(Historias de cuaresma)
El sacristán de la catedral, con un saco en las manos, se desplazó al supermercado más cercano el mediodía del Domingo de Ramos, compró pescados frescos, arroces, frijoles, verduras, plátanos, ñames, frutas, panelas y otros alimentos, olvidando haberse quitado la sotana que le daba la investidura solemne como mano derecha del párroco. Manchas de mangos, papayas y mamones se habían incrustado en el tejido del ropaje blancuzco que olvidó quitarse en la rapidez para cumplir un mandado de la blanca más blanca de los blancos de la aristocracia criolla, doña María Dominga Castro, quien le encomendó la compra de los ingredientes para la comida típica de Semana Santa.
El compromiso era llevar antes de dos de la tarde la compra de los alimentos, hora que no pudo cumplir por distraerse en habladurías con vendedores ambulantes que echaban chistes con la vestimenta del sacristán en plena lujuria de sol mientras se tomaba un raspao de kola con leche con el vuelto que le había quedado de la afanada compra.
María Dominga era la legionaria más ferviente y piadosa de la catedral, líder del voluntariado de damas blancas y una de las mayores contribuyentes del diezmo mensual. La posición social que ostentaba facilitaba conseguir constantes ayudas para realizar obras benéficas a los menos favorecidos de zonas marginales. Mujer de misa diaria y confesión semanal.
Desde el Lunes Santo iniciaron los preparativos culinarios en la familia Castro, donde se aglomerarían abuelos, hijos, nietos y primos a degustar de la sazón local orientada por la matrona de la casa, que desde el inicio de la semana embriagaba a todo el vecindario del centro con los olores acezantes emanados de su cocina colonial. Las empleadas trabajaban aceleradamente, dejando a la perfección los platos dulces y salados.
El Jueves Santo inició con la Misa Crismal a las 9:00 a.m., donde el clero en pleno se reúne en celebración presidida por el obispo de la diócesis. Desfilan en procesión desde la curia hasta llegar a la catedral: se bendice el Santo Crisma (mezcla de aceite y bálsamo usada en bautismos, confirmaciones y ordenaciones) y bendice el óleo de los catecúmenos (bautismo) y el óleo de los enfermos (unción de enfermos). Es una celebración donde predominan las vestiduras blancas, una muestra de comunión entre el máximo jerarca católico de la región con sus sacerdotes.
A la entrada de la catedral, mientras pasaba el obispo, Felo, un mendigo que permanecía en el templo pidiendo limosnas, bastante maloliente y espelucado por el vaivén de la miseria que lo menoscababa desde niño, se lanzó de rodillas ante monseñor gritando con voz fuerte: —He visto ángeles y querubines aquí en el templo. Acompañan esta corte celestial desde el primer al último cura. Monseñor, aquí están los ángeles y mire cómo lo rodean.
El obispo se asombró de la seguridad y coherencia con la que hablaba aquel mendigo, pero inmediatamente el padre Meza, párroco de la catedral, hizo un gesto desacreditando a Felo y le dijo a monseñor: —Eso lo dice a cada rato. Es habitual su incoherencia—mientras en el fondo el eco coral de la Rondalla de los Romero amenizaba el evento litúrgico.
María Dominga había entrado desde el miércoles por la noche en ayuno cuaresmal; la abstinencia de cualquier alimento (solo agua) llegaría hasta el Domingo de Resurrección, como sacrificio al Señor. Ese jueves, aparte de la familia, varios sacerdotes fueron invitados a la grandiosa comida en casa de los Castro: Fricachés de moncholos ahumados, revoltillos de bagre, sopa de palmitos, mote de queso, arroz de frijolito cabeza negra, hicotea guisada en sumo de coco, ensalada de payasito, chicha de maíz, chicha de corozo y dulces de frutas harían parte del exótico y fastuoso banquete semanasantero.
Monseñor increpa nuevamente al padre Meza y le pregunta por el mendigo que ve ángeles y querubines. El presbítero volvió a menospreciar a Felo, dejándole entrever con cierto desdén que era un habitante de calle desjuiciado.
Felo se llevaba unas suculentas jueteras de hambre que muchas veces fueron aminoradas por las trabajadoras domiciliadas de las blancas del centro. No se quitaba nunca una camándula bendecida por el papa Juan Pablo II que le traería María Dominga cuando estuvo de visita por el Vaticano. En ese entonces tendría más de cinco días sin bocado alguno.
Después de dos extenuantes jornadas de trabajo parroquial el Jueves y Viernes Santo, la matrona de los Castro, llevando tres días en ayunas a sus 77 años, llegó el Sábado de Gloria primaveralmente perfumada, vestida en un olan negro, velo gris que le cubría el rostro, a orar al templo.
De rodillas ante el Santísimo, en presencia de varios piadosos como ella, María Dominga miró hacia la banca de atrás y dijo muy discretamente: —Ven los ángeles que nos rodean, aquí están entre nosotros-
En ese momento intentó pararse y cayó estrepitosamente en el costado de una compañera, golpeándose la cabeza. Lucía fría, desorientada, pálida, con los labios desérticos de la resequedad, y sin fuerzas para sostenerse en pie. Llamaron a la ambulancia y, mientras era subida al vehículo para ser llevada a un centro médico, exclamó ante la mirada atónita del párroco: —He visto los ángeles, aquí están entre nosotros, padre.
Varios curiosos se acercaron a ver lo que había pasado. Felo, el mendigo le dijo al cura: —¿Se fija, padre, que no soy el único que ha visto los ángeles? Aunque cuando como, se esconden, no se dejan ver.
El padre Meza, conmovido, lo invitó ese sábado a almorzar: —Te espero en la casa cural para degustar el almuerzo que me enviaron de la familia Castro, a ver si con esa llenura dejas de ver ángeles y querubines por un largo tiempo.
La Popó, otra habitante de calle y permanente visitante de la catedral, ya había dicho en otras ocasiones que los ángeles no se dejaban ver, pero a ella la cuidaban; ella los sentía, expresaba con la jocosidad volcánica que la caracterizaba. Se burlaba de las visiones angelicales que Felo profetizaba en los efectos alucinantes del hambre.
A la Popó le tocó conformarse con un dulce de ñame y cuatro galletas de soda rociadas de mongo mongo que le mandó el párroco mientras ella hacía una siesta cuaresmal acomodada en una de las bancas del Parque Simón Bolívar debajo de un arbusto de mango que amortiguaba el chorro canicular. Me quedo más con su tesis: Ellos, los ángeles, están ahí todo el tiempo, vigilantes, tejiendo puentes y luchando cada combate de nuestros días con el mal, y no son producto de visiones que la mente dibuja cuando le falta el bitute al estómago.
María Dominga, por el añejo de su edad colosal, le prohibieron hacer ayunos en bien de su salud, aunque murió años después, pasados los ochenta, con el anhelo de volver a ver esos ángeles que un Sábado de Gloria la estrepitaron en una de las bancas de la catedral.
¡Buen viento, buena mar!
Posdata 1: Córdoba, un destino turístico religioso para la Semana Mayor en Ciénaga de Oro. Comidas típicas, familia, amigos, juegos tradicionales, ambiente de paz.
Posdata 2: Abierta la convocatoria para el Portafolio de Estímulos de Cultura de la Alcaldía de Montería. Aumentó el espectro en dinero y posibilidades para artistas y gestores culturales. Kerguelén de jonrón en jonrón siempre con las bases llenas.






