Recuerdo que iba manejando por una vía de Bogotá cuando, en la emisora que tenía sintonizada, los locutores estallaron en carcajadas. Estaban bromeando sobre nombres extraños registrados en Colombia: USNAVY, NIKE, Wenceslao de las Mercedes… nombres que suenan a chiste, pero que, al final, existen. Y entonces, como si fuera parte del show, uno de ellos dijo:
—¿Y qué tal si nace una bebé a la que le pongan ChatGPT?
El 17 de agosto de 2025, esa broma dejó de serlo —al menos en apariencia. Una noticia comenzó a circular con fuerza: en Cereté, Córdoba, una recién nacida había sido registrada oficialmente como Chat Gipitti Bastidas Guerra. Sí, como la inteligencia artificial. Como el chatbot que te explica, paso a paso, cómo freír un huevo sin incendiar la cocina.
Y claro, todos nos reímos.
Porque, ¿quién no compartiría eso? Un titular así es oro puro: absurdo, moderno, viral. El Universal lo publicó, y en cuestión de horas, medios de todo el país lo replicaron sin pestañear. En los grupos de WhatsApp era el chisme del día:
—¿Viste lo de la bebé ChatGPT? ¡Qué locura!
Decían entre risas.
Nadie preguntó si era cierto.
Nadie dijo: “Oiga, ¿y si es mentira?”.
Y ahí, justo ahí, fue cuando fallamos.
Porque Chat Gipitti Bastidas Guerra nunca existió.
No nació.
No lloró.
Ni siquiera estuvo en una ecografía.
Era un invento.
Una ficción.
Y lo peor no fue que los medios lo publicaran, ni que la ciudadanía lo compartiera masivamente.
Lo peor fue que todos, uno por uno, le dimos vida.
Pero hagámosle la autopsia a esta mentira. Porque no fue un error inocente. Y en ese proceso, los medios fallaron —y nosotros también.
Primero: violaron la regla básica del periodismo: la verificación.
¿Nadie pensó en llamar a la Registraduría? ¿Nadie dijo: “Oiga, vamos a confirmar si esta niña existe”? No. Nadie. En cambio, salieron corriendo como si les fuera la vida en ser los primeros en publicar. Y cuando uno lo hace, los demás lo copian. Es el efecto de manada: si uno ladra, todos empiezan a ladrar, aunque no hayan visto al perro.
Segundo: confundieron viral con verdad.
Ese es el pecado original. Que algo se mueva rápido no significa que sea real. Al contrario: a veces, cuanto más absurdo, más se comparte. Porque el morbo vende. Lo raro vende. Lo insólito vende. Y mientras más clics, más anuncios, más plata. Así de frío. No importa si es falso, mientras genere tráfico.
Tercero: citaron fuentes indeterminadas o anónimas.
Ese famoso “según se conoció” que aparece como si fuera un testigo ocular, pero en realidad es un chisme de oficina. “Una fuente allegada al registro civil…” ¿Allegada? ¿Y quién es? ¿Tu vecino que vio un papel? ¿Tu primo que trabaja en una notaría? No. Eso no es fuente. Eso es excusa. Eso es periodismo de andar por casa.
Pero no todo es culpa de los medios. Porque si nadie hubiera compartido, si nadie se hubiera reído, la mentira se hubiera quedado en un solo artículo.
Pero no.
Nosotros la hicimos correr.
Le dimos alas.
Le dimos likes, me gusta, hicimos comentarios, retuits.
La convertimos en tendencia sin saber que era humo.
¿Por qué?
Porque nos encanta lo raro, el morbo. Nos encanta lo que rompe el molde.
Y cuando algo suena tan fuera de lo común, en vez de dudar, lo celebramos.
“¡Qué locura! ¡Qué creativos (entre comillas) los papás!”.
Y mientras lo decimos, sin saberlo, estamos bautizando una mentira.
Y lo más peligroso de todo es que esto no es un chiste.
Parece una anécdota graciosa, pero es un ensayo general de una catástrofe real.
¿Recuerdan el falso paro armado que supuestamente iba a tener lugar en Sucre y Córdoba en abril de 2025? Mismo modus operandi. Mismo sistema: rumor, pánico, gente preocupada, comerciantes asustados.
La única diferencia es que en ese caso, nadie se reía. En este, sí.
Pero la máquina era la misma: Medios que no verifican, redes que no filtran y un público que consume sin pensar.
Entonces, ¿qué pasó después?
¿Quién desmintió la noticia: los medios que la publicaron o un tercero?
¿Qué deben hacer los medios?
¿Y qué debemos hacer como ciudadanos?





