La casa de los baldes

Boris F. Zapata Romero
2 horas atrás

El próximo gobierno no heredará unas cuentas apretadas, sino una casa llena de baldes tratando de contener una gotera sin repararse. Me explicaré con un cuento corto.

En una misma calle, en esa en la que vive el lector, hay dos casas que se parecen por fuera (ambas tienen rejas pintadas, sala amplia y gente entrando y saliendo), pero por dentro son mundos distintos.

En la primera vive una familia que se acostumbró a resolverlo todo con llamadas de préstamo al usurero del barrio. Si había un jardinero para la mañana, se endeudaban para contratar uno para la tarde. Si faltaba plata para el mercado, llamaban. Si salía un modelo nuevo de carro, llamaban. Si había que pagar una deuda vieja, conseguían otra nueva. Cada apuro se resolvía con un préstamo, cada hueco con una promesa, cada mes con la ilusión de que el siguiente sería mejor.

Una tarde empezó a gotear el techo de la sala.

No era una tragedia. No se había caído la casa. No había tormenta que amenazara derrumbe. Apenas una gotera insistente, de esas que primero parecen menores y luego obligan a mover los muebles. La familia puso un balde. Cuando ese balde se llenó, puso otro. Después uno más grande. Y así siguieron, orgullosos de su ingenio, como si cambiar el tamaño del balde fuera lo mismo que arreglar el techo.

Al frente, en la segunda casa, también sintieron las primeras gotas. También hubo preocupación, cuentas apretadas y conversaciones incómodas. Pero allí hicieron algo menos “creativo” y más difícil, sentarse a revisar qué estaba pasando. Miraron ingresos, revisaron gastos, aplazaron compras y llamaron al maestro a tiempo. Durante unos meses vivieron con menos holgura, pero con la claridad que si la gotera no se corrige cuando empieza, más allá de algunos muebles, termina dañando vigas y columnas.

En la primera casa, en cambio, nadie quería hablar de vigas ¡Que jartera! Hablar de vigas y columnas era aceptar que no era solo la lluvia de esta semana, sino años enteros dejando correr el agua. Así que siguieron con los baldes. Para colmo, ya no bastaba con uno de plástico corriente, sino que empezaron a comprar baldes cada vez más caros. El agua seguía entrando, pero por un rato podían fingir que tenían la situación bajo control.

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Por su puesto que alguna vez el hijo mayor preguntó ¿No sale más barato reparar el techo? Pero el padre respondió casi molesto: Ahora no. Después vemos.

Ese “después”, fue que terminó creciendo la humedad en las paredes (y ese olor tan molesto a moho y desidia), de tal forma que el problema ya no era la gotera, sino el precio arreglar la casa. Cada vez una mayor parte de lo que entraba, prestado y no prestado, se iba en pagar el costo de haber aplazado las decisiones, o en otras palabras, de haber comprado tiempo, y del caro.

La otra casa, no vivía mejor porque tuviera más dinero. Vivía mejor, porque aceptó a tiempo que ordenar tiene un costo más allá del dinero, un dolor un esfuerzo. Allí nadie aplaudió los recortes. Nadie celebró tener que renunciar a ciertas comodidades. Es más, durante ese tiempo, uno que otro, en especial de los menores, protestó; pero al final entendieron que una familia responsable no puede comportarse siempre como si estuviera en emergencia. Que, si bien hay momentos excepcionales en los que endeudarse tiene sentido, es grave volver excepcional el desorden (y que feo dar ese ejemplo a los más pequeños).

Con el paso de los meses, la diferencia se volvió evidente. En la casa de los baldes, que olía a eso a lo que huele la humedad (que es como viejos susurros colados por las paredes, recordando que el tiempo también deja cicatrices, así las tapes con pintura), había discusiones en voz baja, cuentas escondidas en cajones y una sensación cada vez más pesada de que alguien más tendría que venir a resolver lo que ellos no quisieron enfrentar. En la otra, no sobraba nada, pero la lluvia ya no mandaba. El techo resistía. El agua corría por donde debía correr.

Aquellas dos casas, son la representación de dos maneras de administrar lo público. La primera, es la del gobierno que sin estar en una crisis económica que justifique su expansión, sigue gastando de manera inflexible, se endeuda más para cubrir faltantes, maquilla el problema con operaciones de crédito y le deja al siguiente la obligación política de hacer el ajuste serio. La segunda, es la del país que tendría que sentarse a hacer cuentas de verdad, reconocer que no todo se resuelve con más deuda y aceptar que el orden fiscal, aunque antipático, es la condición para no hipotecar el futuro.

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¿Adivinen en cual de esas casas estamos? Les dejo más pistas, pues lo que viene no es una simple estrechez de caja, es una herencia difícil, costosa y políticamente ingrata. El próximo gobierno no recibirá una casa limpia, sino una sala llena de baldes, un techo que sigue goteando y la presión de arreglarlo mientras todos miran.

En términos técnicos, el cuadro es delicado. Según análisis expertos (o sea de esos que no son de por sí, ni gobiernistas ni oposición) Colombia llegará al cambio de gobierno con un déficit fiscal superior al 5 % del PIB, luego de un cierre cercano a 6,4 % del PIB el año anterior, y con un balance primario deteriorado en más de 1 punto del PIB, señal clave de fragilidad fiscal. Para este 2026, el propio Gobierno estima un déficit que superará los $100 billones, apoyado en un recorte de gasto de cerca de 1,7 % del PIB, que son unos $25 billones, sin una ruta clara de ejecución. Además, elevó su expectativa de inflación a 5,8 %, frente al 3,2 % que antes proyectaba para 2026, en medio del impacto del aumento del salario mínimo de 23,7 %. A esto se suma un cupo de endeudamiento en TES por $152,25 billones y tasas de financiación que han estado por encima del 13 % e incluso cerca del 14 % a un año, cuando un nivel más normal rondaría el 10 %.

En ese contexto, el próximo gobierno probablemente tendrá que ejecutar un ajuste del orden de 2,5 % del PIB, combinando ingresos adicionales y, sobre todo, recorte del gasto. Dicho sin tecnicismos, la Casa Colombia que comienza nueva administración el 7 de agosto, no necesita más baldes, necesita reparar el techo.

Boris F. Zapata Romero

Consultor en Competitividad, Innovación y Desarrollo Económico