El cartón no basta

Boris Zapata Romero
4 horas atrás

El siglo XX, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, consolidó la promesa social sobre que estudiar era el camino más seguro hacia la estabilidad. La expansión de la educación pública, el crecimiento industrial, el auge de las clases medias y un mercado laboral que todavía premiaba con cierta previsibilidad los títulos y las trayectorias lineales, ayudaron a instalar la idea casi sagrada de “estudie, gradúese, y el futuro se le ordena solo”.

Tenía sentido, porque la educación sí ofreció una prima económica visible y relativamente estable. El Banco Mundial ha encontrado que cada año adicional de escolaridad aumenta en promedio cerca de 9% los ingresos y que ese retorno se ha mantenido notablemente estable en el tiempo.

El problema es que el mundo cambia más rápido de lo que lo hacen los consejos de padres a hijos (y de los abuelos, como en mi caso), y los criterios dominantes de movilidad social por lo tanto también se hacen viejos.

En lo económico, esa promesa perdió fuerza porque el mercado laboral dejó de crecer con la misma capacidad para absorber trayectorias largas y lineales. En América Latina el cuello de botella no está solo en la formación, sino en la calidad del empleo que produce la economía.

En Colombia, el DANE reportó en enero de 2026 que la desocupación juvenil fue de 15,3%, bastante por encima de la tasa nacional, pero la OCDE encontró un dato aún más preocupante, y es que entre los 25 a 34 años, 11 personas con educación universitaria estaban desempleadas, frente a 12 de cada 100 que solo eran bachilleres. La diferencia de menos de un punto nos dice que el salto educativo, ya no garantiza una reducción contundente del riesgo laboral.

Y ojo, la OIT advierte que 33% de la juventud mundial vive en países que van rezagados en la meta de reducir la población que no estudia ni trabaja, mostrando que en una parte muy grande del mundo el paso de la educación al trabajo no está funcionando bien. Si más educación automáticamente trajera más oportunidades, lo esperable sería ver menos jóvenes atrapados en esa zona muerta entre estudio y empleo.

Ese dato importa porque habla tanto de desempleo, como de desconexión. La población que llamamos con Colombia “ninis”, NEET en el resto del mundo (Not in education, employment or training), agrupa a los jóvenes que no trabajan, pero tampoco estudian ni se están formando. Si uno de cada tres jóvenes del mundo vive en países rezagados en reducir esa condición, está fallando la capacidad de la educación en traducirse en oportunidades reales.

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En lo social, la soñada trayectoria lineal también perdió fuerza porque la adultez dejó de estar organizada alrededor de hitos predecibles. Antes, estudiar, conseguir empleo, independizarse, formar hogar y comprar vivienda eran pasos que, con diferencias entre países, guardaban una cierta secuencia. Hoy esa secuencia se volvió más incierta y costosa, y por lo tanto la transición a la vida adulta se está postergando.

En Colombia esa transición ocurre sobre una estructura social más frágil, cuando de cada 100 hogares, solo 39 habitan vivienda propia según la Encuesta de Calidad de Vida del DANE (2024). De hecho, en los países de la OCDE (que se supone son los de mejores en manejos económicos), 1 de cada 2 jóvenes de 20 a 29 años vivía con sus padres en 2022, y la propia organización vincula ese fenómeno con mayores dificultades para lograr independencia económica y entrar al mercado de la vivienda. Es decir, incluso cuando hay más educación, la autonomía material llega más tarde, cuesta más y se construye sobre hogares más tensionados.

En lo generacional, la ruta lineal perdió legitimidad porque los pelaos de ahora ya no evalúan el futuro solo en términos de título y salario, sino también de sentido, salud mental y capacidad real de sostener una vida digna.

Revisemos la encuesta 2025 de Deloitte a más de 23.000 jóvenes de 44 países. Solo 6% de la Generación Z dice que su meta principal es llegar a cargos de liderazgo, de cada 100, 48 de ellos afirma que se sienten financieramente inseguros. Al mismo tiempo, 74% cree que la inteligencia artificial generativa impactará su trabajo en el próximo año, y 89 de cada 100 considera que el sentido de “propósito” es importante para su satisfacción laboral y bienestar.

¿Saben que significa eso?, que la nueva generación no está rechazando el esfuerzo que nos inculcaron, está reaccionando a un mundo en el que el mérito ya no garantiza estabilidad.

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En América Latina, ese cambio generacional además ocurre bajo más presión emocional y menos certidumbre estructural, y Colombia no es ajena a eso. La CEPAL advierte que, incluso antes de la pandemia, la prevalencia de trastornos mentales entre niños, niñas y adolescentes ya alcanzaba 15% en la región, por encima del 13% mundial, y que el suicidio era la tercera causa de muerte en ese grupo. En Colombia, el Ministerio de Salud reportó que entre 2019 y 2023 se registraron 151.158 intentos de suicidio, y que los adolescentes y jóvenes entre 15 y 26 años concentraron el 51,5 de cada 100 casos. Por eso el quiebre generacional no es un problema de actitud como lo quieren hacer ver en memes, es la expresión de una generación que crece viendo la devaluación de los cartones, y una ansiedad social exacerbada por las redes sociales, o sea, más incertidumbre y menos garantías.

El estudio y los cartones que lo certifican siguen valiendo, pero paremos de seguir diciéndole a una generación que con estudiar basta, cuando la evidencia muestra que ya no es suficiente.

Lo responsable, es entender que la movilidad social no puede seguir descansando únicamente sobre los hombros individuales, y eso exige políticas públicas inteligentes, una academia más en el presente, empresas comprometidas con la formación y una sociedad que debe tener una conversación pública menos moralista y más útil sobre lo que significa construir futuro hoy.

A quienes ligeramente dicen que tenemos una generación ¨bajita de sal¨, les digo que a los jóvenes no les falla el esfuerzo, les falla el entorno. Les pedimos títulos en economías que no crean suficiente empleo, les exigimos estabilidad en sociedades cada vez más costosas e inciertas, y además les reclamamos tranquilidad en medio de una presión emocional inédita. Por eso la salida no puede ser nostálgica. No se trata de ver como volver a hacer efectivo el viejo libreto, sino de escribir uno nuevo donde estudiar siga siendo fundamental, pero acompañado de fortalecer la educación con metodologías STEAM, el desarrollo de habilidades pertinentes, bienestar emocional, redes de apoyo, experiencia práctica y un mercado laboral capaz de reconocer el mérito.

Boris F. Zapata Romero

Consultor en Competitividad, Innovación y Desarrollo Económico