Uno no escribe para complacer a nadie, ni a sus amigos, ni a su familia, ni a su jefe; uno escribe para los lectores, para dejar un precedente, documentar, contar, registrar, dejar constancia. Y en ese sentido, con lo cultural, con lo local, pasa algo que me resulta confuso, y sobre lo que hoy quiero detenerme.
Hace poco entrevistaba a alguien que desarrolla una valiosa labor cultural en una pequeña comunidad de Córdoba. Le pregunté si sentía que los periodistas realmente nos interesamos en contar la cultura local, en hacerle seguimiento a los procesos, en identificar quiénes y cómo hacen cultura. Esta persona, a la que admiro como ser humano y como profesional, me respondió:
“Fíjate que antes no nos buscaban para hablar sobre nosotros; pero desde que hay un reconocimiento local por hacerlo, sí. No es que les interese lo que hacemos. No es que sepan sobre lo que hacemos, pero ajá, nos han buscado para poder postularse a dicho reconocimiento”.
Y bueno, es respetable; esas son las intenciones que los mueven: los reconocimientos. Y es que no están mal los reconocimientos; lo que uno esperaría es que eso también los aliente a hacer seguimientos rigurosos e interesantes sobre la cultura local. Porque, finalmente, el periodismo cultural es capaz de señalar lo que está haciéndose y lo que está dejándose de hacer en el sector: lo que está bien, pero también lo que está desajustado.
Jorge Carrión, escritor, crítico y reconocido periodista cultural, insiste con frecuencia en que la crítica cultural tiene el deber de analizar, contextualizar y cuestionar; no solo celebrar y reproducir discursos institucionales. Es decir, el periodista o crítico cultural no es un relacionista público; está para pensar la cultura desde sus complejidades, sus tensiones, su sentido social. “La crítica cultural no consiste en aplaudir, sino en pensar”, ha dicho Carrión. Y quizá eso es lo que más nos falta: menos notas y selfies de celebración y más textos que expliquen, cuestionen y acompañen los procesos culturales locales.
Como ya he dicho (curiosamente en otra columna), formatos como este, con la foto gigante del autor, convierten en el centro al periodista y minimizan la importancia del contenido. Entonces, ¿qué termina sucediendo? Que somos más los que escribimos opiniones que los que documentamos procesos culturales locales. Y no es satanizar las columnas de opinión; es evitar que se conviertan en el ‘chulito’ con el cual algunos conservan el rótulo de periodistas.
Hacer periodismo cultural local no es convertir el periodismo en el componente de “evidencias” de los proyectos sobre los que contamos. Estoy segura de que cuando los gestores culturales ven sus procesos documentados en notas periodísticas serias, y cuando la gente recibe ese tipo de contenidos, estamos contribuyendo al fomento de la cultura y a la formación e información del público. Es periodismo lo que uno intenta hacer, no cuentas de cobro, no entregables, no boletines de prensa institucionales con vestimenta cultural.
Y sí, hay periodistas a los que nadie nos paga por hacer ese tipo de periodismo. No estamos en la nómina de nadie y nos mueve el compromiso moral y el gusto por la cultura, así toque luchar contra otras barreras que implica ejercer ese periodismo cultural. De ahí mi siguiente punto.
Ahora bien, ¿quién dijo que a la gente no le gusta leer sobre la cultura local? ¿Qué mandamiento establece que en video sí lo ven, pero que en texto no? ¿Por qué pensamos que las crónicas y los reportajes están mandados a recoger? ¿Seguimos con el cliché de que lo cultural no le gusta a nadie? ¿Qué nos hace pensar que sobre la cultura lo único que sí está bien es opinar y opinar, y otra vez opinar?
Siento que estamos cavando nuestra propia tumba con la forma en que asumimos la relación reconocimientos-periodismo cultural y con el escampadero en el que hemos convertido estas columnas de opinión. Ya es momento de reinvertir el tiempo en el cubrimiento serio de la agenda cultural local, no para venir aquí a echar flores, sino para hacer periodismo de verdad, con otras caras e historias y en múltiples formatos.
Del aplauso, del corazoncito en el feed, de la palmadita política, de la pose de sabios culturales que solo se leen y se celebran entre sí en sus conversatorios, hemos sido testigos hasta el cansancio.
Ahora, por favor, seamos serios y hagamos nuestra labor, porque, finalmente, se supone que eso es lo que somos: periodistas.





