Despedida final o hasta pronto

Mario Sánchez Arteaga
2 meses atrás

Los Criónicos

Antes de dar el primer sorbo de la sopa de pata de gallo para despedir el año, Alonso Peralta colocó la cuchara a un costado del plato hondo de porcelana que sostenía la bebida caliente y pensó en donar su cerebro o congelarlo con la posibilidad de que algún día la ciencia le diera vida en otro cuerpo. Faltaban pocas horas para culminar un año caótico de salud y presagiaba en el discernimiento recóndito de anciano experimentado que el próximo diciembre no estaría presente para tomarse la tradicional sopa que su mujer le preparaba cada 365 días.

Tomó lentamente la cuchara y se llevó a su garganta el primer sorbo como si fuera el último. Lo digirió con cautela, disfrutando el cenit sazonado, a la vez agitando sus pensamientos a la resistencia y negación a dejar de existir y esfumarse para siempre. Quería un chao o hasta luego y no extinguirse en el fragor de la eternidad. Alonso quería volver al paraíso terrenal, volver a ser cuerpo y carne apolillado por los placeres pecaminosos. Quería ser materia y no alma.

Entonces, sabiendo que a sus 89 años una enfermedad terminal avasallaba sus días, tomó la decisión, con documento firmado y atestiguado por familiares, de entregar su cerebro al momento del deceso a una organización científica para conservar el órgano en un frasco a temperaturas extremas.

Las sopas de patas de gallo eran una costumbre de tomarlas el último día del año, como amuleto de buena suerte y sinónimo de vitalidad. Alonso pertenecía a una generación longeva de personas para las que vivir cien años era poco. Había visto enterrar a sus grandes amigos y le carcomía la mente de dormirse y quedar solo en el recuerdo de unos cuantos.

Al terminar el último sorbo, despresó las patas de gallo y las masticó por varios minutos, cual jugador de béisbol con goma de mascar y aliviar el estrés. Una a una la masticaba, como si entre más las hiciera migajas entre sus muelas calzadas, se frenara la caducidad de cada respiro.

A los pocos meses, en los primeros aguaceros del mes de mayo, el cuerpo del anciano Peralta fue enterrado en un panteón. Solo que aquel viejo díscolo y obsceno logró sepultarse incompleto y mandar a la suerte de la ciencia y los avances científicos su cerebro. Tenía la plena convicción de que en algún momento podría seguir viviendo en otro cuerpo o materia física que el hombre avanzado lograse obtener en los recovecos investigativos. No quería una despedida final, quería un hasta pronto.

Han pasado más de 40 años y los atisbos de Alonso Peralta no son descabellados del todo.

Más de trescientas personas en el mundo han optado ya por una elección tan poética como radical: parar el tiempo. Mientras que algunos han depositado su confianza en la criónica para conservar todo su cuerpo, otros solo lo hacen con lo que consideran el centro de su identidad: el cerebro. El costo puede llegar a los doscientos mil dólares, basados en la esperanza. La convicción profunda de que, en algún futuro distante, la ciencia encontrará la manera de despertar nuevamente a la conciencia adormecida y abrir los ojos que permanecen cerrados en la actualidad.

La criónica es la práctica de preservar el cuerpo humano o solo el cerebro a temperaturas muy bajas después de la muerte legal, con la esperanza de que las futuras innovaciones científicas puedan devolverles la vida y curar las enfermedades que causaron su fallecimiento. Para esto, se utiliza un proceso conocido como vitrificación, que reemplaza la sangre por materiales anticongelantes y hace posible almacenar a –196 °C en nitrógeno líquido.

Pese a que este procedimiento ha ido desarrollándose paulatinamente desde los años sesenta, hasta ahora no se ha demostrado que los seres humanos criopreservados puedan ser reanimados. Por lo tanto, la criónica continúa siendo una estrategia fundamentada en la expectativa de progresos científicos todavía no logrados.

Ese despertar no es factible por el momento. No hay pruebas, ni garantías, ni certezas. La criónica es una apuesta lanzada al futuro desde el presente, que se apoya en instituciones como Alcor Life Extension Foundation y el Cryonics Institute, en particular en los Estados Unidos. Para muchos, es un modo de resistir la extinción; para algunos, un acto de demencia extrema; para otros, una fe contemporánea o hasta una práctica que puede terminar en religión.

Para la criónica: no están vivos ni muertos, esperan. Y en esa espera se manifiesta una verdad ancestral: el hombre siempre le ha tenido miedo a la muerte, y cuando la ciencia no llega, encuentra consuelo en algo más grande que él mismo, a pesar de saber que no hay pruebas de que los que duermen en hielo tengan alguna posibilidad de volver. En otras palabras, los criónicos guardan los cuerpos y cerebros a temperaturas extremadamente frías en tanques de nitrógeno líquido, esperando un despertar.

Los cristianos consideran que esta práctica va en contra de los designios divinos; otros lo ven como desafiar la naturaleza humana, mientras que varios se aferran a que es una posibilidad no muy lejana. Hace doscientos años era impensable un trasplante de corazón u otro órgano de personas ajenas a nosotros y con ese órgano extraño se salvaran muchas vidas. Hoy eso es posible con el avance médico y científico.

Alonso no quería un viaje al futuro en la máquina del tiempo, no, quería un nuevo despertar, otro sorbo de vida en cualquier instante de la existencia humana. Todos esos Alonsos Criónicos, pertenecen a una élite que puede darse el lujo de pagar, según las organizaciones ya citadas, unos 200 mil dólares. Como quien dice, hasta para eternizarse o resucitar hay que tener los chelines

¿Será que en algún momento Alonso Peralta revivirá con su cerebro en otro cuerpo y volverá a tomarse una sopa de patas de gallo un 31 de diciembre? Solo el tiempo nos dará la respuesta y me aferro a la frase de Arthur Schopenhauer: Nada permanece en esta efímera vida; todo se diluye en el torrente del tiempo.

No sé si alguno esté pensando en invertir el bono pensional, cesantías y demás en una cápsula de nitrógeno cuando muera; por lo menos yo no… Hasta donde llovió hubo barro, dijo mi abuela.

Buen viento, buena mar

Posdata: Feliz año nuevo para todos. La felicidad y el éxito nos arropen con buena salud en el 2026. De la mano de Dios… …siempre con él.