“Sin ojito, sin quite y sin mande”
Joché tomó un gran impulso, habiendo frotado en sus manos una pequeña bolita de cristal. —Sin ojito, sin quite y sin mande, el que me la quite me la pone. Sin tronca, al ganar, rechinar, colgá —gritó un vecino, anticipando la premisa del juego de bolita de uña. Al quiñe o al ganar, se peleaban al jugar; los que ganaban quiñaban las bolitas del adversario y los que perdían lloraban de tristeza; otros lloraban de felicidad.
Fercho, el vecino, ya había hecho un hueco con su dedo en el tapete terrestre, soplando viento de su boca para limpiar el agujero recientemente hecho. Luego demarcó una línea donde todos tenían que lanzar sus bolitas sin pasarse de ahí. El que más cerca quedara del hueco tenía la potestad de comenzar la partida.
Anteriormente, para estas fechas de Cuaresma, los niños andaban con un arsenal de bolitas de cristal, en un saquito de mayas, unas más robustas que otras. Algunas más grandes para intimidar al adversario. La meta era día a día, hasta llegar a la Semana Santa, ir desgranando el saquito de bolitas y, al final de temporada, ganaba quien más unidades tenía y le quitaba en cada jugada a los vecinos.
“Los que ganan pegan quiñe, los que pierden llorarán, llorarán”
El concreto se apoderó de las calles polvorientas, dejando poca tierra donde se pueda jugar. Los parques se han adoquinado o tapizado con gramas sintéticas. Actualmente, los niños prefieren una tableta o un celular jugando a Roblox, Rummikub o My Craft, interactuando con amigos sin salir de casa, a veces hasta ni del cuarto.
En ese entonces, el protocolo de la vestimenta no hacía parte de la idiosincrasia de la gente. Todos descamisados, en mochos, a pata limpia, empolvadas de tierra y las uñas llenas de mugre de tanto y de tanto jugar. Hoy el espantajopismo y fartedad de algunos padres, tienen a los hijos con un outfit (término anglosajón equivalente a atuendo o look) impecable, donde el niño siempre está instagramiable (refiérase a la persona con aspecto idóneo para boletearlo en las redes o chicanear con su apariencia).
El juego de bolita de cristal, como otros juegos lúdicos, no nació en la cheveridad de nuestra costa norte colombiana, a pesar de ser la zona del país donde más se popularizó, ni se lo inventó algún desocupado para entretener a la pelaera sin oficio. Se ha logrado evidenciar que es una práctica milenaria del Antiguo Egipto, remontándose al año 3000 a.C.
En tumbas egipcias de niños se encontraron bolitas de arcilla, mármol y piedra. Lo que muestra su proceso evolutivo. Situación similar sucedió en la Roma antigua; para la Edad Media, oficialmente, el juego de lanzar bolitas a un agujero se reconoció en el siglo XVIII.
Las esferitas en forma de vidrio o cristal aparecen mucho después, consolidándose en los siglos XIX y XX, que es exactamente cuando llegan a tierras colombianas.
El juego de bolita de cristal o canicas es una tradición arraigada en la costa y quedó como un juego tradicional lúdico callejero, para todos los estratos, pero en realidad donde más furor impregnó fue en sectores populares y en los pueblos.
“En la plaza un niño llora de tristeza y otra llora de felicidad”
Bajo el sol de la calle o en el polvo amarilloso del verano de la plaza, los niños trazaban círculos en la tierra y comenzaba el antiguo ritual de las canicas. Podían jugar dos o más, y cada partida traía consigo sus propias reglas y pequeñas ceremonias. “Al ganar”, el vencedor guardaba la bolita del rival, engrosando con orgullo su tesoro de cristales de colores. “Al quiñe”, el perdedor debía ofrecer su canica para que el triunfador la golpeara con fuerza, como un gesto de dominio en aquel universo diminuto. Y “al partir”, la sentencia era definitiva: una piedra descendía y la bolita derrotada estallaba en fragmentos brillantes.
Así, entre risas, polvo y manos inquietas, la plaza se llenaba de emociones intensas y sinceras. Mientras uno lloraba por la pérdida de su pequeña joya de vidrio, otro celebraba su victoria con lágrimas de alegría. En aquel juego sencillo se aprendía, sin saberlo, la primera lección de la vida: que la felicidad y la tristeza a veces ruedan juntas, como dos canicas en el mismo círculo de tierra.
¡Sin ojito, sin quite y sin mande, el que la quite me la pone!
La terraza de Joche era un cementerio de bolitas de cristal; ahí era el lugar donde se despedazaban a punta de piedras. El reguero de residuos cristalizados y esparcidos había que barrerlo diariamente. A Joche le traían desde Cartagena su arsenal de bolitas; eran variadas en colores. Estaban los bolonchos (mucho más grandes) solo para dar los quiñes y las que eran toda blanca; le llamaban “De Leche”; esas solo eran más de lujo.
Más se demoraban en traerle las bolitas de cristal de Cartagena a Joche que lo que duraban en sus manos. Tenía mala puntería y perdía casi todas las partidas. Mientras Fercho, su vecino, ostentaba una colección de más de 200 con la peripecia de buen jugador: manos callosas y uñas negras, no por esmalte, sino por los vestigios terrestres incrustados de tanto asolearse jugando en la Cuaresma.
Aunque en estos tiempos la tecnología ha desplazado a los juegos tradicionales, las bolitas de cristal siguen siendo un icono lúdico infantil de tradición milenaria. Se evidencia más en los pueblos, y eso, no con aquella efervescencia y pasión que muchos cuando llegábamos del colegio y después de hacer las tareas, íbamos de ventana en ventana donde los amigos vecinos para sacarlos de sus casas y divertirnos al lado de la terraza polvorienta de Joche. Las tardes iban muriendo entre quiñazos y emociones.
¿Qué ha pasado con aquellas tradiciones infantiles veraneras como volar cometa, bailar trompo o yoyó? No solo eran juegos para divertirse, era el compartir con el que no tenía, era aprender a ganar y perder, a interactuar codo a codo con los demás. Cómo cambian los tiempos: anteriormente las madres pegaban sus gritos desde las ventanas llamando a la muchachera para que buscaran casa; hoy las madres les imploran a los hijos que salgan del cuarto, suelten el celular, computadora o tableta y vayan a corrinchar a un parque. Hay que seguir quiñando canicas y que las terrazas vuelvan a ser como las de Joche.
¡Sin ojito, sin quite y sin mande, el que la quite me la pone!
Buen viento, buena mar





