Somos “Del Carajo”

Bautizamos cosas, lugares, personas con nombres ajenos a los ya asignados.
2 años atrás

Opinión. Los habitantes de la costa norte de Colombia “Costeños”, somos campeones fuera de concurso para inventar palabras, agregarlas al lenguaje cotidiano, adoptarlas como propias de nuestro dialecto, y aún peor, pretender que foráneos nos entiendan toda esa andanada y variedad de dichos populares. Esas expresiones nos hacen únicos, marcamos una identidad con una tonalidad fresca y de gocetas de la vida.

Bautizamos cosas, lugares, personas con nombres ajenos a los ya asignados. Pareciésemos como estar recién descubriendo el mundo, como si las cosas no tuviesen nombre y nos toca por obligación imprimirlas en un diccionario que solo existe en el argot callejero de un cosmos llamado “costeñidad”.

En una ocasión, haciendo vueltas en una empresa de la ciudad de Medellín, la secretaria que me atendía para gestionar unos documentos estaba encantada con mi acento. Se reía sola a carcajadas de cada palabra que yo pronunciaba. Antes de terminar la conversación, que para mí era un asunto supremamente serio, la secretaria me pregunto – coste, ¿qué es el ajá? Por supuesto no supe darle una explicación con argumentos y solo le dije…primero respóndeme qué es el pues? A lo que ella enmudecida, con los ojos queriéndose salir del rostro agraciado, no tuvo respuesta. Antes de firmarle el último papel de los muchos que me tocó hacer, le dije – el ajá para los costeños lo es todo, lo utilizamos en todo, para saludar, contestar, para darle aprobación a cualquier tema. No satisfecha con mi respuesta volvió a decirme – coste pero por qué lo utilizan tanto? ¡Porque ajá! sentencié la conversación.

Creo que llevaba 2 cuadras caminando y alcanzaba a escuchar las carcajadas de aquella secretaria. Para nosotros los costeños el añoñi, cule, eche, bololó, cipote, marica, cantaleta, ñapa, friquimondi, vaina, nojoda, ajo, chercha, chachara, carajo entre miles y tantas palabras, las utilizamos tanto para aspectos negativos, positivos, alegres, tristes, entre otros. Todo depende de la tonalidad, y por supuesto las facciones teatrales que expresemos al momento de pronunciar alguna de estas palabras. De todo esto depende el sentido que se le den. Ahora con el tema de la tecnología y los chats, muchas veces los escribimos y nuestro interlocutor no sabe cómo interpretar, es mejor mandar un mensaje de audio para evitar confusiones.

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En una discusión familiar, el padre le llama la atención al hijo por su mal comportamiento. El hijo lo increpa y le echa en cara que él hizo lo mismo cuando tenía su edad. El padre en medio de la diatriba, da que te vienen dando, le pone castigo al hijo. El hijo interpela diciéndole – Dame una razón de peso Papá. El padre le responde en seco – porque ajá, ¡carajo!

Carajo es una palabra que la utilizamos diariamente, junto al “ajá” caben en todo momento y circunstancia. Carajo puede ser un don nadie, menosprecia a una persona. Al carajo con tus cosas, es mandar lejos a alguien. Qué carajos, es una negación. Del carajo, algo muy bueno. Carajo también fue una canastilla que estaba elevada en lo más alto de los barcos de hace varios siglos. Allá arriba en el Carajo mandaban a los marineros indisciplinados de castigo varios días.

Ante toda esta riqueza de palabras y formas de comunicarnos los costeños, el maestro José Elías Cury Lambraño, docente universitario, investigador y políglota de Corozal Sucre, realizó un estudio metódico del español hablado en la costa Caribe de Colombia; que él llamó “El Costeñol”, el cual elevó a la categoría de dialecto. Sus investigaciones y juiciosos estudios dejaron como resultado el libro “El Costeñol: un dialecto con toda la barba”. Es un nutrido diccionario de las más afamadas, populares y raras palabras que comúnmente utilizamos.

Vale la pena resaltar que hasta grandes “Influencer” de las redes sociales como “El Gatales y “Primo E’ Costa” vienen haciendo un valioso trabajo que no es más que visibilizar ante un público joven todas nuestras costumbres y tesoros culturales, entre esos el dialecto castizo que solo lo entendemos entre costeños.

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García Márquez era muy ajeno a academizar el castellano, y que fuese la Real Academia Española quien autorizara qué palabras se podían utilizar y cuáles no. El más que nadie conocía la expresión verbal de los costeños. No estaba de acuerdo que llegase un académico y nos quitaran palabras de esa forma peculiar de expresar la vida.

Hay una anécdota muy jocosa que la escuché en un conversatorio de caribidad. El gringo que llega al carnaval de Barranquilla, queda fascinado con el ambiente, la gente, la música, la gastronomía de la arenosa. Pa’ rematar se enamora de una bailarina de comparsa. Se acaba el carnaval y Míster Peter no quiere regresar a California. Decide abandonar los abrigos por guayaberas floridas, los zapatos cerrados por sandalias, el rock por la cumbia y aún más drástico, deja a su compañera de 12 años de relación por la bailarina esbelta del barrio Abajo. Compra casa y decide vivir la vida de otra manera. Teniendo ya 2 años de estar viviendo en medio de esa bacanería que identifica al barranquillero, el gringo decide hacer parte de la comparsa donde baila su actual compañera sentimental.

A parte de atreverse a bailar, también se convierte en el gran financiador del grupo de danza. El director de esta, en agradecimiento, le pregunta – Míster Peter, y qué vestuario o personaje le gustaría ponerse de disfraz? El gringo le responde inmediatamente “de Marí Mondá” a lo que el director de la comparsa le manifiesta con intención de corregirle – No Míster, no diga así porque suena a vulgaridad, se dice Marimonda-. El gringo ya contagiado y poseído por el espíritu de la cheveridad y toda la jerga del costeñismo, le responde con esa tonalidad robotizada de los americanos cuando quieren hablar castellano
– Bueno, ¡la mis-ma ver-ga!

¡Que viva el costeñol!