La economía de la confianza

Por: Boris F. Zapata Romero
4 meses atrás

Creer en un territorio, más que sentir orgullo, es entender que cada avance, cada esfuerzo y cada idea cuentan. Que cuando confiamos en lo que somos, dejamos de ver los problemas… y empezamos a ver las posibilidades.

Recuerdo una escena de mi adolescencia, que siempre vuelve a mi memoria cuando pienso en eso. En mi barrio había un vecino de apellido Galaraga que todos conocían por su taller improvisado en la terraza. Cada tarde, mientras la gente pasaba quejándose del calor o de los huecos en la calle, él estaba haciendo la tarea de convertir bicicletas viejas en modelos casi nuevos. Unos veían chatarra; él veía un medio de transporte para alguien más. Unos veían un oficio pequeño; él veía la oportunidad de sostener a su familia. Nunca habló de “desarrollo”, pero lo practicaba todos los días. Y cada bicicleta que salía rodando de ese taller era una demostración silenciosa de que las posibilidades no nacen de tenerlo todo, sino de creer que se puede construir algo distinto con lo que se tiene.

Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), alrededor del 70 % de las inversiones se concentran en entornos con confianza institucional; es decir, donde se perciben gobernanza, transparencia y capacidad pública para acompañar los proyectos. En América Latina y el Caribe, los flujos de inversión extranjera directa (IED) superaron los US $188.000 millones en 2024. Dentro de ese volumen, el país que lideró la recepción de IED en la región fue Brasil, con aproximadamente el 38 % de ese total anual.

Brasil atrae ese gran flujo de inversiones por razones como que cuenta con un gran mercado interno – son más de 200 millones de habitantes-, una economía diversificada con abundantes recursos naturales, y ha venido impulsando reformas regulatorias e institucionales que mejoran la previsibilidad para los inversores.

En este escenario, la capacidad del Estado brasileño para articular políticas públicas, facilitar trámites, promover sectores estratégicos como energía e infraestructura, y garantizar marcos de inversión más seguros se convierte en un claro ejemplo de cómo la confianza institucional determina dónde llegan los capitales.

Cuando las personas creen en las instituciones, se atreven a invertir, a emprender, a quedarse. La confianza es el punto de partida del desarrollo.

Ese no es un debate lejano. En Colombia, y en particular en departamentos como Córdoba, se está demostrando que cuando las instituciones generan señales claras – cuando planifican, rinden cuentas, modernizan su gestión y construyen confianza- el territorio comienza a moverse distinto. No es casualidad que los avances recientes en digitalización del gobierno – donde subió 12 posiciones en el Índice de Gobierno Digital, alcanzando el puesto 13 a nivel nacional-, fortalecimiento de la competitividad – aquí avanzó seis posiciones en el Índice Departamental de Internacionalización, ocupando el puesto 17 entre los 32 departamentos del país- y apertura a la innovación hayan ido acompañados de un mayor interés de empresarios, cooperantes e inversionistas por conocer lo que está pasando. Cuando un territorio ordena su casa, los ojos del mundo lo notan. Y, como enseña la experiencia internacional, la inversión sigue a la confianza antes que a cualquier otra cosa.

Creer en el territorio es el primer paso, pero lo que cambia su historia es la suma de decisiones públicas acertadas, ciudadanía comprometida y empresas que apuestan por quedarse e innovar. Cuando cada actor hace su parte – como mi vecino Galaraga-, el orgullo deja de ser discurso y se convierte en una estrategia de desarrollo que crea confianza, moviliza inversión y sostiene el progreso en el tiempo.

Consultor en Competitividad, Innovación y Desarrollo Económico