¿Qué tipo de ladrón eres?

Javier Mauricio Otero Diaz
1 mes atrás

En un enero en Puerto López, Meta, la señora María —una mujer campesina de escasos recursos— se vio sorprendida cuando los amigos de lo ajeno se llevaron su principal medio de sustento: dos gallinas.

Ante la gravedad del hecho —porque para quien vive de dos gallinas la pérdida es enorme— esta valiente mujer pidió ayuda inmediata a las autoridades. Con el apoyo rápido de sus vecinos, lograron capturar en flagrancia a un joven de tan solo 19 años de edad.

Según las investigaciones, el hurto de estas dos inocentes gallinas no se dio porque el ladrón las necesitara para saciar su hambre, sino porque ya era un reconocido ladronzuelo de la comunidad.


Este caso, tan pequeño y tan grande a la vez, me hace recordar otros robos famosos:
el de Reficar, el de Odebrecht, el carrusel de la contratación, Saludcoop y el cartel de la hemofilia,
y uno de los más recientes: el escándalo de los carrotanques de la UNGRD.

Dirás mi querido lector ‘¡Javier! Tu si eres exagerado al decir que unas simples gallinas te van a recordar casos de corrupción multimillonarios como los que menciones’ Tienes toda la razón amigo y amiga que me lees, no son comparables porque el de la gallina fue más grave.

Por un momento piensa: las dos gallinas de esta humilde campesina eran su único medio de sustento.
Como diría el Gran Maestro, al referirse a otra mujer pobre y humilde:
‘Les digo la verdad —dijo Jesús—, esta viuda pobre ha dado más que todos los demás. Ellos dieron una mínima parte de lo que les sobraba, pero ella, con lo poco que tenía, dio todo lo que tenía.’

‘Entonces, Javier, ¿vienes a defender a los ladrones de cuello blanco?’
¡Dios me libre, mi querido lector! Yo hablaré de todos los ladrones, y cuando digo todos, es todos: desde el que se roba una monedita de la casa, el vecino que se lleva unas gallinas, hasta el de cuello blanco que desangra a un país entero.

¿Has robado? ¿Robarías?
¿Cuáles serían tus excusas para hacerlo?
¿Crees que existe alguna excusa válida para robar?


Hay diferentes tipos de ladrones, y cada uno carga con sus propias excusas para lavarse las manos de la consciencia.

El microladrón: ese que se especializa en robar pequeñas cosas. Sus excusas favoritas para lavarse la consciencia son: ‘solo fue una moneda’, ‘dos gallinas’, ‘eso fue solo el 1%’.

El ladrón ‘mister comparación’: se siente tranquilo cuando se compara con alguien que roba más que él: ‘dos gallinas no son nada frente a los millones que se roban los políticos’.

El ladrón mitómano: roba, pero habla tanto de ANTICORRUPCIÓN que termina creyéndose su propia mentira.”

El ladrón decorador: sabe que está robando, pero como le pesa la conciencia necesita inventarse justificaciones para calmarla.

El ladrón que hace: este tipo de ratero es validado socialmente con la frase “roba, pero hace”, y al mismo tiempo él mismo tranquiliza su conciencia convencido de que su robo se compensa haciendo “cosas buenas”.

El ladrón misericordioso: popularizado por la historia animada de Robin Hood, roba y luego tranquiliza su alma dándoles algo a los pobres.


El ladrón pobre: se escuda en su propia pobreza para tomar lo que no es suyo.

El ladrón legal: es tan astuto que se sabe toda la ley para hacer la trampa y lavar su consciencia con “legalidad”.

El ladrón omisor: se lava las culpas diciéndose que no es el autor, pero sabe que está apoyando, comiendo y disfrutando de lo robado.


El ladrón sincero: este es el ladrón que resalto por encima de todos los demás, porque tiene los pantalones para reconocer que es un ladrón. No se excusa en nada para lavar su conciencia; acepta que roba por decisión propia y no anda por ahí tapando su culpa con justificaciones baratas.

Yo también cargué mi propia cuota de robo. Fui un microladrón cuando de niño tomaba monedas de los bolsillos de mis padres, y cuando me comía los panes y dulces que comparaba mi amigo sacristán con el dinero que sacaba de las ofrendas. Años después, en uno de mis primeros trabajos, también participé bajo presión: cuando me pagaban una cantidad, pero debía firmar por otra mayor, terminaba participando de mi propio robo.

Pero eso se acabó el día en que entendí que todo eso era robar, por más excusas y maquillajes de discursos elocuentes que se usaran para decorar y limpiar la conciencia de la culpa.

Entendí que el ladrón debe apagar su consciencia o mentirse a sí mismo para poder tomar lo que no es suyo.

El ladrón que se roba dos gallinas para comérselas tiene que oscurecer su conciencia para saborearlas sin pensar que está mordiendo el sustento de una humilde campesina.

El ladrón que viaja por el mundo con dinero ajeno también debe ensombrecer su conciencia para no pensar que le está quitando un bocado digno a un niño pobre.

El ladrón que se compra el carro del año necesita apagar su conciencia para no admitir que ese lujo le arrebata el vaso de agua a un niño que agoniza de sed.


El ladrón que asegura casa, carro y becas para él y su familia tiene que nublar su mente para evitar pensar en los que mueren en hospitales sin insumos, justamente porque él se quedó con esos recursos.


Y no existe ratero peor que el que se niega a reconocerse como tal.

Esta columna la escribo con indignación por nuestra naturaleza humana inclinada al mal, pero también con misericordia por esa otra parte que aún conserva la bondad. Porque sé que todos, de una u otra forma, hemos robado: el tiempo, las esperanzas, el amor, las cosas y hasta el dinero de otros.

Si tú has robado, mi querido lector, como alguna vez lo hice yo, te invito a dejar de ensuciar tu mente y de nublar tu conciencia con falsas palabras. Deja de hacerlo de una vez por todas, porque detrás de cada hurto hay una humilde campesina que solo tiene dos gallinas.

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