El caso Therian: se siente perro, pero el perro no la reconoció…

Javier Mauricio Otero Díaz
3 horas atrás

Una joven argentina comienza a sentir, desde hace un tiempo y muy dentro de su ser, que sus instintos y sus emociones son los de un animal; en este caso, los de un perro. A esta sensación ella la llama ser Therian.

Esta forma de percibirse y sentirse la ha impulsado a adoptar conductas que se asemejen al animal que siente ser.

Curiosamente, mientras esta joven mujer daba un paseo por las calles de su ciudad imitando el caminar de los perros y llevando puesta su máscara, quiso interactuar con un perro biológico.

Al revisar la escena de dicho encuentro entre un Therian y un perro que es y no que se siente, notamos que a la jovencita humana que se siente perro “sus instintos perrunos le fallaron”. No supo identificar cada señal que la naturaleza canina le daba: el movimiento de la cabeza, la rigidez del cuerpo, la forma de la cola y la mirada fija.

¿Por qué no pudo identificar que la iba a atacar?

Lastimosamente para ella, es porque sus instintos y su lenguaje no son caninos, sino humanos. Un canino sí sabría identificar las señales de su semejante.

Creo que este fenómeno viral de los Therian nos invita a hacernos la siguiente pregunta: ¿Cuál es el peligro de poner las percepciones, los sentimientos y los deseos por encima de la racionalidad biológica? En otras palabras: ¿Cuál es el riesgo real detrás de la frase «puedes ser lo que quieras ser»?

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Ejemplifiquémoslo con esta joven: ¿a qué peligro se expuso? El riesgo es muy claro; si no hubiese sido por los humanos a su alrededor, su integridad física habría corrido peligro. Esto ocurre porque los perros biológicos no actúan como perros porque deseen serlo, sino que se comportan así porque, sencillamente, lo son.

Aunque parezca obvio lo que voy a decir a continuación —aunque en este mundo posmoderno ya nada parezca serlo—, lo diré: existen realidades que están fuera de nuestras percepciones, sentimientos o deseos internos.     

Estas realidades no cambiarán su forma ni su esencia por el simple hecho de que nosotros las sintamos de manera diferente. Por ejemplo, por más que alguien crea ser un animal o cualquier otra cosa, eso no altera su naturaleza objetiva ni la estructura biológica de la cual está compuesto.

Entonces, ¿cuál es el peligro de tratar nuestra naturaleza humana como si fuera la de un perro?

Sigamos con las obviedades: ¿qué pasaría si un Therian decidiera alimentarse con comida para perros de por vida?

El resultado sería inevitable: déficits nutricionales, exceso de vitaminas A o D, sobrecarga renal y problemas digestivos crónicos.

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La naturaleza no perdona nuestras creencias poco racionales. La racionalidad, entendida como ese pensamiento que guarda coherencia con la realidad exterior, nos dicta que la naturaleza no está aquí para ser complaciente con nuestros anhelos o deseos.

Los humanos hemos sobrevivido durante milenios porque hemos conservado un grado básico de racionalidad. Hoy, sin embargo, vivimos en una sociedad que cree que la verdad no existe, que cada quien tiene “su propia realidad” y que no hay límites para ser lo que uno quiera.

Lamento desilusionarlos, y lamento que esta sociedad no tenga los pantalones para decirlo, pero la naturaleza dicta todo lo contrario a esas frases poéticas supuestamente llenas de empatía.

La verdad es que la naturaleza da su veredicto de realidad por encima de lo que nosotros creamos o sintamos, consciente o inconscientemente.

Como sociedad, debemos pensar cuál será nuestra respuesta, no solo ante el movimiento Therian, sino ante todos estos fenómenos donde la subjetividad humana intenta aplastar la objetividad de nuestra naturaleza.

Todo aquel que ose ir en contra de su esencia biológica terminará pagando las consecuencias; la autonomía y la libertad no nos eximen de la realidad de nuestro organismo.

La pregunta es: ¿seguiremos reforzando y afirmando estas formas de vivir, o empezaremos a acompañar a estas personas para que comprendan los fenómenos mentales que alejan su identidad de su biología?