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A una mujer no se le toca ni con el pétalo de una flor

Opinión/ Por: Marcos Velásquez.


#Opinión/ Por: Marcos Velásquéz.

COTIDIANIDADES

Hubo una época en que si un niño le pegaba a una niña, la muenda era incalculable.  No había excusa alguna.  Ni si el niño tenía la razón, ni si la niña era la hermanita.  Era una regla básica: a la mujer no se le pega.

El castigo para el niño, con tal de que aprendiera, era de tal magnitud que el personaje quedaba enterado de que con las niñas era mejor jugar con pautas claras, o mejor no jugar, para evitarse problemas.

La lección quedaba aprendida, al punto que a la niña, quien por su naturaleza femenina difícilmente admite un sentimiento de culpa, al ser consciente de lo que le sucedió al niño, ella misma también asumía una posición de alerta, de distancia ante la brusquedad del niño, o de sensatez ante las maneras suaves que ella tenía, en relación a cómo se expresa un varón la más de las veces.

Bastaba una buena tunda: dos nalgadas que no traumatizan, pero ponen límite al desenfreno de las pasiones que, en pro de la imposición del niño sobre la niña, lograban plantear lo que muchos discursos y demasiados argumentos no logran aclarar a lo ingobernable de la pulsión.

Golpear a un niño no está bien si se hace de modo reiterado, pero ponerle un límite, a sí sea a través de un baldado de agua fría, como acto simbólico del límite en sí, es oportuno para evitar el desborde de ese adulto que en su infancia no comprendió que hay cosas que no se hacen, como por ejemplo, pegarle a una mujer.

Este año 2017 cierra sus tasas estadísticas con alarmantes cifras de actos de violencia contra la mujer.  Desde lesiones personales, violencia psicológica, violaciones o feminicidios.  Por respeto a  las mujeres que han padecido este tipo de actos violentos, no me centro en las estadísticas, dado que en su calculo, el dolor nunca se ve reflejado.

Un dolor que solo padece quien ha sido sometida por el varón, y la más de las veces, los familiares que desde su impotencia, en diversas ocasiones no saben qué hacer y cómo ayudar a quien está presa en ese acto que termina repitiéndose, dado que el maltratador, el violento, el inseguro, el misógino, asustado pide excusas (si es que lo hace), pero siempre vuelve a recaer.

Una cosa es el conteo estadístico, pero otra, las denuncias que no se hacen por miedo, por el qué dirán, por la dependencia o, peor aún, por el masoquismo que habita a alguna mujer.  Independiente de ello, quien está en el entorno de la mujer maltratada o violentada, en una palabra: malograda en su ser,se percata del asunto, dado que ese semblante es delator, pero opta por confabularse con el libre albedrío de ella y tampoco hace nada para sacar de la turba a la perturbada.

Quizá ello se pueda entender, dado que en nuestro estilo de pensar está presente que “en pelea de marido y mujer nadie se mete”, porque una vez se les pasa el sofoco, ellos arreglan y quien queda mal es el réferi.  Mal hábito de nuestra cultura que se ha acostumbrado a que la dignidad humana puede ser mancillada por cuestiones de dependencia afectiva o económica, cuando la dignidad, como el nombre y la vida, es lo que tiene un ser hablante para exigir respeto.

Pero, de dónde flores si no hay semillas.  Una cosa es la intimidad de una mujer, la fragilidad psíquica que la habita: su estado de dependencia, sometimiento o masoquismo, la relación de pareja que eligió para maridar, su vulnerabilidad en la calle, y otra lo que Sara Morales, la ex guerrillera de las Farc testimonió.

El narcinismo con que cierra el año la negociación de paz en Colombia, deja sin referente de respeto a la sociedad.  El colombiano de a pie, el ciudadano promedio, tiene que tragar saliva en verano, después de haber recibido una polvorosa sin agua y dar las gracias.

Ante semejante panorama, es mejor plantearle a los niños de hoy eso que ya se ha olvidado en la crianza y en nuestras bellas costumbres de antaño: a una mujer no se le toca ni con el pétalo de una flor.

Twitter: @MARCOS_V_M



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