Mucho talento, pocos datos

Boris F. Zapata Romero
3 meses atrás

Colombia es un país en el que sobran las historias de ingenio, creatividad y berraquera en nuestras empresas, en el campo, en los barrios y en las oficinas públicas. Sin embargo, hay una contradicción incómoda, con tanto talento producimos menos de lo que podríamos. Una de las razones es que no medimos bien lo que hacemos. No sabemos con claridad cuánto cuesta producir, dónde se pierden horas y recursos, ni qué procesos generan valor y cuáles solo consumen nuestras energías. Sin medición, la productividad se vuelve un punto ciego.

Mientras la productividad laboral mundial creció en promedio 2,1 % anual durante la última década, la de Colombia apenas llegó a 0,4 %. Hoy seguimos por debajo de la mayoría de los países de la OCDE y también de economías como Chile, Costa Rica o México en producción por hora de trabajo. Eso significa empresas con menos margen, salarios más bajos y una competitividad que se agota en discursos, pero no despega en los indicadores.

La situación, a mi entender, es que solemos pensar la productividad como un asunto reservado para técnicos, o peor aún, la asociamos con “explotar” más al trabajador, recortando personal o aumentando la jornada. Esa es una lectura equivocada y peligrosa. La productividad, bien entendida, es una cultura que está en la decisión cotidiana de medir, corregir y mejorar. Es aprender a reducir pérdidas, optimizar tiempos muertos, aprovechar mejor los recursos y crear condiciones para pagar mejores salarios sin que la empresa se vuelva inviable. No es casual que la OCDE estime que un aumento de 1 % en productividad pueda elevar hasta 0,9 % los salarios reales.

Planteado de otra manera, la productividad no es solo una fórmula económica, es una forma de respeto. Respeto por el tiempo de las personas, por los recursos públicos, por el esfuerzo de los empresarios y emprendedores, y por los impuestos de los ciudadanos. Un país que no mide bien, termina castigando sobre todo a quienes más se esfuerzan, sea el pequeño empresario que no sabe a dónde se le va el dinero, el agricultor que desconoce sus costos por hectárea, o el gobierno subnacional que no tiene trazabilidad sobre los impactos reales de sus proyectos.

Hace unas tres décadas, Corea apostó de manera sistemática por medir con detalle la productividad de sus sectores económicos, levantando encuestas industriales a nivel de planta, siguiendo de cerca sus costos, sus tiempos y su valor agregado, y usando esos datos para ajustar políticas, incentivos y la formación de talento. El resultado fue que en los años noventa el valor agregado por trabajador en la manufactura coreana, creció en promedio cerca de 9,6 % anual, según estimaciones del Banco Mundial y académicos que estudiaron su “milagro de crecimiento”.

Esa combinación de medición rigurosa y decisiones consistentes, convirtió a la productividad en el motor central de su desarrollo, así que creció más de veinte veces la de Colombia en una sola década. No fueron conejos sacados del sombrero, fue disciplina, datos y decisiones. Los países que miden, progresan, los que no, se estancan.

La buena noticia es que medir bien no es algo reservado a las grandes economías. Requiere, sí, decisiones claras en tres frentes. Primero, herramientas simples de digitalización. No se trata de tener el software más caro, sino de contar con sistemas aunque sean modestos, que permitan registrar ventas, tiempos, inventarios, mermas, tiempos de respuesta, avance de obras. Lo que hoy sigue en libretas sueltas o “en la cabeza” de alguien, mañana debe estar en una base de datos que hable con el resto del país.

Segundo, formación técnica para decidir con datos, poque de nada sirve acumular información si nadie sabe leerla ni convertirla en decisiones. Desde los técnicos de planta hasta los funcionarios públicos y los gerentes, necesitamos una alfabetización en productividad para entender indicadores, identificar cuellos de botella, hacer seguimiento y corregir a tiempo.

Finalmente, entender que la tecnología es una condición para competir, asi que se hace necesaria inversión inteligente en tecnología accesible. Uso el calificativo “inteligente”, porque no es adquirir soluciones por snobismo, sino que realmente resuelvan problemas concretos, es decir, un buen sistema de gestión puede ser más transformador para una pyme que una máquina carísima mal utilizada, así como un tablero de control puede ahorrar años de improvisación en una entidad pública.

El fondo de todo esto es un cambio de mentalidad, pues ya no se trata de adivinar, sino de ver. Dejar atrás la cultura del “aquí siempre se ha hecho así” y abrazar la idea de que el desarrollo empieza por medir bien para transformar.

El debate sobre productividad debe bajarse al piso, y convertirse en una conversación cotidiana en las fincas, en los talleres, en las aulas y en las oficinas públicas y privadas, si es que en verdad queremos un país y unos territorios más prósperos, con empresas más fuertes y empleos mejor remunerados.

Boris F. Zapata Romero

Consultor en Competitividad, Innovación y Desarrollo Económico