José Raúl Mulino se ha proclamado vencedor de las elecciones panameñas, marcando el regreso de la derecha al poder después de 10 años.
Su campaña electoral se centró en temas económicos y migratorios, generando controversia por sus propuestas drásticas sobre este último aspecto.
Según el conteo preliminar de votos, Mulino, considerado el delfín del expresidente Ricardo Martinelli, condenado por corrupción, ha logrado capturar el sentir de una parte considerable del electorado panameño.
Su discurso antimigración ha resonado fuertemente, prometiendo medidas como “cerrar” la selva del Darién, frontera natural con Colombia.
Sin embargo, esta postura radical ha sido tachada de “irreal” por otros sectores políticos, quienes abogan por un enfoque más conciliador que involucre una mayor lucha contra la trata de personas y el apoyo a los países de origen de los migrantes, con el fin de abordar las causas profundas de la crisis migratoria.
A pesar de las críticas, Mulino ha logrado capitalizar el descontento de una parte de la población panameña frente a la creciente ola migratoria que atraviesa el país. Sus propuestas de mano dura en materia migratoria han encontrado eco en un sector que percibe esta situación como una amenaza a la estabilidad y la seguridad nacional.
Ahora, con Mulino al frente del ejecutivo, el panorama político en Panamá se torna incierto. Mientras algunos celebran su victoria como un cambio necesario, otros temen que sus políticas migratorias puedan generar tensiones diplomáticas y sociales en un país que ha sido históricamente un punto de tránsito para los flujos migratorios en la región.






