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“Ser Madre Comunitaria es el mejor proyecto de vida”

Montería. Pese a las dificultades del entorno en su natal Montería, Mary nació y creció rodeada de afecto y buenos ejemplos. Hoy sabe muy bien que en una sociedad en la que se vulneran los derechos de los niños y las niñas, es fundamental encontrar...

El amor por los niños y un sentido de la solidaridad prácticamente innato, llevó a Mary Vega a convertirse en Madre Comunitaria desde los 18 años.

Montería. Pese a las dificultades del entorno en su natal Montería, Mary nació y creció rodeada de afecto y buenos ejemplos. Hoy sabe muy bien que en una sociedad en la que se vulneran los derechos de los niños y las niñas, es fundamental encontrar personas que diariamente dedican su vida a brindarles el amor, el cariño y toda la dedicación que estos pequeños necesitan.

La historia de Mary Vega se empezó a escribir el 12 de agosto de 1987, cuando una inquieta jovencita de 18 años de edad le dijo a su mamá que quería ser Madre Comunitaria. Con su liderazgo, su inmensa paciencia y el gran afecto que siente por los niños, pronto entendió que su misión estaba en esa labor, que para entonces era un acto voluntario de servicio a la comunidad.

Alegre y muy activa, Mary comenzó a cumplir su rol social en el barrio Santander, de Montería, donde vivió y cuidó a los niños durante 10 años. Movida por su referente de progreso y sin ahorrar esfuerzos ni sacrificios para avanzar en su proyecto de vida, se trasladó luego al barrio Las Palmas, en la margen izquierda del río Sinú, donde adquirió una vivienda y continuó con su misión por la Primera Infancia.

Mary está orgullosa de su trabajo. Ama a sus tres hijos y está segura de que servirle a la comunidad es el mejor proyecto de vida y lo que un ser humano puede hacer si realmente quiere contribuir a la construcción del tejido social.

“Ser Madre Comunitaria es aportar ese granito de arena a las familias de este barrio”, sostiene Mary. “Son los niños quienes más necesitan nuestro apoyo y todo el amor; hay que cuidarlos, porque muchas mamás trabajan y dejan sus pequeños en nuestras manos; por eso me enorgullece mi labor y me preparo todos los días para ser mejor”.

Paso a paso

Con el transcurrir del tiempo, Mary inició formalmente su actividad en el programa Hogares Comunitarios de Bienestar Familiar, con una bonificación de $12.000 pesos mensuales que le ayudaron a educar a sus tres hijos, quienes son su mayor orgullo.

Consciente de la necesidad de fortalecer sus conocimientos para prestar un mejor servicio a los niños y las niñas de su Hogar Comunitario, esta mujer decidió capacitarse como Técnica en Primera Infancia, haciendo uso de los beneficios que un convenio entre el ICBF y el SENA le permitían.

Fueron largas horas de esfuerzo para cumplir con los deberes académicos y convertirse en tecnóloga con gran habilidad, sin eludir una sola de sus responsabilidades en el Hogar Comunitario.

Todo este proceso contribuyó a mejorar su vida, pues con la cualificación de sus habilidades, pasó de recibir una bonificación de $256.000 a un salario de $756.000, en el marco de la Política de Atención con Calidad a la Primera Infancia, liderada por el Gobierno Nacional a través de la estrategia De Cero a Siempre.

Ser una de las miles de Madres Comunitarias que se han convertido en agentes educativas de la Estrategia, ratificó su pertenencia a esta iniciativa que le ha permitido al Gobierno Nacional lograr mayores coberturas y mejores estándares de calidad en la atención integral que brinda a los niños y niñas de la Primera Infancia, una etapa crucial en la que se definen las capacidades físicas y psicológicas, al igual que la formación en valores éticos y morales.

Los frutos de la persistencia

Esta Madre Comunitaria se siente hoy más importante que en el pasado. Hoy, en el Centro de Desarrollo Infantil (CDI) Las Palmas, tienen 20 niños a su cargo, a quienes cuida y atiende con el mismo amor con el que inició su labor hace más de dos décadas.

“Soy una madre feliz y me siento realizada porque sigo trabajando con niños y formándolos para que sus sueños se hagan realidad”, dice Mary, una mujer optimista que confía plenamente en que las cosas van a mejorar para muchas familias que hoy atraviesan dificultades para el acceso a la educación o a servicios que son vitales para las personas.

Tiene numerosos amigos y gente que la admira por su misión. Pero lo que más la gratifica hoy es encontrarse con un joven que hoy tiene 20 años y quien fue uno de sus “muchachitos” preferidos en el Hogar Comunitario.

“¡Hola, Seño, todavía en lo mismo!”, le dice el joven. Y ella le responde con rotundo “sí” que acompaña con un abrazo y una amplia sonrisa.

El mensaje de Mary Vega es ejemplar: “Si volviera a nacer, sería Madre Comunitaria otra vez. Atender a los niños es una satisfacción que no tiene precio y ellos son lo máximo. Nada reemplaza este trabajo tan bonito que uno hace”.



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