Colombia necesita una política de largo plazo en competitividad e innovación

Boris F. Zapata Romero*
6 meses atrás

Colombia vive atrapada en la inmediatez. Cada cuatro años, el péndulo político reinicia debates, desmonta programas y reconfigura prioridades. Mientras el mundo avanza hacia visiones de largo plazo, con países que trazan planes de 30 o 50 años en ciencia, innovación y desarrollo productivo, nosotros seguimos improvisando. La pregunta es inevitable: ¿cómo construir un futuro competitivo si seguimos mirando solo el presente?

En el territorio he visto que sí es posible pensar más allá del ciclo electoral. En Córdoba, por ejemplo, la construcción de agendas como Córdoba 2052 ha demostrado que planear con visión de futuro permite alinear clústeres, educación, digitalización y sostenibilidad hacia un mismo propósito. Ese ejercicio muestra que cuando un departamento se atreve a co-crear su hoja de ruta, con tanto tecnicismo como corazón, es posible multiplicar la confianza de los empresarios, la academia y la cooperación internacional.

Lo que necesitamos más allá de un frio plan es un pacto nacional: una política de competitividad e innovación que trascienda gobiernos y se convierta en brújula de Estado. No se trata de inventar de cero, sino de dar continuidad y coherencia a esfuerzos ya iniciados. Apostarle al talento, la tecnología y la sostenibilidad no es un lujo: es la única manera de cerrar brechas sociales y territoriales, y de asegurar que Colombia tenga un lugar relevante en el escenario global en 2050.

Un ejemplo cercano de como la visión compartida y continuidad institucional permite que la innovación se convierte en motor real de desarrollo es la estrategia de “especialización inteligente Bogotá – Región”, impulsada desde 2015 por la Cámara de Comercio de Bogotá y Connect Bogotá. Esta hoja de ruta permitió identificar sectores con alto potencial (como salud, contenidos digitales, materiales innovadores, entre otros) y alinear alrededor de ellos proyectos, clústeres y recursos. Los resultados hablan por sí solos: más de 50 proyectos innovadores priorizados, 17 clústeres sectoriales dinamizados, y una base emprendedora que entre 2010 y 2019 levantó US$ 1.764 millones en inversión, ubicando a Bogotá como la segunda ciudad de América Latina en capital levantado para startups.

Para los que les gustan experiencias más lejanas, está Francia con su plan France 2030, lanzado en 2021. Con un presupuesto de 54.000 millones de euros a cinco años, ese país definió una agenda clara de futuro en sectores estratégicos: hidrógeno verde, biomedicina, semiconductores, agroindustria sostenible y digitalización. Más que un plan de gobierno se trata de un pacto de Estado para reindustrializar al país, reducir la dependencia tecnológica y crear “campeones” globales en innovación. Los reportes intermedios ya muestran avances en inversión en I+D, financiamiento de empresas tecnológicas y articulación entre academia e industria. Francia entendió que la competitividad se construye con visión, recursos y compromiso intergeneracional; no con improvisaciones.

Estos dos casos, entre muchos otros para lo que los invito a revisar los capítulos de experiencias exitosas en todo lo que publica el Consejo Privado de Competitividad, dejan un claro mensaje: el futuro competitivo de un país no se improvisa. Se diseña con visión compartida, se alimenta con recursos concretos y se consolida con continuidad institucional.

Colombia tiene todo para dar ese salto. Talento a borbotones, biodiversidad, una red empresarial resiliente y un creciente ecosistema de innovación. Lo que falta es un compromiso que mire más allá de los cuatro años de gobierno y entienda que la competitividad es un proyecto de país.

*Consultor en Competitividad, Innovación y Desarrollo Económico