El reactor dormido

Boris Zapata Romero
16 minutos atrás

Colombia tiene un reactor nuclear desde 1965. Se llama IAN-R1, llegó bajo el programa “Átomos para la Paz” y durante años fue el símbolo del ingreso del país a la era nuclear. Hoy casi nadie lo recuerda. Pasó décadas subutilizado, volcado casi por completo a analizar muestras geológicas, y apenas en 2026 volvió a producir radioisótopos. Sesenta años con una capacidad científica instalada, y buena parte de ese tiempo lo pasamos, literalmente, mirando piedras, pudiendo también pensar en productividad agropecuaria.

Cuento esto porque ese reactor es la mejor metáfora que tenemos del gran problema que tenemos en Colombia, donde no sufre por falta de ciencia, sino por el poco valor que le saca a la que ya tiene.

Mientras los átomos de nuestro reactor dormían, Brasil hacía con esos mismos átomos. En São Paulo, el Instituto de Pesquisas Energéticas e Nucleares – IPEN, junto con Embrapa y el centro de energía nuclear de la Universidad de São Paulo, usa marcadores isotópicos para rastrear el origen de la soja que exporta y blindar la transparencia de sus cadenas agrícolas. El mismo instituto trabaja en convertir residuos agrícolas en combustible sustentable de aviación. Allá el átomo no está en un laboratorio esperando visita, está trazando exportaciones, abriendo mercados y agregando valor a lo que el campo ya produce.

Y aquí anoto algo clave, y es que nada de esto exige que Colombia construya algo nuevo. Las técnicas nucleares aplicadas al agro tienen más de cincuenta años de rodaje a través del centro conjunto de la FAO y el Organismo Internacional de Energía Atómica, del que Colombia ya es Estado miembro. Es decir, no es ciencia de frontera inalcanzable; es tecnología madura, disponible, que otros países de la región ya usan todos los días.

Los ejemplos son concretos. Ecuador erradicó la mosca de la fruta de zonas enteras de cultivo con la técnica del insecto estéril, un método que controla plagas sin saturar de químicos y que permite que una fruta entre los mercados más exigentes. Camerún triplicó su producción de leche y sumó cerca de 110 millones de dólares anuales al ingreso de sus ganaderos aplicando tecnología nuclear a la reproducción del hato. El mejoramiento por mutación inducida, que no hace más que acelerar un proceso que la naturaleza ya realiza, permite desarrollar variedades más tolerantes a la sequía y al estrés térmico, justo lo que un clima cada vez más hostil nos va a exigir. Y la trazabilidad isotópica certifica origen e inocuidad, que es la llave de los mercados que pagan mejor.

Léanlo de nuevo con ojos del país agropecuario que somos: control de plagas para exportar, más productividad ganadera, cultivos resistentes al clima, certificación para poder vender más caro. No es futurología, sino productividad; que es exactamente la deuda que el país no ha pagado en los últimos 20 años.

El Informe Nacional de Competitividad lo viene diciendo con letras en mayúsculas, hemos adquirido capacidades en ciencia y tecnología que no hemos traducido en productividad. El reactor dormido es la versión más literal de esa frase. Tenemos la instalación, tenemos talento formado, tenemos la cooperación internacional abierta, lo que no hemos tenido es la gerencia para conectar todo eso con el aparato productivo. La brecha más que de equipos y herramientas, es de decisión.

Aquí no es de inaugurar nada con corte de cinta. Es poner a trabajar la capacidad de nuestra institucionalidad con una agenda de productividad agropecuaria; y para el caso puntual, aprovechar en serio la membresía en la FAO y el OIEA para traer transferencia técnica, y gerenciar esa conexión entre la ciencia y el mercado con alguien que responda por resultados. De hecho, la señal ya está dada, una cámara de comercio del país, la de Montería, acaba de firmar un convenio con el propio IPEN para intercambios y capacitación técnica. Eso es entender la tesis del INC de “no nos falta esfuerzo, nos falta sofisticación”.

Brasil no es más rico en átomos que nosotros, lo que si es más serio en ponerse a producir. El residuo agrícola que allá se vuelve combustible, aquí se quema en el lote. La variedad resistente que siembran, aquí sigue inasequible para el pequeño productor. Y el reactor que compramos hace sesenta años pasó la mayor parte de su vida apagado para lo que de verdad importa.

Boris F. Zapata Romero