Artes al aula: un derecho educativo

Mario Sánchez Arteaga
3 meses atrás

Luego de culminar su largo periodo de 40 años como docente de primaria en escuela pública, la seño Antonia dejó la tiza y marcadores de tablero para descansar de cuatro décadas madrugando a la enseñanza de jóvenes de escasos recursos en diferentes áreas del saber.

Ahora se dedicaría a la dócil y alcahueta crianza de nietos y disfrutar de una doble pensión que se ganó a punta de estudios, pero también de paros y asambleas permanentes a sol y lluvia en el sindicato de profesores.

En la deidad de sus años mozos, la seño Antonia, como popularmente siempre le llamaron sus alumnos, enseñó sobre bailes típicos de la región y creó un grupo de danzas que representaban a la escuela en eventos culturales de la ciudad. Esto por fuera de la carga académica que ya tenía en ciencia básica. Luego, cuando la edad fue pesando en el cuerpo y las ocupaciones pedagógicas le absorbían tiempo, pagaba de su sueldo a una docente de música y baile, para que enseñara a los estudiantes y buscara talentos en el saber artístico. Siendo conocedora de la importancia que tiene el arte en la formación integral de los estudiantes, hacía rifas para garantizar el sueldo de esos profes que no estaban nombrados por el magisterio y se rebuscaban dictando artística.

La Chiqui Caballero, instructora de teatro, me dijo en una ocasión que ella enseñaba danzas y pintura en el colegio gracias a que la profe Antonia le pagaba de sus honorarios y hasta materiales y vestuario compró eventualmente para permitir que los estudiantes adquirieran mejores destrezas en terrenos culturales. ¿Por qué sucedía esto? No existían presupuestos gubernamentales para contratar este tipo de maestros y la desidia a la formación cultural. La cultura siempre en el rincón de los desfavorecidos, con grietas que difícilmente llegarían a sectores populares e instituciones públicas.

Pero esta generosidad no se presentaba en todos los escenarios estudiantiles del estado; el jadeo persistente de la seño Antonia era atípico y solo unos cuantos se metían la mano al dril pensando en la formación artística y cultural de sus estudiantes.

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El arte tiene la capacidad de conectar con las personas y permite ver el mundo de una forma distinta. Sacude la mente de inquietos y los hace sentir vivos. Un dibujo o pintura no solo aporta la belleza estética impregnada en el papel o lienzo, transmite un mensaje. Un instrumento musical también es un esfero que cuenta historias con ritmo y armonía. Una danza es la expresión sublime del cuerpo a la memoria viva y ancestral de una cultura; es un lenguaje corporal que transmite emociones. Un estudiante, aparte de las asignaturas básicas que debe recibir en su formación académica, tiene la oportunidad de incentivar su creatividad e imaginación cuando hay arte en su entorno.

Cosa distinta ha sido la formación artística en escuelas privadas, donde siempre hay docentes en esa área y hace parte del contenido programático o currículo en todos los grados. Hoy no se puede definir que el arte no es necesario, pues ya hasta existen facultades de arte y carreras profesionales.

Recientemente, el gobierno nacional de Colombia anunció con bombos y platillos la implementación de la “Ley Artes al Aula”, la cual busca fortalecer la formación integral de los estudiantes mediante la incorporación obligatoria y sistemática de las artes en el currículo escolar. Esta ley reconoce las artes —como la música, las artes plásticas, el teatro, la danza y otras expresiones culturales— como áreas fundamentales para el desarrollo cognitivo, emocional, social y creativo de niños, niñas y adolescentes, promoviendo una educación más humanista, incluyente y sensible a la diversidad cultural del país.

Asimismo, la ley impulsa el acceso equitativo a la educación artística en todos los niveles de la educación básica y media, fomenta la capacitación docente en artes y promueve alianzas con instituciones culturales. Su propósito es que el aula sea un espacio donde el arte contribuya al pensamiento crítico, la convivencia, la identidad cultural y la construcción de ciudadanía, consolidando a la educación artística como un pilar esencial de la calidad educativa en Colombia.

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¿Cuántos grandes artistas que hoy se desempeñan en el plano universal habrían descubierto su vocación artística en la música, las artes plásticas, el teatro, la danza, la literatura en grupos culturales de sus colegios? Miles. Ahí está la semilla que puede germinar con frutos valiosos, ayudando a fortificar una sociedad más equitativa y diversa, abierta a pensamientos liberales sin dogmas que encasillen a los jóvenes que el arte es un pasatiempo, cuando es una profesión y opción de vida.

Bien por el Ministerio de las Artes, las Culturas y los Saberes; en buen momento todo el equipo que lideró este proyecto, aplausos de pie. Así vamos quitando todos esos estigmas de que el arte y la cultura son exclusivos para élites, que a los museos y exposiciones bienales no puede entrar el ciudadano del común. La cultura nos hace libres y está en todo tiempo, momento y espacio para todo el mundo.

Hoy la seño Antonia debe estar brincando en el jardín de su patio engalanado, gozando en la solemnidad de su vejez, a sabiendas de que ya los profes no tendrán que hacer más vacas, rifas o donaciones particulares para llevar las clases de arte a sus alumnos en escuelas públicas. Ahora es el estado a quien le toca garantizar este derecho.

Una sociedad sin arte no piensa, no recuerda, no imagina. El arte no adorna la vida, la sostiene. Podríamos decir entonces que el arte en las escuelas públicas ya no será un privilegio, sino un derecho, un pilar fundamental.

Buen viento, buena mar.

Posdata: Los invito a leer el libro “El Alcalde que no robó” del escritor Rafael Garzón Saladen. Historias de la Montería de antaño en un lenguaje fresco y coloquial.