Tenía 19 años cuando Hugo Chávez Frías llegó al poder, “sobrao” como decimos los venezolanos, con el apoyo de millones de compatriotas que aseguraban que nuestra democracia no servía y que se necesitaba a un militar en la presidencia.
Al cumplir los 24 años ya estaba en la nefasta Lista Tascón, aquella con la que se inició la persecución política en el país. A esa edad me estaba graduando de Periodista y ya estaba muerta laboralmente hablando, porque todo aquel que estuviese en esa lista “jamás podría trabajar o contratar con ninguna dependencia del gobierno nacional o estatal” y tampoco trabajaría para aquellas empresas privadas con vínculos con el gobierno.
En este punto; mi vida laboral, que comenzaba con la “revolución” ya estaba marcada y con ello, se marcaba mi destino político y social.
A los 27 y gracias a mi talento, conseguí lo impensable, el cargo de corresponsal del Correo del Orinoco para los estados Lara y Yaracuy.
Este medio nacional, era manejado directamente por Chávez y al frente estaba una periodista que desde mis primeros pininos admiré, Vanesa Davies, ella me contrató, sabiendo -segura estoy – de que mi nombre estaba en esa lista; no obstante, lo ignoró, porque además de ser una excelente periodista, también es un gran ser humano.
Diez años estuve en el Correo, ese puesto, que me consolidó como periodista en la fuente de política, me permitió verle las tripas a la revolución y la mierda de la oposición, aguanté solo por el excelente salario, que me permitió obtener antes de los 40 años todo lo que materialmente quería, pero me asqueaba tanta ignorancia e hipocresía, pero lo que menos soportaba era ver como chavismo y oposición comían del mismo plato y cuando las cámaras se encendían, eran “enemigos acérrimos”.
A mis 38 años ya Chávez había muerto y la artillería apuntó en contra de Vanesa Davies y su equipo, el mismo día que la botaron, ese mismo día decidí renunciar, si aguanté 10 años fue gracias a su apoyo y excelente jefatura.
A partir de ese momento, la economía de Venezuela, que ya venía en picada, colapsó, a eso se le sumaba la constante represión y la persecución de la que siempre fui víctima, porque los más revolucionarios, siempre olían en mí “lo escuálida”.
A mis 39 decidí abandonar mi patria, solo tendría dos caminos si me quedaba, uno era una cárcel por “contrarrevolucionaria” y otra era la sumisión al régimen; y lo segundo jamás lo haría.
Seis años pasaron, viendo los toros desde la barrera, y desde afuera se veía mucho peor, como periodista, ahora en Colombia, me tocó ver de primera mano la extensa migración que literalmente invadió al mundo; niños, mujeres embarazadas, jóvenes, ancianos, todos huyendo a pie de ese sistema socialista que acabó con todo y que finalmente, terminó siendo lo que ya muchos avizorábamos, un narcoterrorismo de Estado.
Mi mayor miedo, quedar exiliada y como los cubanos, esperando a que algún día cayera un régimen que más atornillado parecía estar; sin embargo, a los 46 años y contra todo pronóstico, a esa misma gente que destruyó todo lo que como venezolana conocía y que con crueldad y arrogancia sentenciaron a millones de personas a la miseria y el exilio, los veo salir y de la peor manera.
Nunca quise salir de mi país, pero doy gracias porque he podido aguantar la tormenta bajo techo y ahora, es sin duda, la hora de organizar un eventual regreso, porque quienes somos hijos de la IV República, somos los llamados a reconstruir nuestra hermosa nación, una vez haya sido totalmente liberada del yugo socialista.





