Cierto día de hace algunos años, comenzando la era del 2000, visité la zona céntrica de la ciudad de Medellín, donde logré apreciar a varios grafiteros expresando su arte en paredes de edificaciones viejas, debajo de puentes y algunas franjas deprimidas. Me detuve un momento a observar cómo lograban plasmar los rostros a punta de aerosol, una cosa sumamente compleja. En dos ocasiones más transité por esos lugares y aprecié ese talento grandioso de jóvenes con pinta de hippy y de brazos tatuados.
—Parce, venga, espiche aquí y pinte lo que quiera que yo le pulo, lo que haga —me dijo Aguirre, un joven que no llegaba a los veinticinco años. Lucía, un pantalón camuflado, camiseta blanca estampada con el rostro sonriente de Bob Marley y zapatos croydon rojos. Probablemente, notó mi interés por el tema. Dialogamos un buen rato, fumaba un puro que le había enviado desde La Habana un tal Reynaldo a quien mencionaba mucho como tremendo artista. Aguirre no era un desechable jíbaro que vivía en la calle. Había estudiado artes plásticas en la Universidad de Antioquia, se ganaba la vida como retratista, pero su pasión la desaforaba exprimiendo aerosoles en las paredes, haciendo críticas al sistema con dibujos llamativos que no necesitaban una sola letra para entender la narrativa satírica que proyectaba en los muros.
El parce Aguirre, como lo bauticé, hablaba mucho del cubismo y el muralismo. (Mi esposa a cada rato me dice que por qué se me atraviesa tanto loco en el camino y cómo tolero tantas enajenaciones). Hablaba mucho de Picasso, quería implementar ese vanguardismo no en lienzos sino en paredes, no con pinceles y acrílicos, sino con aerosoles. Estaba montado en un patín que solo él lo sabía maniobrar.
El muralismo es la expresión artística sobre muros y superficies donde se proyectan diversas temáticas en zonas urbanas. Convierten a las ciudades en museos de arte moderno a cielo abierto, donde el artista dialoga con la sociedad y aviva la conciencia social.
Fue en México, a principios del siglo XX, cuando surge este movimiento como alternativa de democratizar el arte y darle una tonalidad popular, como forma de expresión en temas sociales, culturales y políticos. Se le atribuye a Diego Rivera ser el precursor en el país azteca de esta corriente, la cual se cimentó en momentos cruciales de la revolución mexicana, donde los muros y paredes se convirtieron en lienzos para pronunciar las luchas y protestas, donde el pueblo podía leer su historia e identidad.
De México se expandió esta llamarada artística por toda Latinoamérica y otros continentes. A Diego Rivera se le ha patentado convertir los muros en libros abiertos. Más que pintar, transformó el arte en un lenguaje de memoria que ayuda a reflexionar y generar conciencia crítica a la sociedad.
-Aguirre, ¿por qué no organizas una exposición con otros colegas y muestras todos esos retratos de deportistas, artistas y rostros callejeros que has pintado en lienzo? Le sugerí en alguna ocasión. Su respuesta fue muy disiente: —Vea, hermano, yo no soy artista de elites, ni pretendo ir a bienales ni nada de esa joda. Yo quiero exponer mi arte a las ciudades, al peatón, al ciudadano común. Ese que no lo invitan a museos y automáticamente se excluye por no saber ni pío de lo que se está exhibiendo —recuerdo que se exaltó un poco y terminó diciéndome —. ¡Parce usted es un bacán, pero tiene unas salidas a veces de elite que no me cuadran!… Regáleme esa camisa. Era una guayabera blanca, manga larga, cuatro bolsillos. Quedé de llevársela antes de graduarme de mis estudios, pero nunca le cumplí.
Tuvieron que pasar más 20 años para comprender la filosofía de vida y percepción del arte muralista del parce Aguirre, cuando cierto día me tropecé en un escrito la frase de Diego Rivera que recita: “El muralismo es la forma de llevar el arte al pueblo, de ponerlo en las paredes que todos ven, no en los salones donde solo entran unos pocos.”
El arte, en su esencia más pura, pertenece al pueblo: debe ser público, monumental y compartido. Los muros, abiertos y sin fronteras, se alzan como páginas libres donde no hay puertas ni cerrojos, solo el latido de la comunidad. Desde su origen, los murales se han convertido en melodías de color que narran la vida diaria, en voces visuales que hablan por quienes callan, pero desean expresar. Son relatos vibrantes, cargados de diversidad: lo social, lo político, lo cultural y lo espiritual encuentran allí un espacio común. Más que estética, los murales son diálogos colectivos escritos con pinceladas, acrílicos, vinilos, esmaltes y aerosoles. Lo que alguna vez fue tachado de contaminación visual en los márgenes periféricos, hoy se reconoce como arte urbano auténtico, enraizado en las comunidades, embelleciendo sus espacios y trazando rutas turísticas donde la memoria renace entre el concreto.
Ciudades como Ciudad de México, Valparaíso, São Paulo, Bogotá, Filadelfia, Berlín, Melbourne o Belfast han transformado sus calles en lienzos infinitos, donde cada muro se convierte en un museo abierto al viento. En ellas, el muralismo no es solo arte urbano: es identidad, memoria y atractivo que vibra en el pulso cultural y turístico de cada urbe.
En la otra orilla del mundo, Incheon, en Corea del Sur, guarda el título Guinness del mural más grande del planeta, con una extensión descomunal de 23.688,7 m², un horizonte pintado para la eternidad. Y en Colombia, en el corazón de Bogotá, se alza “Homenaje a la Diversidad”, mural de 500 m² concebido por DjLu y Toxicómano: un canto visual a la pluralidad del país, donde los rostros de niños de distintas regiones se elevan como emblemas de esperanza, recordándonos que la diversidad también es patrimonio.
En el departamento de Córdoba, específicamente en Montelíbano, crearon en 2022 el mural más grande hecho a mano en Colombia, con 214 m², más conocido como “Graffiti hecho a 100 manos”. Santa Cruz de Lorica ostenta tres grandes murales muy llamativos: en la muralla frente al río Sinú “Mural del Puerto” (12 Mts de ancho por 8 de alto), y otro ubicado en el edificio González, “Mural del Palacio Municipal”, ambos realizados por el reconocido escultor y muralista Adriano Ríos. Hay dos más en honor al escritor Manuel Zapata Olivella y al pintor primitivista Marcial Alegría en el Centro Histórico
La ciudad de Montería ha venido acogiendo esta cultura muralista poco a poco. Hay murales de vieja data como el elaborado por Enrique Grau en las instalaciones de la Asamblea de Córdoba y otro del mismo maestro en el Centro Cultural del Banco de la República “Alegoría del Sinú”. Algunos sectores del centro de la capital cordobesa han ido implementando esta expresión artística, especialmente jóvenes que se pronuncian más con un lenguaje visual y colorido a la vida cotidiana y la visión del mundo que pisan. Recientemente en el Pueblito Cordobés a las afueras de la ciudad, Cacerolo, reconocido muralista, pintó una enorme pared con algunos de los personajes más simbólicos de la cultura e historia de Córdoba. Ni que decir de la majestuosa obra tatuada en la pared de 27 por 14 metros en la Universidad del Sinú, en honor a sus fundadores.
En pleno corazón de Montería, la artista Mónica Garzón Saladén ha plasmado en una pared de 70 metros cuadrados, en la calle 24 y las avenidas primera y segunda, un mural titulado “Una sola cosa”. Esta obra no es solo color y forma: es un homenaje profundo a la memoria de artistas que partieron, como Olga Gómez, Irma Cecilia Pinzón, Fernando Henao, Tiburcio Romero, María Victoria Cadavid, Soad Louis Laka, Raúl Gómez Jattin, Germán Morales, Germán Ríos Bru y Marcial Alegría. Cada trazo recuerda sus huellas y sus manos creadoras que, con talento y sensibilidad, ayudaron a entretejer la cultura de la ciudad. Este mural, más que pintura en el muro, es identidad compartida, un recordatorio de que el arte es memoria viva y un puente con la comunidad. Iniciativas como el Portafolio de Estímulos de la Alcaldía de Montería refuerzan este camino, dando valor a expresiones que dignifican y fortalecen nuestro patrimonio cultural.
Los festivales y los grandes eventos suelen dejar en el alma del ciudadano común la alegría del instante, pero rara vez se traducen en verdadero sustento para el creador. El artista necesita más que aplausos fugaces: requiere incentivos que nutran y fortalezcan su obra, semillas de estímulos que hagan fortificar y expander su arte. Montería tiene el potencial de transformarse en un lienzo vivo, donde sus murales no solo adornen paredes, sino que tracen rutas turísticas que enriquezcan el ecosistema cultural, conectando a propios y visitantes con la identidad y la idiosincrasia de nuestra urbe tropical.
POSDATA: El Premio de Periodismo Cultural cierra convocatoria el próximo 30 de septiembre. Periodistas, creadores de contenidos, gestores culturales, fotógrafos, artistas, no dejen de participar resaltando la cultura de Córdoba. Bases, criterios y postulaciones en www.ppcc.com.co
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