Por Giselle Navarro. Hablando entre amigas un día cualquiera surge una pregunta. ¿Se puede ser honesto sin ser íntegro?
Recuerdo la historia que ocasionó el interrogante… Estaba un individuo cancelando su cuenta en un hotel y la recepcionista le entrega dinero demás. El hombre se percata y devuelve el sobrante. La chica asombrada y agradecida quiere comunicar a su jefe y a todo el personal lo que ha hecho el señor, éste de forma inmediata se pone nervioso y de ninguna manera quiere que esto se haga público… Mmm
La razón… La mujer que lo acompaña no es su esposa. ¡Vaya! ¿Es un hombre honesto?… Sí
¿Íntegro?… Por supuesto que No.
Se genera confusión al definir los dos vocablos. En un mundo caído, en el que vivimos la falta de conocimiento a la verdad se ha llevado a la humanidad a la confusión en la que sobrevivimos.
Se supone que para estar y obrar bien es necesario tener claro que está mal.
¿Qué es la honestidad? Todo lo decoroso, decente, razonable y justo.
¿Qué es integridad? Retomar el camino de nuestra verdad, hacer lo correcto por las razones correctas del modo correcto.
¿Pero cuál verdad?
No es el hombre en su sabiduría quién la define, ni su corazón su guía. Escuchamos que mientras ni hagamos mal a los demás todo está bien. Esto es una gran mentira y es urgente que revisemos lo que nos está motivando a hacer lo que hacemos.
¿Existe una verdad relativa? No, pues dejaría de ser verdad.









