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El árbol que alimenta las almas de quienes creen en él

Por: María Fernanda Carrascal, estudiante Comunicación Social UPB. El sol se encuentra en su punto más alto. La brisa acaricia los rostros de quienes caminan por la senda de tierra amarilla de la vereda más pequeña que tiene Ciénaga de Oro, El Venado. Lugar acogedor, caluroso...


Por: María Fernanda Carrascal, estudiante Comunicación Social UPB. El sol se encuentra en su punto más alto. La brisa acaricia los rostros de quienes caminan por la senda de tierra amarilla de la vereda más pequeña que tiene Ciénaga de Oro, El Venado. Lugar acogedor, caluroso y humilde donde se respira tranquilidad.
Su escasa población tiene un credo en común: su santo profeta Enoc.
Los habitantes de ese apartado pueblo cordobés dicen que hace unos 85 años el Santo Profeta bajó al sitio en donde actualmente se encuentra ubicado su altar sagrado, conocido como la Santa Cruz. Allí está la piedra en la que él reposó y dejó una carta en la que, con su puño y letra, vaticinó sucesos que ocurrirían en un futuro que en aquel entonces parecía lejano y que, con el transcurso de los años han ido sucediendo, hechos como: guerras, la maldad del hombre y la poca fe.

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A pesar de los años algunos creyentes no dejan de profesar su admiración y en algunos momentos otros demuestran su incredulidad por la claridad de los presagios del profeta.
A unos minutos, saliendo del pueblo, también existe un árbol de mora frondoso, pero menos llamativo, en medio del polvoriento calor de silenciosa permanencia. Quienes pasan por allí, y no conocen la historia, pensarían que se trata tan sólo de una pila de ramas secas. Sin embargo, en El Venado se dice que de las hojas del palo de mora brotaron gotas de agua helada que han curado los males más inconcebibles que pueda padecer el hombre.
Los habitantes aseguran que el profeta hizo el milagro y se hizo sentir en ese árbol, de cuyas hojas emanaban gotas mágicas de agua, que sanaban males como dolores corporales, espirituales, morales e incluso sentimentales en las personas que lo padecían.
Muchos creyentes, llenos de fe, se acercaban para admirar y ser testigo de lo que ocurría: el árbol de mora se llenaba de escarcha a pesar del inclemente sol. Los fervorosos aprovechaban para recolectar un poco de esa agua y depositar en ella la esperanza de una vida sin dolor. Algunos cortaban ramas para llevarlas a sus hogares y así poder experimentar el milagro de cerca o en su defecto para que los enfermos, que por sus condiciones no pudieran viajar, tuvieran la posibilidad de recibir la sanación.

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Visitantes, provenientes de diferentes lugares del país, emprendían la ardua y dispendiosa travesía para llegar al recóndito sitio, lo cual implicaba transitar por caminos difíciles, áridos y polvorientos.
Maritza Causil, quien le reza todos los días al profeta y le tiene fe ciega, descubrió lo que ocurría en las ramas de aquel peculiar árbol de mora. Esta mujer, motivada por su creencia, ubicó allí una imagen para que todo aquel devoto le pidiera, ofreciera, alabara y agradeciera por llevar bendiciones a la vereda.
No solo María creció en medio de las oraciones que dejó el profeta en la santa cruz, sino que asegura que la comunidad entera profesa las oraciones que el santo profeta dejó plasmadas en un pedazo de madera en el sitio que ahora es su altar. Ella se convirtió en una de sus seguidoras más fieles. Su cabello rizado y oscuro, su piel trigueña y ojos negros, con mirada sencilla y calurosa, la convierten en un ser sinigual que no para de dar detalles sobre el santo que protege a la vereda y alimenta el alma de quienes creen en él.
En 2011, poco antes de la Semana Santa, el árbol de las hojas congeladas florecía bellamente y el espectáculo de la escarcha milagrosa se repitió durante tres años consecutivos para la época. Así como apareció este fenómeno, inexplicablemente de repente desapareció.
El primer día que se congelaron sus hojas coincide justamente con la fecha exacta en que el santo profeta pasó por esas tierras. El 19 de abril, día en el cual se rinde tributo, alabanza y adoración y se hace una eucaristía junto con la renovación de su imagen.
No ha faltado quien trate de buscar una explicación científica a las hojas congeladas del árbol de mora de El Venado.Para algunos escépticos es el resultado de un fenómeno natural que pudo ocurrir en cualquier otra planta, pero para los devotos del pueblo es la mejor oportunidad de conseguir remedio que cure los males del cuerpo y del alma y sobre todo que les devuelva la esperanza perdida de alcanzar la felicidad plena en la tierra.



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