En Colombia asistimos, cada ciclo electoral, a la misma representación: una multitud de nombres que se postulan como si la Presidencia fuera un premio de feria. La escena es repetida, casi predecible: los anuncios se multiplican, los afiches inundan las calles, los discursos se encienden. Pero bajo ese ruido no siempre hay una visión de país; en la mayoría de los casos, apenas se esconde la ambición de turno.
Se suele confundir la abundancia de 106 candidatos con la riqueza de la democracia. No es así. Lo que a primera vista parece pluralidad, en realidad es síntoma de un sistema que convirtió la política en un mercado de favores. Muchos de quienes hoy se proclaman “opción de cambio” no buscan transformar la nación, sino negociar posiciones, sumar burocracia, capturar rentas del poder. La campaña se convierte en moneda de cambio y la patria, en telón de fondo.
La verdadera escasez no es de voces, sino de estadistas. Esa palabra, tan poco usada y casi olvidada, encierra un ideal exigente: el de aquellos hombres y mujeres capaces de pensar más allá de su biografía, de imaginar un país que sobreviva a sus propios nombres. Un estadista mide sus pasos con el reloj de la historia, no con el de las encuestas; gobierna con principios, no con calculadora.
Hoy abundan las hojas de vida engrosadas de cargos, pero flacas de logros. La política nacional parece un club de funcionarios reciclados, que confunden la administración de un ministerio con el liderazgo de una nación. Gobernar no es llenar la agenda de reuniones ni firmar decretos: es abrir un horizonte en medio de la tormenta, es trazar un rumbo cuando todo se oscurece.
La dispersión de candidaturas no fortalece la democracia: la desordena. Y en el desorden germinan con fuerza los viejos enemigos de la República: la corrupción que devora, el populismo que engaña, el desgobierno que paraliza.
Colombia no necesita más aspirantes de coyuntura. Necesita visionarios que sean capaces de cargar, sin titubeos, el peso de una nación. En otras palabras: estadistas. Porque cualquiera puede ocupar la silla presidencial, pero muy pocos pueden sostener, con temblorosa grandeza, el destino de todo un pueblo entre sus manos .





