Adular a los gobernantes no les hace bien

Por: Marta Sáenz Correa


Opinión. Adular es halagar a alguien para obtener algún favor, bien o prebenda. Se trata de un gesto actuado, lejano de ser un halago sincero, que tiene como contrapartida la vanidad del adulado. Es una instancia de las relaciones sociales que empieza a pensarse desde la antigüedad y ha sido estudiada en las obras de Shakespeare, Locke, Maquiavelo y Hobbes entre otros.

La adulación, es uno de los riesgos más graves que enfrentan los gobernantes en el ejercicio del poder, pues los aduladores saben cómo penetrar en la inteligencia del gobernante y manipular la voluntad del mismo. En el adulador hay maldad, perversidad, perfidia, y saña.

La característica principal de la adulación, es el elogio excesivo o la expresión exagerada de admiración con fines estratégicos. Es decir, el adulador persigue congraciarse con el adulado, de tal manera que pueda conseguir algún beneficio propio. Se podría definir la adulación como un trato indigno en sí mismo, pero ventajoso para quien lo práctica. Como regla general, la adulación tiene su campo de acción donde quiera que alguien tiene algún tipo de poder, que en mis palabras se materializa como el comité de aplausos.

Mientras existan quienes adulan al poderoso y silencien sus errores, existirá la posibilidad de que se crea con el derecho a todo, incluso a no importarle las consecuencias de sus actos y mentiras. Los halagos satisfacen a quienes los reciben y bajan sus defensas hasta confundirse con las intenciones y veleidades de quienes los halagan. La adulación no existiría si no hay otro que la demanda, pero a diferencia del reconocimiento genuino de las virtudes de otros la adulación siempre tiene una agenda secreta.

Está bien adular, pero solo cuando al que se adula tiene el mérito, el impacto de ser y actuar; cuando se le reconocen sus valores y sus virtudes, sus acciones y resultados. Por lo tanto, en este caso, adular es una acción responsable y delicada. Adular a diestra y siniestra es un sinsentido; es abaratar el criterio del adulador, su capacidad de discernimiento y su supuesta sabiduría. Hay que ser objetivos, sinceros, cabales y consecuentes con uno mismo para dejar de adular a todo el mundo. Un gobernante por definición debe ser bueno, eficaz y eficiente, sin requerir ejercicios de aduladores, y necesitar del reconocimiento de su pueblo, pero no el imaginario, sino el real. Digamos no a la adulación extrema y extensa, y construyamos una sociedad basada en el reconocimiento sincero de los buenos gobernantes y políticos.

PARA DESTACAR:

“Uno puede defenderse de los ataques; contra el elogio se está indefenso”. Sigmund Freud.



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