Veintitrés años han pasado desde que Montería decidió recuperar las orillas de su río. Lo que comenzó como un sueño plasmado en el Plan de Ordenamiento Territorial del 2002 y que tomó forma en el 2005, hoy recibe el espaldarazo más importante de su historia: el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) la reconoce como modelo de infraestructura verde para toda América Latina.
Para los monterianos que vieron crecer este proyecto año tras año, el reconocimiento internacional es la confirmación de algo que ya sabíamos: la Ronda del Sinú no es solo un parque, es el alma de una ciudad que late al ritmo del río.

Cuesta creer que hace más de dos décadas el Sinú recibía más de 380 kilos de basura diarios y la mitad de las aguas negras de la ciudad. Hace más de 30 años cruzar el río era una aventura peligrosa, cuando sus orillas eran tierra de nadie, cuando Montería vivía de espaldas a las aguas que le dieron vida.
El proyecto nació oficialmente en el POT del 2002 bajo la administración de Luis Jiménez Espitia y comenzó su construcción en 2005 con León Fidel Ojeda. Pero lo que empezó como una obra de recuperación urbana se convirtió en una revolución social y ambiental que cambió para siempre la cara de Montería.

Hoy, después de 23 años de evolución constante, caminar por la Ronda es encontrarse con una ciudad que respira diferente. Los más de 4 kilómetros del parque lineal son hogar de iguanas, monos aulladores, perezosos y ardillas que conviven con los monterianos en perfecta armonía.
Es el lugar donde tres generaciones se encuentran: los abuelos que recuerdan el puerto comercial de los años 50, los padres que vivieron la transformación, y los niños que no conciben Montería sin su Ronda.
WWF destaca cinco aportes esenciales que han madurado durante estas más de dos décadas: la reconexión ciudadana con el río, la conservación de más de 2 kilómetros de bosque de galería, la adaptación al cambio climático, los 7 kilómetros de senderos y ciclorutas, y su potencial como modelo replicable. Pero para nosotros, los que vivimos aquí, la Ronda es mucho más.

Es el escenario de las Fiestas del Río cada junio, el lugar donde El Cuarto de Soda y Sonorama hicieron vibrar a miles en octubre pasado, donde cada diciembre las luces navideñas convierten los árboles en un cuento de hadas.
Es donde los enamorados se besan al atardecer, donde los deportistas madrugan a trotar esquivando iguanas, donde las familias hacen picnic los domingos mientras los planchoneros cruzan el río como lo han hecho por generaciones.
“Es nuestra joya de la corona, una apuesta por la vida y el futuro”, expresó el alcalde Hugo Kerguelén al conocer el reconocimiento de WWF. Y tiene toda la razón. Después de 23 años, la Ronda no es solo un parque: es nuestra identidad.

Como bien dice Pedro Ojeda Visbal, uno de los empresarios visionarios que impulsó el proyecto: “el río habla de lo que somos y de lo que podemos lograr”. Y lo que hemos logrado es impresionante: de ser una ciudad dividida por un río contaminado, pasamos a ser ejemplo mundial de reconciliación urbana con la naturaleza.
El futuro se ve aún más prometedor. Con Businú a punto de navegar las aguas como el primer transporte fluvial público del país, con la expansión de la Ronda hacia la margen izquierda, con el Parque Las Lagunas en desarrollo, Montería demuestra que 23 años no son un final, sino apenas el comienzo.

Carlos Eduardo Correa lo resumió perfectamente: el río que antes nos dividía completamente, ahora es el elemento que nos une. La margen izquierda, que estuvo abandonada por décadas, hoy tiene su propia Ronda desde 2017. Los barrios que antes se daban la espalda, hoy se miran de frente a través del río.
WWF concluye que “Montería es un referente en Colombia y Latinoamérica de cómo un río puede convertirse en el corazón vivo de una ciudad sostenible”.
Para los monterianos que caminan sus senderos cada día, la Ronda del Sinú es simplemente un orgullo de la historia viva de la ciudad.






