Han pasado 40 años desde la noche en que Armero, un próspero municipio del Tolima, desapareció bajo toneladas de lodo y rocas. La avalancha provocada por la erupción del Nevado del Ruiz el 13 de noviembre de 1985 dejó más de 23.000 muertos y 5.000 desaparecidos, convirtiendo al pueblo en un cementerio natural, marcado por la desolación y el recuerdo.
Hoy, el terreno donde alguna vez hubo vida se ha transformado en un paraje cubierto de árboles, escombros y maleza. Las familias que sobrevivieron, muchas de ellas desplazadas, se aferran a la memoria de sus seres queridos y al sueño de mantener viva la historia de lo que ocurrió aquella fatídica noche.
De las 3.500 hectáreas del antiguo pueblo, unas 3.000 quedaron bajo el lodo. Los restos del hospital San Lorenzo, el Parque de los Fundadores y la cruz donde oró el papa Juan Pablo II son los pocos vestigios de lo que fue una ciudad llena de vida.
Un grupo de sobrevievientes de aquel fatídico día de noviembre decidieron crear el Centro de Visitantes de Armero (CVA), un espacio dedicado a relatar los hechos y rendir homenaje a las víctimas de la tragedia. Hoy ese pueblo que fue arrasado con vehemencia por el lodo del Nevado del Ruiz se resiste al olvido provocado por el inexorable paso del tiempo
Uno de los rostros más conocidos de la catastrofe es el de Omaira Sánchez, la niña que permaneció atrapada entre los escombros y se convirtió en símbolo mundial del desastre, continúa siendo el recordatorio más poderoso de la tragedia.
Cuarenta años después, Armero sigue en pie en la memoria colectiva del país: un pueblo fantasma que no se resigna al olvido.






