La creciente del río transformó las vías de la margen izquierda en corredores de evacuación. Desde temprano, familias completas abandonaron sus viviendas en los alrededores de Vallejo, Rancho Grande y El Níspero, cargando colchones, electrodomésticos, costales de ropa y jaulas con animales en motocarros, taxis, camiones y motocicletas. Cada trayecto reflejó la urgencia por resguardarse del agua.
El flujo de salida se intensificó durante el día. Vecinos organizaron mudanzas exprés y pidieron apoyo a parientes para retirar lo esencial. Nadie esperó instrucciones formales: la comunidad reaccionó al ver el nivel subir y decidió moverse de inmediato. Las escenas se repitieron cuadra a cuadra, con puertas abiertas y pertenencias apiladas en las aceras.
En medio del traslado, algunos habitantes dudaron en marcharse. Un hombre que vive a pocos metros del río explicó que la Policía le sugirió acudir a un albergue temporal, pero prefirió quedarse por temor a perder lo poco que ha conseguido con años de esfuerzo. La desconfianza por dejar la casa sola pesó más que la recomendación oficial.
El movimiento no se detiene. A cada hora salen más hogares con lo imprescindible. Montería vive una evacuación marcada por decisiones rápidas, ayuda mutua y el objetivo común de ponerse a salvo mientras el río sigue presionando el territorio.






