Impotencia: el grito de las familias cordobesas

Por: Javier Mauricio Otero Díaz
2 meses atrás

En el corregimiento de Juan José, en Puerto Libertador —a unos 170 kilómetros de Montería—, un humilde campesino cordobés observaba con extrañeza cómo las nubes se desgarraban en llanto justo cuando la sequía debía ser la protagonista. Con el paso de las horas, este hombre, incansable trabajador de la tierra, notó que la tormenta no daba tregua. Las aguas de arriba no paraban y las de abajo empezaron a reclamar su espacio; como un visitante indeseado que se niega a irse, y con el paso de las horas las aguas le saludan ya no desde arriba sino en sus botas empantanadas.

La preocupación se hizo presente. Todo aquello que trabajó con esmero comenzó a desaparecer de su vista bajo una corriente que ocultaba sus esfuerzos lenta y sigilosamente. Pronto, caminar fue imposible y la canoa se convirtió en la única salida. Por su mente desfilaban muchos pensamientos: la familia, la cosecha, los enseres de la casa y los animales. El tiempo no daba tregua y las soluciones debían ser tan rápidas como la creciente.

Entre tantas pertenencias por proteger de las corrientes, estaba su caballo. El campesino se movió en su lancha lo más rápido posible para buscarlo y lo encontró allí, donde siempre solía estar, pero esta vez atrapado por un agua que ya cubría casi todo su cuerpo. Fue una escena desgarradora: su caballo color marrón mirando a su dueño como lucha por salvarlo, sosteniendo su cabeza por encima de la superficie intentando animarlo a seguir viviendo. Sin embargo, tras forcejear contra la fuerza de la naturaleza, el hombre comprendió con una impotencia atroz que no podía arrebatarles esa vida a las garras del diluvio.

Al ver la escena: el rostro de este trabajador cordobés rindiéndose en su lucha por salvar a su caballo, conecté de inmediato con él. Es el rostro de la impotencia; esa expresión que solo emerge cuando nos vence aquello que nos amenaza y nos invade la amarga frustración de saber que no queda nada más por hacer. Solo queda soltar.

Querido lector, aunque muchos nunca hayamos sentido en carne propia lo que significa perderlo todo por un desastre natural —como lo viven hoy miles de familias tras las inundaciones en 22 de los 30 municipios de Córdoba—, sí conocemos el sentimiento de impotencia. Esa sensación de perderlo todo, incluso estando rodeados de mucho. Sucede cuando unos padres pierden a su hijo, cuando una pareja nos abandona o cuando perdemos el trabajo que amamos.

Hay tantos ejemplos de tener mucho y sentir que lo he perdido todo… porque perderlo todo no es quedarse sin nada; es que te arrebaten lo que más amas.

Otra figura que resalta en esta tragedia que azota al pueblo cordobés es la de Jesús, el motociclista. Su caso es similar al de nuestro campesino de Puerto Escondido: se encontraba en la misma disyuntiva de luchar por no soltar aquello que considera valioso y que, por ende, siente que debe salvar: su moto. Mientras Jesús batallaba contra la fuerte corriente en la más oscura penumbra de las carreteras de Montelíbano, sus fuerzas empezaron a decaer. Justo en ese límite entre la vida y la entrega, vio luces a lo lejos. Sacó fuerzas de donde no las había, con la esperanza de ser visto en medio de su emergencia.

Esas luces de esperanza eran una caravana de la Gobernación de Córdoba y el Ejército Nacional que acudían a apoyar a los damnificados de la zona. Fue el propio Gobernador quien se percató de que alguien estaba atrapado en la furia de las aguas, alertando de inmediato a toda la comitiva para acudir al rescate.

Durante el rescate, ejecutado por un grupo de hombres valientes —incluyendo al Gobernador—, se observó algo impactante: el motociclista se negaba a soltar su vehículo. Como un flashback doloroso, se repetía la escena del campesino sujetando a su caballo, y la de tantas familias que se resisten a abandonar su casa, su nevera, sus tierras o sus cosechas. Es la misma imagen que hoy protagonizan miles de cordobeses que sufren la inclemencia de un agua que les arrebata el esfuerzo de toda una vida.

Jesús no era consciente de que su apego estaba impidiendo su propio rescate; no veía que aferrarse a la moto ponía en riesgo su existencia. Es fácil juzgar desde afuera y preguntar: «¿Por qué no la suelta?». Lo difícil es entender que, cuando algo nos ha costado tanto sudor, desprenderse de ello en un segundo parece imposible.

Pero en ese instante de nublamiento, un grito rompió el estruendo del agua: «¡SUELTA LA MOTO, NOJODA!». Era la voz enérgica de Erasmo Zuleta. No era un insulto; era uno de esos sacudones que necesitamos cuando estamos “arraigados como mata de yuca” a algo que nos está hundiendo. Fue una voz que estremeció la penumbra para recordarnos lo que es verdaderamente valioso: la vida. Porque la vida siempre pesará más que una moto o que cualquier bien material que el río se quiera llevar.

Finalmente, Jesús soltó la moto y se aferró a la cuerda que le salvaría la existencia. Si su elección hubiese sido el metal, hoy estaríamos contando otra historia; pero elegir la vida siempre nos regala la oportunidad de reconstruir lo que el agua se llevó. En su caso, solo bastó un día para que la solidaridad le devolviera una herramienta de trabajo nueva.

Mi gente linda, la enseñanza de estos dos hombres y de tantas familias es clara: debemos aprender a soltar. Aferrarse a lo material cuando el peligro acecha puede arrebatarnos la salud mental, física y hasta la vida misma. Y sin vida, no hay nada; con ella, todo se puede volver a levantar.

Y como diría el Gobernador “¡SUELTA _________ NOJODA!” Que te va matar.

En estos días he sentido el sinsabor de no poder estar allá, ayudando a las familias presencialmente debido a mis obligaciones, y supongo que muchos de ustedes sienten lo mismo. Pero, ¿qué tal si, aunque no podamos ir, enviamos nuestra mano amiga? Ayudemos con aquello que Dios ha puesto en nuestras manos: comida, ropa, medicina. Hagamos que, después de que ellos se atrevieron a soltar lo material para salvar lo importante, seamos nosotros quienes les ayudemos a recuperar lo que el río les quitó.

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