A propósito del 25N: Por una mejor historia

Por: Ana Paola Martínez de la Ossa.


El pasado miércoles 25 de noviembre se conmemoró el Día de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. Escribir sobre estos temas, aunque resulte difícil por el hecho de haber sido víctimas, nos libera de forma catártica y nos encuentra con otras mujeres que han sido o son presa del silencio. No es sencillo, pero aquí está con mi nombre y apellido:

Era mi historia, sin embargo, me desarmé y entregué la pluma y el papel para que otras manos la escribieran. Quien pensé que sería un gran editor, terminó siendo mi gran destructor.

Esas manos, rudas y grandes, no solo tomaron mi lugar apretándome hasta las entrañas, también borraron líneas, tacharon, oprimieron, pusieron puntos finales donde yo quise haber puesto puntos suspensivos, cambiaron signos de admiración por interrogantes; y decididos y mayúsculos sí, por eternos y capitales no.

Con el paso y el peso del tiempo y de las heridas, el papel de la historia humedeció ante mi mirada intrépida, trémula y directa. Asustada, vi como otro hacía de mi trama un nudo eterno, sin inicio ni desenlace: todo cada vez más difícil de leer. 

¿A dónde fueron mis personajes? He quedado sola, pensaba. En cada parte de la historia rampaba la desprotección, el ultraje, el dolor, el maltrato y el llanto, la imposibilidad de que en algún diálogo pudiera hablar yo. No había con quién, no había de qué, todos habían desaparecido.

Mientras me reescribía, el nuevo autor tronaba sus dedos y el chasquido era horripilante, como si se preparara para despresar, para ver desangrar, para acuchillar, para lastimar con sus tenebrosas manos, las mismas que con agilidad cambiaban el rumbo de todo y al tiempo me señalaban y me reducían. Yo solo pensaba: ¡Nadie jamás leerá esta historia! ¡Qué mal escrita está! ¡Sácame de aquí! ¡Esta no es mi historia! ¡Quiero salir ya!

Estando tan suficientemente sola en el papel, como lo había querido siempre el nefasto escritor, empecé a caminar con dificultad y con mordazas por las líneas, que en realidad eran ruinas. Lo hice lacerada, dolida, golpeada. Recorrí aquel territorio narrativo devastado, empecé a cotejar letras, puntos, comas, tildes, me entretuve moviendo palabras que terminaron haciendo parte de párrafos que antes no estaban. Y aunque no había diálogos, lancé un S.O.S. con los movimientos que hice, pedí auxilio a gritos escritos desde aquel borrador maltrecho que pensé que nadie nunca más encontraría.

Cuando crees que nadie te lee, que nadie mira el papel ajado, estás equivocada: la nueva historia, la que me atreví a rearmar en silencio, como una hormiga que se apresura a hacer su hormiguero, empezó a perder humedad, a ser leída por quienes se acercaban y la contemplaban. Esto oprimía y ponía nervioso a mi impostado escritor, lo debilitaba más y más.

Esos lectores que fueron llegando pusieron el dedo en el papel, lo tocaron, extendieron sus manos e hicieron con ellas puentes a los que me agarré para darle rumbo a mi verdadera historia, para reencontrarme con lo que siempre quise ser y contar. Fueron esos tejidos y esa decisión aguerrida las que terminaron por poner esposas, identificación pública y freno a las manos que tanta destrucción causaron.

Ahora no solo escribo que la que vivo es mi mejor y más merecida historia; miro a mi alrededor y trato de leer en ti, en mi prima, en mi amiga, en mi hermana, en mi compañera de trabajo y en cada mujer que veo, si la que vive es su peor o su mejor historia, puede que allí también se necesitan lectores, puentes, abrazos y tejidos que salven, que liberen y que permitan alcanzar una victoria más en esta batalla campal que tantas libramos y sobre la que es momento de no callar.



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