El fenómeno Bad Bunny: talento, algoritmos o marketing

Mario Sánchez Arteaga
31 minutos atrás

¿Nos representa como latinos?

A punto de recostarme en la cama a prender la TV para ver History Channel, que es mi canal preferido, llegaron mis hijos adolescentes (18 y 16 años de edad) con la euforia de que les cambiara el canal porque ya iba a comenzar el afamado Súper Bowl, donde Bad Bunny haría un show en el intermedio de la final de la Liga Nacional de Fútbol Americano, realizada continuamente desde 1967 el primer domingo de cada febrero.

De este evento solo dos veces había escuchado tanta expectativa, en 1993 cuando el artista invitado fue Michael Jackson, la que aún es considerada insuperable, y en 2020 cuando nuestra Shakira participó con Jennifer López. La presentación de 2026 estaba cargada de polémica debido a que, hasta el mismo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, había sugerido que el reguetonero no era digno a la altura del evento por los calificativos en contra de las políticas migratorias del mandatario estadounidense y que este es un evento netamente gringo.

Aclaro algo de antemano: no me gusta el reggaetón, nunca lo escucho, le he prohibido a mis hijos que pongan en casa canciones vulgares, mas no que escuchen esa música que hace parte de su época y es algo que no se les puede negar. Pero para escribir esta columna escuché dos veces el último álbum del artista en mención. “Debí tirar más fotos”. Y bueno, hay cosas por rescatar y otras innegociables. Soy músico empírico, melómano, defiendo las raíces culturales, pero que no se mezclen con toxinas.

Después de esa noche y la emblemática presentación del reguetonero puertorriqueño, se ha venido una avalancha de elogios y críticas a la presentación y el impacto de su música, más aún una pregunta que inundó las redes sociales… ¿Nos representa Bad Bunny como latinos? Que algo está muy claro, muy organizada y pensada la puesta en escena en el Súper Bowl, con un mensaje político, social y cultural. Un acto deslumbrante de la idiosincrasia de la isla y algunas costumbres del pueblo latinoamericano. Lastimosamente en un castellano pobre. Pero visualmente el mensaje fue claro. No ha sido la mejor presentación, por supuesto, no ha sido la más vista según reportes que van más allá de la veracidad, pero sin duda fue un gran espectáculo y de alto significado para las Américas. 

Accedí a ver el espectáculo cuando mi esposa me hizo señas que los complaciera y vi en esto un momento familiar para también compartir sus gustos. De dos pasamos a estar cinco en la cama. Me impresionó cómo mi hija menor de 8 años repetía y repetía las letras (qué daño tan grande le hacen sus hermanos cuando colocan esa música en mi ausencia).  Y repito, fue un gran espectáculo visual con fuerte contenido identitario.

El reggaetón tiene un ritmo pegajoso, de gozadera, un ritmo que se elabora en un estudio, con consolas y efectos. Cero instrumentos, hablo de la base, Ahora, hay varios intérpretes de este género que se han esmerado en fusionar con otros ritmos y mejorar la narrativa escrita. Me enfoqué en el último álbum: Debí Tirar Más Fotos, donde fusiona géneros tradicionales puertorriqueños como salsa, plena y jíbaro con reggaetón, trap, dembow y pop contemporáneo, honrando sus raíces culturales. Trata de contar pasajes (no historias) que recorren la identidad y la memoria, el orgullo cultural y a la vez el anhelo, la libertad. Esta narrativa lo conecta tanto a las nuevas generaciones, que lo tienen como un dios, y las viejas con los estereotipos de la cultura local de Puerto Rico.

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La mezcla de lo tradicional con lo contemporáneo, de lo vernáculo con lo urbano, le dio un plus que aquellos seguidores que tenía, los fidelizó, los volvió discípulos y aquellos como yo, que lo miraban con desdén, ahora andan diciendo: Este man verdaderamente nos representa. Aclaro, yo no he caído y soy de los que piensan que Bad Bunny no me representa como latino.

Denigrar la integralidad de la mujer con letras ofensivas, promulgar el libre sexo, la infidelidad e invitar con letras asquerosas a que la juventud vea con normalidad y viva un Sodoma y Gomorra, no debe representar a nadie. El público que más le escucha son jóvenes y los niños-adolescentes que repiten y repiten el denigrante mensaje bajo una cortina de un ritmo pegajoso. Eso no nos representa. O por lo menos a mí no.

Aunque las intenciones del conejo borinqueño sean buenas y esté logrando posicionar a su tierra natal en la esfera global como antes nadie lo ha hecho, hay algo claro: no se puede mezclar cultura con veneno. No se puede hablar de amor y vender un mensaje familiar audiovisual, cuando las letras incitan al alcohol, empeparse de drogas y sexo sin control. Todo esto disfrazado en un ambiente identitario en donde el patrimonio vernáculo viste lo obsceno. Repito, no se puede mezclar cultura con veneno. La diferencia entre las abejas y las moscas es simple: la miel siempre será miel y la mierda siempre será mierda.

Todos sabemos que no canta bien; sin el autotune no es nada. Corrigiendo los tonos y afinaciones, sus letras no tienen narrativa ordenada y estéticamente construida, son vacías y no conllevan a nada, a nada bueno. Vulgaridad con ritmo. Balbucea, no termina las frases y hace gemidos en medio de una voz que parece fingida. No es físicamente el más agraciado, pero tiene claro qué quieren consumir los jóvenes. Expresa memoria emocional y gozadera en la fusión de ritmos donde predomina el reggaetón. Lo veo más como un producto que se ha sabido vender o lo han sabido vender. En medio de todo, no olvida sus raíces y, siendo fiel a ellas, aprovecha su fama para mostrarlas.

Puerto Rico ha tenido grandes figuras de la música con proyección mundial, como el caso de Héctor Lavoe, Chayanne, El Gran Combo, Marc Anthony, Gilberto Santa Rosa, Luis Fonsi, Ricky Martin, Ivy Queen, Residente, Daddy Yankee, pero lo cierto es que ninguno ha vendido y puesto de moda su país, como él lo ha efectuado con 31 conciertos en la pequeña isla antillana. Ha dinamizado la economía y el turismo florece.

Decir que Bad Bunny es el artista hispano más grande de todos los tiempos es exagerado; como hablamos de grandeza, se tienen en cuenta muchos aspectos y no solo se mide por ventas o premios. Si miramos como artista integral, no quedaría ni en los 20 primeros. Hoy la industria y el marketing digital todo lo miden según lo que esté en la nube, en la red, en las plataformas, mas no por el talento. Habría de recordar a otros artistas hispanos que internacionalmente han sobresalido enormemente, como Julio Iglesias con más de 300 millones de copias físicas vendidas en varios idiomas, o el caso de Luis Fonsi, quealcanzó un récord Guinnesshistórico con “Despacito”, la canción más reproducida del mundo en plataformas digitales.

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Hace diez años, Benito Antonio Martínez Ocasio era empacador en un supermercado, su padre conductor de camión y su madre profesora de inglés. Llevaba la música, las ganas, el ímpetu y la fe en lo más profundo de su desafiante personalidad. Insistió e insistió, tercamente; a pesar de los reproches, desalientos y desaires, él siguió, grabando artesanalmente, montaba las canciones en SoundCloud hasta que se le abrieron las puertas y ahí se propuso mentalmente a avanzar y avanzar. Hoy, a la corta edad de 31 años, nos guste o no a muchos, es el artista musical más escuchado en la actualidad. Ya no es Benito, se conoce como Bad Bunny, el conejo malo, como popularmente le dicen. Tiene 6 premios Grammy, 17 Latin Grammys, 16 Billboard Music Awards y 54 Billboard Latin Music Awards. Ha vendido más de 100 millones de copias a nivel global (incluyendo físico, streaming y digital).

Pero hay algo de lo que Benito desborda en su personalidad y estilo: tiene identidad, cree en sí mismo, es auténtico, sabe de las burlas a su estilo, pero en medio de su imperfección artística ha demostrado que esto no solo es con talento. Talento tienen muchos y mueren de viejos cantando en cantinas. Benito hace parte de una industria de consumo que nos obliga a consumir productos pasajeros, que llevan miles de likes y el algoritmo mediático y las métricas facturan, venden, pero es una música que no trasciende, que no será recordada en 10 o 20 años; es efímera y superflua. Ya lo dijo hace unos años José Saramago: llegará el día en que la estupidez será adorada y la inteligencia despreciada. Lo de Benito es un premio a la incultura.

Bob Marley, Freddie Mercury, Jimi Hendrix, Queen y Led Zeppelin hicieron historia, trascendieron, dejaron legados y nunca ganaron un Grammy. Aún están vigentes y se sigue consumiendo su música, ni qué decir de Michael Jackson y Elvis Presley, a quienes se les atribuye haber vendido más de 500 millones de copias. Ambos son leyenda y han trascendido en el fluir del tiempo como genios e ídolos musicales, lo que no creo que haga la actual generación con Bad Bunny dentro de unos 20 años; bueno, pongámosle 10.

El arte ayuda a formar y Benito, aunque llene estadios, su música, en mi opinión, es mala, ruidosa; aunque venda comercialmente, las generaciones que le escuchan no retienen nada, pero absolutamente nada positivo; por el contrario, es decadentemente cultural. Podrá dejar muchas huellas en lo social, político y turístico para su país, pero para el arte y a la música, no deja nada que se vaya a la caneca mediática.

Benito Martínez Ocasio es un fenómeno como marca, su estilo tiene más adeptos que contrarios, llena estadios, su música se vende como pan caliente, factura miles de millones. Esto no quiere decir que sea bueno; todo lo que brilla no es oro. Aún está joven y nos podrá sorprender mejorando artísticamente con letras decentes y una técnica vocal con la que se le entienda lo que dice, que haga honor a nuestro castellano. Hasta ahora, a mí no me representa como latino. (Estoy preparado para el linchamiento).

Buen viento, buena mar.