La mentira en las Urnas: ¿Cuántos Likes hacen un Voto?

Por Felipe Sánchez Iregui
3 meses atrás

En Colombia, como en otras latitudes, numerosos influencers o activistas políticos digitales (como se les ha dado en llamar) se inscribieron en las listas de varios partidos. Estas colectividades, buscando un soplo de aire fresco, les otorgaron su aval para “representar la ideología del partido”.

Este fenómeno tiene tantos pros como contras, pero seamos francos: para algunos, se trata de oportunistas mediáticos que pretenden sacar ventaja propia y hacerse a una curul, mayor reconocimiento y decir que en su hoja de vida pueden colocar: congresista. Su estrategia es sencilla: explotar la poca experiencia de muchos de sus seguidores (los reales) en temas políticos y su evidente desinterés hacia la “política tradicional”.   

Pero al mismo tiempo, sin tratar de negar una realidad mediática, un influencer llega a través de TikTok o Instagram a los jóvenes más fácil que un político tradicional hablando en la plaza pública o a través de miles de vallas (muchas de ellas que no conectan con el potencial elector para nada) y comerciales en televisión.   

El influencer ya tiene su megáfono y su ejército: sus propios seguidores. “Su campaña” es, en esencia, gratis para el partido, ya que, en lugar de gastar millones en publicidad, el partido avala a alguien que ya invirtió su tiempo en crear y mantener a una audiencia interesada en todo lo que publica. El influencer lo que vende es una historia, una emoción que conecta, y lo hace al contar cómo es su vida, qué le indigna o molesta, y algunas veces  hasta se pone la camiseta del “salvador” que lucha contra las injusticias o la corrupción. Así, la gente, si vota, no vota por su programa de gobierno, sino por el personaje al que sigue.   

Sin embargo, otros los ven como jóvenes enredados en un juego peligroso: llegar al poder sin ninguna experiencia, a ese gran circo que es el mundo legislativo. Lo cierto es que la inexperiencia no es un pecado capital, y la edad no es una etiqueta de idoneidad ni de falta de ella. No hay que olvidar que todo congresista tiene a su disposición un equipo de asesores y como reza la lógica administrativa: lo importante no es saberlo todo, sino rodearse de quienes lo saben.   

El Giro Iconográfico

Para los partidos, la jugada resulta estratégicamente útil, pues sacan ventaja del denominado “giro iconográfico”  de la política moderna, donde la imagen personal, el estilo de vida y la capacidad de viralización son el nuevo capital político que importa. La inclusión de influencers en las listas al Congreso ofrece, a pesar de sus riesgos, beneficios inmediatos: acceso a nuevas audiencias (especialmente la juventud), eficiencia económica en la campaña y la capacidad de lograr ese tan anhelado engagement emocional en nichos específicos.   

La pregunta que nos toca formularnos es: ¿Es más importante el show mediático en redes que las propuestas que deberían representar?

Hoy, Colombia experimenta una hiper-fragmentación partidista. De allí precisamente ese número gigante de candidatos a la presidencia (absurdo a mi parecer) y de listas inscritas para el congreso. Los influencers inscritos a esta gran cantidad pueden dividirse en dos categorías: aquellos cuyo reconocimiento se forjó primariamente a través de la crítica política directa o el activismo digital (los que canalizaron la rabia social) y aquellos cuya popularidad se basa en el entretenimiento, la belleza o el estilo de vida. Estos últimos, más conocidos por hacer parte de la farándula que por la denuncia social, también atraen a sectores históricamente apartados de las discusiones políticas.   

Volatilidad y Riesgo Reputacional: La Factura de la Fama

A juicio de quien escribe, algunos de estos influencers están más interesados en mantener su “marca personal” y su número de seguidores que en seguir la disciplina del partido que les dio el aval. Esto puede representar un serio problema para la colectividad, ya que le podría ser más difícil actuar como un bloque coherente en las sesiones del Congreso. Podría decirse que el partido busca obtener votos a riesgo de perder el control ideológico.   

Por otro lado, los influencers olvidan que su hiper-visibilidad es un arma de doble filo: su mejor amigo o su peor enemigo. Al ser figuras tan mediáticas, es fácil que se conviertan en blanco de su propio pasado, exponiéndose a crisis éticas o escándalos personales. Cualquier incidente será magnificado y viralizado, arrastrando potencialmente al partido que lo avaló. La pregunta es obligada: ¿los partidos realmente revisaron el pasado, las publicaciones y la coherencia del estilo de vida de estos influencers con lo que difundieron y patrocinaron en redes?   

No podemos olvidar que la comunicación política se alimenta de esa infraestructura oscura: las bodegas, los bots y los falsos seguidores. Estas redes de desinformación  se encargan de amplificar o distorsionar los mensajes de un influencer (aun sin que él lo sepa), con el fin de crear crisis, atacar opositores, y generar polarización e incertidumbre, a menudo a través del discurso de odio.   

La Gran mentira: Seguidores Son Votos

Ya lo advertí hace años (2018) en una entrevista con el diario El Espectador: seguidores no son votos. No existe una relación directamente proporcional entre el número de seguidores y la obtención de votos efectivos. Cada día más, quienes usan redes prefieren una reseña de un usuario común  que la de un influencer al realizar compras. ¿Cree usted que en política la fe es mayor?   

En resumen, la jugada es clara: incluir influencers ofrece a los partidos acceso rápido a nuevos sectores demográficos y una herramienta de bajo costo para ganar visibilidad. Muchos creen que se logra aumentar el sentimiento de cambio y la narrativa anticorrupción. Pero, al mismo tiempo, se pone en riesgo la ya menguante disciplina partidista  y se puede estar validando, sin saberlo, la primacía del espectáculo sobre la sustancia.   

¡Pero no se engañe, señor lector! La solución no es prohibir la participación de creadores de contenido, sino fortalecer la integridad de la información, la alfabetización mediática para que la ciudadanía pueda “decodificar lo que lee”, y el sentido del compromiso institucional y ciudadano serio. Los influencers pueden ser positivos en el Congreso si existe un verdadero compromiso, disposición al aprendizaje, y un aporte sustancial en ideas y proyectos de contenido social.