La Verdad Relativa: Poder Vs Periodismo

Por Felipe Sánchez Iregui.
6 meses atrás

* Conexión Consciente es una comunidad a la que invito a los lectores a sumarse y que tiene un objetivo claro: inspirar a las personas a reflexionar sobre cómo implementar procesos de comunicación asertiva y el uso adecuado de las redes sociales, para fomentar un uso más responsable, empático y positivo del entorno digital.

Donald Trump calificó a los periodistas de “enemigos del pueblo”. No fue un simple error, sino una estrategia calculada. Una bomba verbal lanzada desde el centro del poder para deslegitimar, deshumanizar y, en última instancia, neutralizar a quienes se atrevían a cuestionarlo. Y aunque la mayoría de los medios han documentado a fondo esta embestida, la pregunta más incómoda sigue en el aire: ¿Por qué funcionó?

La respuesta va más allá de Trump. Esta en los propios medios, que a menudo amplificaron su show sin el distanciamiento crítico necesario; en las audiencias, que confundieron la indignación con información; y en un entorno digital que prioriza el escándalo sobre el contenido. De hecho, el viernes pasado, este tema se tocó de forma tangencial en W Radio, donde Juan Diego Alvira —y comparto su visión— afirmó que el inmenso alcance de los tuits del presidente Petro se debe en  gran parte a que los medios y periodistas se han vuelto difusores masivos de dichos contenidos. Y para quien escribe estas líneas, en verdaderas cajas de resonancia, de lo que publica el mandatario.

Ataques Claros y Complicidades Ocultas

Los hechos son innegables. Presidentes, tanto de derecha como de izquierda, no solo recurren a insultos y apodos grotescos contra reporteros; también los excluyen de ruedas de prensa, les niegan credenciales y los llevan a tribunales. En Estados Unidos, esto se considera una violación flagrante de la Primera Enmienda; en América Latina y Europa, se compara con tácticas de regímenes autoritarios que saben que la primera ficha que hay que controlar es la narrativa.

Pero aquí viene la ironía: mientras algunos medios como The Washington Post o The New York Times denunciaban a Trump con rigor y destapaban abusos de poder, otros lo nutrían con coberturas sensacionalistas, titulares a gritos y reproducciones constantes de sus tuits incendiarios.

Muchos líderes políticos conocen y explotan el poder de las redes y los medios digitales. Entienden que al provocar y atacar a la prensa, la transforman en un megáfono gratuito. Y una parte del periodismo, atrapado entre su deber de informar y la tiranía del click, se ha ido convirtiendo en un cómplice involuntario de este circo político.

No se confunda, estimado lector, pensando que esto es una defensa de esos mandatarios. Es una autocrítica urgente: el periodismo, obsesionado con la inmediatez y el espectáculo, ha ido perdiendo de vista su verdadero norte: la responsabilidad social y el compromiso con una verdad explicada y en contexto, que estimule el pensamiento crítico.

Cuando un medio reproduce sin filtro la retórica de un líder autoritario —aunque sea con la intención de “denunciarla”—, corre el riesgo de normalizarla. Le da oxígeno. Y en el ecosistema digital actual, donde la indignación se convierte en dinero, incluso la crítica mejor intencionada puede terminar siendo gasolina para el fuego que se quiere apagar. Este dilema es precisamente el que abordé en mi libro más reciente, preguntándome si la libertad de expresión hoy en día es oxígeno para la democracia o gasolina para el odio.

No Todos los Medios Son Iguales: Cuidado con la Generalización

Hablar de “la prensa” como un bloque uniforme es un error ético y conceptual. La brecha entre The New York Times, publicando investigaciones profundas sobre las finanzas oscuras de Trump, y un canal de YouTube que disfraza teorías conspirativas de “noticias alternativas”, no es una cuestión menor.

Durante el primer mandato de Trump, el periodismo de investigación no solo resistió, sino que resurgió con fuerza. The Washington Post documentó pagos turbios. The New York Times reveló los irrisorios impuestos federales que pagó el mandatario en 2016 y 2017. ProPublica y otros consorcios periodísticos internacionales expusieron la evasión fiscal y la corrupción. Estos no fueron actos de “alimentar el show”; fueron actos de resistencia basada en hechos.

Ignorar estos esfuerzos —o peor aún, igualarlos con la cobertura complaciente de otros medios— es un error peligroso. Genera un fatalismo que, en lugar de movilizar, desmoraliza. Si todo el periodismo es igual de cómplice, ¿qué sentido tiene defenderlo? Y eso es exactamente lo que desean aquellos que buscan destruir la prensa libre.

No se trata de dejar de cubrir a figuras como Trump, Petro o Lula, sino de cómo cubrirlas. Informar sobre un abuso de poder no es lo mismo que repetir sin filtro sus mentiras. Denunciar una amenaza a la democracia no equivale a convertirla en entretenimiento.

Pero descendamos esto a la práctica: reproducir textualmente un comentario en redes de un presidente y afirmar que tiene diez mil o más seguidores, tantos “me gusta” o que es tendencia no es periodismo. Es simplemente informar sobre un hecho al que cualquier persona puede acceder sin necesidad de recurrir a un medio de comunicación.

Por el contrario, explicar por qué se publica, cuál es el efecto de dicha publicación, qué intereses pueden estar detrás de ella, el daño que puede causar o si se trata de una salida en falso… eso, a mi juicio, es informar con responsabilidad. La diferencia radica en el contexto, la verificación, la intención y la responsabilidad editorial.

En América Latina, la retórica contra la prensa se ha usado como moneda de cambio por gobiernos de todo el espectro político. Desde el “medio hegemónico” en Argentina hasta la “prensa vendida” en México, pasando por el “terrorismo mediático” en Venezuela, el libreto es asombrosamente similar: deslegitimar para controlar. Por ello un cómodo silencio a veces es la opción que han tomado algunos medios.

Pero este tema también se ve en otras partes del mundo donde esa supuesta neutralidad es, con demasiada frecuencia, una fachada para la autocensura. ¿Cuántas investigaciones sobre narcotraficantes, élites políticas o dueños de grandes grupos empresariales se quedan sin publicar porque “podrían generar controversia”? ¿Cuántas columnas críticas se editan para “no incomodar a los anunciantes”?

La amenaza real a la prensa no siempre llega con órdenes judiciales. A veces viene disfrazada de algoritmos que priorizan el escándalo sobre la verdad, de audiencias que prefieren la confirmación de sus sesgos a la complejidad de los hechos, y de periodistas que, sin quererlo, terminan como actores de reparto en el libreto del mandatario de turno.

Ni Trump, ni Petro, ni Lula inventaron los ataques a la prensa como factor de visibilidad política y social, o para vender a la fuerza sus ideas. Simplemente los industrializaron. Y lo hicieron posible porque ya vivíamos en una era donde la verdad se negocia, donde la credibilidad se mide en followers, y donde el periodismo —ese supuesto cuarto poder— ha sido rebajado, en muchos casos, a mero entretenimiento con ínfulas morales.

Un Llamado a la Responsabilidad Compartida

Por eso, la próxima vez que te encuentres con un titular donde un líder tacha a los medios de “mentirosos”, no te quedes solo en la indignación. Pregúntate:

  • ¿Lo que estoy consumiendo es información… o entretenimiento político?
  • ¿Mi desconfianza en los medios nace de un escepticismo genuino… o de una manipulación cuidadosamente orquestada?
  • ¿Qué estoy haciendo yo, como ciudadano, para proteger no solo la libertad de expresión, sino el derecho colectivo a una verdad que no dependa del poder de quien la dice?

Si dejamos que la historia la escriban solo quienes tienen el micrófono más poderoso —o quienes deciden quién puede usarlo—, no tendremos democracia, sino un mero teatro. Y en ese teatro, todos somos público… hasta que nos toca subir al escenario.

Este texto busca rechazar la dicotomía simplista de víctima/victimario y proponer, en su lugar, un modelo de responsabilidad compartida: medios, audiencias, plataformas tecnológicas y gobiernos deben rendir cuentas.

Como lo he dicho en mis charlas, la democracia no solo se defiende con leyes, sino también con ciudadanos informados, críticos y activos. Y para eso, necesitamos medios que no solo informen, sino que también se cuestionen a sí mismos, que honren a quienes investigan en las sombras y que se nieguen a ser simples reflectores del poder.

Porque, al final, la verdadera pregunta no es quién tiene el micrófono. Ya lo tenemos todos en nuestras manos, en nuestras redes sociales.

Se trata de quién tiene el coraje de decir la verdad… incluso cuando nadie quiere escucharla.

* Conexión Consciente es una comunidad creada por iniciativa de Felipe Sánchez Iregui, a la que se suma el diario La Razón —el primer medio de comunicación en hacerlo—, en el marco de su compromiso con la sociedad y dentro de su política de responsabilidad social.