¿Libertad para Odiar?  Celebrar la muerte de una persona en redes no es opinión, es veneno

Por Felipe Sánchez Iregui
6 meses atrás

Conexión Consciente es una comunidad creada por iniciativa de Felipe Sánchez Iregui, a la que se suma el diario La Razón —el primer medio de comunicación en hacerlo—, en el marco de su compromiso con la sociedad y dentro de su política de responsabilidad social. *

En septiembre 10 de 2025, el conocido activista de extrema derecha Charlie Kirk fue asesinado. Lo que ocurrió después en el ecosistema digital fue, si cabe, aún más perturbador. En lugar de horrorizarse, una horda de usuarios en redes sociales —muchos de ellos vinculados a grupos que consideran que el gobierno de Trump es fascismo puro, o simplemente alimentados por el odio tribal— celebraron su muerte.

Publicaron comentarios que helaban la sangre: “se lo merecía”, “bien hecho”, “ojalá le pase a más como él” “ahora sigue su esposa” etc. En Colombia también este tipo de lenguaje fue usado en redes sociales después  del asesinato de Miguel Uribe, donde muchos se alegraron por su muerte.

La muerte se convirtió en un espectáculo, y el festejo, en un arma. Estos eventos nos obligan a enfrentar preguntas que, como sociedad, hemos estado evitando. ¿Debemos proteger esta celebración bajo el paraguas de la “libertad de expresión”? ¿Es justo que las personas pierdan su trabajo por publicar tuit donde muestran alegría ante la muerte de otro? ¿Dónde trazamos la línea entre una opinión ofensiva y un discurso de odio inadmisible?

El Espejismo de la “libertad de expresión” como algo absoluto. El primer refugio de quienes celebran la violencia, es el argumento de que la “libertad de expresión es absoluta”, un concepto tan popular como malinterpretado. Sin embargo, históricamente autores como John Stuart Mill (1806-1873), en su obra “Sobre la Libertad”, Voltaire (1694-1778) y  John Milton (1608-1674) ya hablaban a su modo, de estos cuatro pilares, que hoy cobran en temas de redes sociales toda la relevancia:

• Tolerancia al discurso ofensivo: Debemos permitir que otros digan cosas que nos hieren.

• Tolerancia al desacuerdo: Es esencial respetar que alguien piense diametralmente opuesto.

• Tolerancia al discurso heterodoxo: Es necesario dar espacio a ideas raras, impopulares o incluso conspirativas.

• Tolerancia al discurso socialmente divisivo:  hay que aceptar que ciertos discursos generan conflicto social.

Si bien estos pilares protegen la expresión de ideas, por incómodas que sean, no justifican o avalan  la celebración de la violencia contra personas. Seamos claros: aquí es donde la ciencia traza una línea roja en la arena, pues en opinión de quien les escribe, la libertad de expresión protege el derecho a ser impopular, no el derecho a ser inhumano y celebrar la muerte de otros por pensar diferente, pues eso es un aplauso a la barbarie.

La anatomía del Odio: quienes defienden estos actos de comentarios en redes como que son “solo palabras” ignoran su poder destructivo y así los explica un estudio de Melchiori et al. (2023) –“Reconocimiento del discurso de odio: el papel de la empatía y la conciencia de la influencia de las redes sociales–  donde pone en evidencia que  el discurso de odio no es solo “palabras hirientes, incomodas o instigadoras”, es un mecanismo tóxico que:

• Genera miedo y ansiedad en los grupos a los que apunta.

• Normaliza la violencia como una solución aceptable.

• Reduce la empatía colectiva, erosionando el tejido social.

• Desensibiliza a la sociedad ante el sufrimiento ajeno.

Cuando una comunidad digital celebra un asesinato, no está simplemente opinando. Está emitiendo un veredicto colectivo que resuena mucho más allá de la víctima pues se convierte en un grito coordinado que dice: “porque piensas distinto, tu vida no vale. Celebramos tu muerte pues es un espectáculo. Tu dolor o el de tu familia nos causa satisfacción.” Eso no es debate; es terrorismo psicológico.

En su estudio  Melchiori y otros, revelan que las personas con baja empatía y baja conciencia digital —es decir, que no entienden o no les importan las consecuencias de sus actos en línea— son quienes más participan en este tipo de conductas. Este es el efecto dominó del odio: permitir que se celebre una muerte envía el mensaje de que está bien deshumanizar al que piensa distinto, creando un ciclo que lleva a más violencia, no solo verbal, sino física.

¿Pero como distinguir cuando estamos en presencia de una opinión y cuando frente  al discurso el odio?

El argumento del “todo o nada” —o se permite todo o se censura todo— es una falacia. La línea entre una opinión protegida y un discurso de odio es clara si nos fijamos en la intención y el efecto. Veamos algunos ejemplos:

El discurso de odio es el que busca la violencia, la discriminación o la hostilidad hacia un grupo de personas. No se trata de un simple desacuerdo, sino de un llamado a la acción dañina.

  • Llamado a la violencia: Imagina a alguien diciendo: “Hay que salir a la calle a linchar a todos los inmigrantes que han llegado al país”. Eso no es una crítica, es una orden para agredir a un grupo específico de personas.
  • Promover la discriminación: Cuando alguien afirma que “los homosexuales no merecen tener los mismos derechos ni trabajar en el sector público. Son una plaga que destruye la sociedad”, está promoviendo una exclusión y una visión deshumanizadora.
  • Negar la humanidad de un grupo: Frases como “Todos los miembros de [cierta etnia] son parásitos y una amenaza para nuestra cultura. Deben ser expulsados”, borran la individualidad de las personas y las reducen a un estereotipo para justificar su eliminación.
  • Usar estereotipos para incitar al odio: Decir que “los judíos controlan el dinero y por eso son la fuente de todos los problemas económicos del mundo” es una afirmación sin base que usa un estereotipo histórico para generar desconfianza y hostilidad.

En cambio, la libertad de expresión protege las ideas, incluso si a muchos nos parecen ofensivas, controvertidas o equivocadas. La diferencia clave es que estas frases no incitan al daño físico ni a la discriminación, sino que expresan una opinión o crítica.

  • Una crítica a las políticas: Es muy distinto decir que “no estoy de acuerdo con las actuales políticas de inmigración del gobierno porque no abordan el problema de la falta de empleo” a incitar a la violencia contra los migrantes. Aquí se critica la política, no a las personas.
  • Una opinión personal: Puedes decir “personalmente, creo que el matrimonio debería ser solo entre un hombre y una mujer”, porque es tu punto de vista sobre un tema social, no un llamado a negarle derechos a nadie.
  • Un punto de vista polémico: Afirmar que “las religiones son la causa de muchas guerras y conflictos a lo largo de la historia” es una opinión controversial que fomenta el debate, pero no incita a odiar a las personas religiosas.
  • Un simple desacuerdo político: Decir “no me gusta el partido político X. Su ideología es mala para el país” es una crítica política común y fundamental en cualquier democracia.

En resumen, la libertad de expresión defiende su derecho a opinar, a criticar y a estar en desacuerdo, pero no le otorga licencia para incitar al odio o la violencia contra otros.

De otro lado, hay que tener presente que un tuit o comentario en redes le puede costar el empleo, pues hoy muchas empresas no comulgan con la exposición del discurso de odio e incluso la libertad de expresión legitima, cuando “va en contra de lo que denominan sus principios”.Tras el asesinato de Kirk, las consecuencias saltaron del mundo digital al real. La columnista del Washington Post, Karen Attiah, afirma que fue despedida por comentarios que poyaban un discurso contrario al de Kirk. El analista de MSNBC, Matthew Dowd, así como varios empleados universitarios igualmente fueron suspendidos o despedidos por sus comentarios en redes. Esto desató un dilema ético con dos posturas enfrentadas:

• La defensa de la libertad de expresión: Grupos como la ACLU y PEN America calificaron los despidos como “tácticas de intimidación” que crean una “cultura del miedo”, señalando que el propio Kirk se autoproclamaba defensor de la libertad de expresión, haciendo de la represión una paradoja amarga.

• La defensa de la responsabilidad: Otros, como el senador Lindsey Graham, fueron tajantes: “La libertad de expresión no evita que te despidan si eres estúpido y tienes poco juicio” y  las empresas, al actuar, defendieron implícitamente que la asociación de su marca con la celebración de la violencia era inaceptable.

¿Es esta la nueva normalidad? ¿Un ecosistema donde la decencia profesional exige el silencio, mientras la crueldad digital se disfraza de valiente disidencia?

¿Y qué consagra la legislación colombiana sobre estos temas?

En Colombia muchos desconocen la existencia de dos artículos del código penal especialmente importantes en esta discusión. Juzgue usted lector por sí mismo:

Artículo 134 B. Hostigamiento por motivos de raza, religión, ideología, política, u origen nacional, étnico o cultural.El que promueva o instigue actos, conductas o comportamientos constitutivos de hostigamiento, orientados a causarle daño físico o moral a una persona, grupo de personas, comunidad o pueblo, por razón de su raza, etnia, religión, nacionalidad, ideología política o filosófica, sexo u orientación sexual, incurrirá en prisión de doce (12) a treinta y seis (36) meses y multa de diez (10) a quince (15) salarios mínimos legales mensuales vigentes, salvo que la conducta constituya delito sancionable con pena mayor.

Artículo 102. Apología del genocidio.El que por cualquier medio difunda ideas o doctrinas que propicien, promuevan, el genocidio o el antisemitismo o de alguna forma lo justifiquen o pretendan la rehabilitación de regímenes o instituciones que amparen prácticas generadoras de las mismas, incurrirá en prisión de noventa y seis (96) a ciento ochenta (180) meses, multa de seiscientos sesenta y seis punto sesenta y seis (666.66) a mil quinientos (1.500) salarios mínimos legales mensuales vigentes, e inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas de ochenta (80) a ciento ochenta (180) meses.

Personalmente creo que el tema no es solo jurídico, pues la verdadera batalla no es censura vs. libertad de expresión, es humanidad vs. deshumanización. Si. El falso dilema entre “libertad absoluta” y “censura total” es una trampa intelectual que nos impide ver el problema real.  La discusión no es sobre si debemos prohibir opiniones ofensivas; es sobre la importancia de tomar acciones propositivas para  que la crueldad no se normalice hasta el punto de celebrar la muerte de un ser humano en la plaza pública digital. El debate no puede centrarse únicamente en el castigo individual pues aquí hay una responsabilidad compartida de la que todos debemos apersonarnos, incluso desde la educación de nuestros hijos. La solución requiere una responsabilidad colectiva, que recae principalmente en dos actores:

1.  Las plataformas Digitales: No son espacios neutrales. Son arquitectos de nuestra indignación. Empresas que diseñaron algoritmos para monetizar la confrontación, sabiendo perfectamente que el extremismo es el combustible más rentable para su motor de interacción. Su inacción no es neutralidad; es una decisión de negocio. Su responsabilidad es eliminar contenido que celebra la violencia real y suspender de forma permanente las cuentas reincidentes.

2. La sociedad: No basta con denunciar un tuit. Debemos reaccionar colectivamente. Esto implica no normalizar el odio, no compartir los memes “para criticarlos” (pues con ello amplificamos su alcance) y, sobre todo, educar. Como demuestra el estudio de Melchiori, la empatía y la conciencia del impacto de nuestras palabras son los mejores antídotos contra el discurso de odio.

¿Y usted apreciado lector que escoge?: Preservar la dignidad humana o rendirse a la deshumanización. Al final, la pregunta no es qué tipo de discurso permitimos, sino qué tipo de sociedad construimos con cada clic, con cada ‘me gusta’ e incluso con cada silencio.

* Conexión Consciente es una comunidad a la que lo invitamos a sumarse y que tiene un objetivo claro: inspirar a las personas a reflexionar sobre cómo implementar procesos de comunicación asertiva y el uso adecuado de las redes sociales, para fomentar un uso más responsable, empático y positivo del entorno digital.