “Mire lo del sombrero” y continuó: “Sembrar y cortar la caña flecha, tinturarla, confeccionar la corona, la copa, las alas. Toda una tarea, difícil y compleja, para que después llegue “un vivo” que a duras penas paga $20.000 por nuestro esfuerzo y después lo vende por fuera en más de un millón”. Esto es explotación y estoy seguro que no está bien.

Ahora, con el cuento de la minga, leí el comentario de un amigo que insultaba a los indígenas, los trataba de flojos y bandidos que deberían estar trabajando en vez de andar delinquiendo. Es sorprendente que un médico y descendiente de estas comunidades, no sepa que protestar en Colombia no convierte a nadie en delincuente, mucho menos con el lujo que lo hicieron en la reciente marcha. Un médico con estos rencores es un verdadero peligro ¿Qué tal que le toque atender a un indígena enfermo?

Según Bartolomé de las Casas, durante los tiempos del descubrimiento, Cristóbal Colón mataba en un día a unos 300 indígenas solo con la idea de divertirse, sin embargo, a quien envió al otro mundo a tanta gente, en América le han construido más de 500 estatuas, mientras en Colombia a los indígenas los siguen asesinando ante la mirada impávida de una sociedad insensible y un presidente sordo y ciego que tal vez cree, como hace 5 siglos, que los nativos no son gente.  

Antes de la conformación del CRIC en 1971, muchas comunidades indígenas habían perdido sus tierras a manos de los terratenientes, que las convirtieron en haciendas y obligaron a sus anteriores dueños a pagar por el derecho a vivir en ellas, un impuesto en trabajo o en especie, conocido como el terraje. Estas heridas no han sanado del todo, ni siquiera con la Constitución del 91 que reivindica algunos derechos. Pese a todo lo ocurrido, muchos llevan un Cristóbal Colón en el alma, cuando lo que deberían llevar por dentro es un indígena.



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