Del empresario que construía al “nuevo rico” del atajo

Raúl Antonio Aldana Otero .
44 minutos atrás

Hubo una época en la que la riqueza, en nuestra región, tenía una historia detrás. No era inmediata ni improvisada. Era el resultado de años —muchas veces décadas— de trabajo constante, de riesgo asumido, de disciplina y visión. Los grandes empresarios de antes no aparecían de la noche a la mañana: levantaban negocios desde abajo, consolidaban empresas, generaban empleo y, en ese proceso, construían fortuna.

Esa generación entendía algo fundamental: que la riqueza sostenible nace de crear valor. Podían equivocarse, podían tener privilegios o ventajas, pero había un hilo conductor claro entre esfuerzo, producción y resultado.

Hoy, en cambio, asistimos a un cambio preocupante en la forma de enriquecerse. Han surgido los “nuevos ricos” del atajo. Ya no son necesariamente empresarios ni innovadores. Su fortuna no proviene de construir, sino de capturar. No levantan empresas: capturan contratos. No generan valor: extraen rentas.

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El Estado se convirtió en botín. Las obras públicas, en oportunidades para el desfalco. Se adjudican contratos que no se ejecutan, o se ejecutan a medias, con sobrecostos escandalosos y resultados deficientes. La lógica no es servir, sino aprovechar; no es construir, sino saquear.

Paralelamente, crece la legitimación social de economías ilegales como el narcotráfico, vistas por algunos como un camino rápido hacia el éxito. Se impone la idea de que el fin —enriquecerse— justifica cualquier medio. Así, el mérito pierde valor frente a la astucia corrupta, y el esfuerzo queda relegado frente a la trampa.

La diferencia entre aquellos emprendedores y estos nuevos actores no es solo económica, es profundamente ética. Antes, la riqueza estaba ligada —en mayor o menor medida— a la creación de empleo, al desarrollo productivo, al crecimiento real. Hoy, en muchos casos, está asociada a la apropiación indebida de recursos públicos o a actividades abiertamente ilegales.

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Esto tiene consecuencias graves. No solo se pierden recursos, se destruye la confianza. Se envía un mensaje devastador a las nuevas generaciones: que trabajar no vale la pena, que el camino largo es para ingenuos y que el éxito verdadero está en saber aprovechar el sistema o violarlo.

No se trata de romantizar el pasado ni de negar que antes también existían prácticas cuestionables. Pero sí de reconocer que el eje se ha desplazado peligrosamente. Cuando la sociedad deja de admirar al que construye y empieza a admirar al que se aprovecha, algo esencial se rompe.

Recuperar la ética del trabajo, del emprendimiento genuino y de la legalidad no es un discurso moralista: es una necesidad urgente. Porque sin creación de valor no hay desarrollo posible, y sin integridad no hay futuro sostenible.

La riqueza fácil puede impresionar en el corto plazo, pero solo la riqueza construida perdura. Y esa es la diferencia que hoy estamos olvidando.

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