El debate público en Colombia se ha enredado en un falso dilema. Personajes muy queridos en Sahagún como Jesús Bula S. Insisten en que el gran problema del país es la desigualdad, y repiten el eslogan de que “somos el tercer país más desigual del mundo”. Sí, según el dato del coeficiente de Gini es cierto. Pero convertirlo en la explicación de todos nuestros males es un error. El verdadero enemigo no es la desigualdad: es la pobreza.
La distinción es sencilla. La desigualdad mide cuánto se separan los ingresos entre los que más tienen y los que menos poseen. La pobreza, en cambio, describe la falta de lo mínimo para vivir con dignidad: comida, techo, salud, educación. La desigualdad puede incomodar, pero lo que destruye vidas es la pobreza.
Ejemplos sobran. Cuba presume de igualdad: no hay millonarios, todos ganan parecido. Pero la realidad es otra: salarios insuficientes, escasez diaria y familias que gastan casi todo en comida. Es una igualdad hacia abajo.
Al otro extremo está Silicon Valley, una de las regiones más desiguales del planeta. Un puñado de multimillonarios concentra fortunas enormes, mientras la clase media se reduce. Sin embargo, la pobreza extrema es casi inexistente: hay empleo, servicios y oportunidades. En otras palabras: desigual, pero sin hambre.
Colombia está en medio de esa encrucijada. Si seguimos la lógica de Bula S. y otros que insisten en el discurso de la desigualdad, podríamos terminar igualando por lo bajo, como en Cuba. Lo urgente no es que unos tengan menos, sino que todos tengan lo suficiente.
Por eso, la prioridad debe ser combatir la pobreza. Reducir la desigualdad puede ser un objetivo secundario, pero nunca a costa de empeorar la vida de quienes hoy no tienen lo básico.
Porque al final, y pese a lo que digan ciertos discursos políticos, Colombia no necesita menos ricos, necesita menos pobres.





