36,1 millones de dólares. Esa es la estimación de cuánto dinero se movió en Medellín durante los tres días de concierto de Benito, más conocido como Bad Bunny. Y eso sin contar la astronómica cifra que el «Conejo Malo» recaudó directamente con su gira DeBÍ TiRAR MáS FoTOS World Tour. Me resulta francamente sorprendente: como una masa humana de diferentes partes del mundo convergen en Medellín, dispuesta a pagarlo todo, es impactante.
Que alguien esté dispuesto a costear vuelos, hotelería y, si es necesario, pagar una boleta de 2.656.000 pesos —o más— en reventa para ver un espectáculo de dos horas, nos obliga a detenernos. Vale la pena dedicar un tiempo a meditar en una pregunta: ¿Por qué una persona estaría dispuesta a pagar lo que sea necesario por formar parte de un evento de Bad Bunny? Supongo que habrá muchas explicaciones al respecto; yo daré la mía.
Una persona está dispuesta a todo por algo cuando existe una fuerte conexión espiritual. Es decir, cuando sus emociones, pensamientos, placeres, valores, deseos e identidad están alineados con lo que ese “algo” representa. En este caso, todos esos significados convergen en una sola figura: Bad Bunny.
Seré sincero: con todo el revuelo de su visita a Medellín, me dije a mí mismo: «Javier, dale una oportunidad a Bad Bunny; permite que sus canciones te gusten. Es probable que estés lleno de prejuicios por lo que otros dicen». Me animé a escuchar su último álbum pensando que, tal vez, esta vez sí lograría conectar. Incluso busqué sus entrevistas para intentar entenderlo desde otra perspectiva. Tras este ejercicio de introspección, le di una nueva oportunidad en mi vida musical: analicé sus letras y revisé su contenido. ¿Cuál fue el resultado?
El resultado fue negativo. No logré que mi mente sintonizara con él; no hubo «feeling», ni esa conexión espiritual entre su propuesta y mi interior. Mi gente, lo intenté, pero ¿por qué yo, Javier Otero, no pude conectar?
No les miento: el ritmo es adictivo y pegajoso. Para alguien como yo, un costeño que lleva el sabor en la sangre, es inevitable que el cuerpo reaccione ante esos géneros. Sin embargo, en el momento en que intento conectar mi mente con la canción, me apago por completo. Hubo temas en los que me dije: «esta será la elegida, con esta sí voy a conectar», pero, desafortunadamente, siempre llegaba una frase que lo destruía todo.
Reconozco que Benito es un artista singular: posee un tono de voz único, utiliza estructuras irregulares y rompe con los moldes comunes al mezclar el reguetón con diversos géneros. Su estética sonora es «imperfecta» pero intencional, con una coherencia artística admirable, un uso inteligente del silencio y una creatividad innegable. Entonces, si técnicamente es tan valioso, ¿por qué sigo sin conectar?
Entendí que mi falta de conexión radica en la cosmovisión: en cómo él ve la vida. Al analizar los ejes temáticos que Bad Bunny recorre en sus canciones, descubro que mi perspectiva es radicalmente opuesta. Estos son los pilares de su mensaje, y es precisamente ahí donde nuestros mundos no logran conectarse:
Sexo y encuentro corporal: Una narrativa basada en relaciones explícitas, la erotización del cuerpo y el placer inmediato.
La cultura del exceso: La noche, el alcohol (ron, whisky, champaña) y el consumo recreativo como escenario principal.
Vínculos rotos e inestables: Historias de rupturas, amores intermitentes y una profunda nostalgia por lo que ya no está, mezclada con distancia emocional.
Ego, éxito y estatus: El poder simbólico a través del lujo, las marcas y la validación del «llegué y ahora mando».
Identidad masculina no tradicional: Un enfoque en la vulnerabilidad y la ambigüedad, mostrando fragilidad sin perder el rol dominante.
Soledad y vacío existencial: Esa sensación de aislamiento aun estando acompañado; el cansancio y la insatisfacción constante.
La idealización del pasado: El uso de la nostalgia y el paso del tiempo, donde el verano se convierte en el símbolo de lo perdido.
Al ver la vida de una manera distinta en cada uno de estos puntos, comprendo por qué me es imposible conectarme espiritualmente con su obra. Aunque admiro su talento y su creatividad —y me parece fenomenal cómo promueve a Puerto Rico y su identidad cultural—, siempre ocurre lo mismo: cuando una letra está a punto de conectar conmigo, aparece una referencia a los temas anteriores que me desencanta por completo.
Esta columna no se trata de mí; simplemente me uso como referencia para explicar por qué algunos logran esa conexión espiritual con Bad Bunny —siendo capaces de darlo todo por asistir a sus conciertos—, mientras otros, como yo, no lo logramos. Es innegable: él representa a una nueva generación con una identidad propia sobre la sexualidad, el deseo, los excesos, los vínculos inestables, el estatus y ese vacío existencial tan presente hoy en día.
De algo estoy seguro, y la psicología lo respalda: uno solo conecta con aquello que lleva por dentro. Algunos me dirán: «Javier, ¿por qué no solo disfrutas el ritmo y ya?». La respuesta es sencilla: mis valores son tan fuertes que no me lo permiten. Así funciona la mente humana: solo logramos conectar con verdadera pasión cuando lo que vemos afuera resuena con lo que valoramos dentro. Por eso, y solo por eso, hay quienes están dispuestos a darlo todo por un instante de esa conexión.









