La reciente decisión de la Corte Constitucional de declarar exequible la Ley 2385 de 2024, que prohíbe las corridas de toros, las corralejas, el coleo y las peleas de gallo, se ha presentado como un triunfo en la defensa de los derechos de los animales. Sin embargo, más allá de lo jurídico y lo moral, la medida abre una herida profunda en el tejido social y cultural del Caribe colombiano.
Mucho se ha hablado de los impactos económicos de esta decisión sobre el turismo, la hotelería y el comercio. No obstante, hay un ángulo invisibilizado que debe ponerse sobre la mesa: el golpe directo a las bandas musicales, esas que en otras regiones llaman “papayeras”, y que son una de las expresiones más genuinas de nuestro folclor.
Quien conozca de cerca las fiestas patronales y populares del Caribe sabe que el mayor demandante de estas agrupaciones musicales son precisamente los empresarios de las corralejas. Cada temporada, en pueblos grandes y pequeños, se contrataban cinco o seis bandas para tocar sin descanso durante cinco, seis o hasta diez días de celebración. Ese circuito de contratación era, en muchos casos, el sostén económico de cientos de músicos, jóvenes y veteranos, que encontraban en la música no solo un ingreso, sino una manera de mantener vivas las raíces de nuestra cultura.
Hoy, con la prohibición de las corralejas, surge una pregunta incómoda: ¿quién contratará a estas bandas? La respuesta, por ahora, es incierta. Lo claro es que el riesgo no es solo la pérdida de empleo para miles de familias, sino la desaparición de un patrimonio cultural inmaterial. Porque la papayera no es solo música: es identidad, es memoria colectiva, es el alma sonora de nuestras fiestas.
La Corte Constitucional recordó en su sentencia que no existen derechos absolutos, y que estos deben armonizarse entre sí. Esa misma lógica debería aplicarse en este debate. El derecho al respeto por los animales debe coexistir con el derecho al trabajo y, sobre todo, con el derecho de los pueblos a preservar su cultura. De lo contrario, lo que hoy se presenta como una conquista ética puede terminar siendo una mutilación social.
Si desaparecen las corralejas, también desaparece el escenario principal que durante décadas sostuvo a las bandas musicales del Caribe. Y con ello, se extingue lentamente un pedazo del folclor colombiano. Ese es un problema social que no podemos permitir que pase inadvertido.
La verdadera discusión no es si la fiesta brava debe desaparecer o transformarse. La discusión urgente es cómo vamos a proteger y proyectar, en un nuevo escenario, a las manifestaciones culturales y musicales que durante generaciones han dado identidad a nuestros pueblos. Porque un país que abandona sus raíces, termina perdiéndose a sí mismo.





